General
La vertiginosa degradación de la palabra presidencial
“Los que tienen poco negocio que atender son buenos charlatanes; los intelectuales y los ocupados hablan menos”. La observación de Montesquieu podría servirnos para entender a un estadista que desprecia las cosas del Estado, que ha cedido la operación total de su gobierno a una hermana sin la mínima experiencia y a un “hermano” ingobernable y ensimismado en feroces internas de palacio, que audita la marcha de la macroeconomía y que se dedica la mayor parte del tiempo a distraerse en Olivos, tejer teorías de genio incomprendido, dictar cátedra enervada y tuitearse de manera incontinente bajo la idea de que la “batalla cultural” se basa en el bullying y el odio; también en la manipulación sistemática de los hechos y en desacreditar a quienes pueden contradecir sus hipérboles o desenmascararlo. Una de las consecuencias de la explosiva guerra de facciones que galvaniza la gestión libertaria consiste en que es ahora la propia guardia pretoriana la que revela los timos del emperador: los capos de las Fuerza de Cielo directamente se le mataron de risa cuando este proclamó la inocencia de José Luis Espert porque su financista, exsocio de una narcotraficante condenada y ya preso en Estados Unidos, se había declarado culpable de fraude y lavado de dinero para aliviar un poco su apurada situación. Para el Dueño de la Verdad el punto demuestra de manera indubitable que todo ha sido inventado, una vez más, por los “infames periosobres”: hasta los panelistas del Gordo Dan rompieron a reír por semejante ridiculez; hay que imaginar a la cúpula de La Cámpora lanzando al aire carcajadas frente a los fraseos del “relato” que articulaba la arquitecta egipcia para comprender la dimensión de semejante acontecimiento. Cuando los fanáticos religiosos se burlan del mesías, este corre el riesgo de terminar como charlatán de feria o curandero de carromato. La excusa que esgrimen tampoco lo ayuda mucho: “Es que le mienten al Presidente”. Se supone que aluden a la hermanísima y a los Menem. Puede ser, porque el profeta no se dedica ni sabe mucho de la administración, no lee los diarios y está encapsulado en sus aposentos e intoxicado por los montajes y macanas que algunos serviles le susurran o le lanzan en X. Pero hay múltiples pruebas de que no solo chapea o agrede por boca de ganso, sino que él mismo está enamorado a sabiendas del poder de sus propios camelos. Un ejemplo perfecto es el caso de las LEFI. Cronistas honestos con muy buena información dieron cuenta en su momento de que el equipo económico, muy preocupado, le había planteado la inconveniencia de eliminar las letras fiscales de liquidez y que no habían sido escuchados. Al percibir que esta discrepancia trascendía, el Presidente y su ministro salieron no solo a desmentirla sino a verduguear a los periodistas y a lanzarles una andanada de injurias desde las redes sociales. Confirmando el axioma según el cual muchas veces el gran mentiroso se olvida de sus mentiras, a Javier Milei se le escapó el otro día la verdad: “Nadie quería saber nada con eso -se jactó-. Entonces me tira Toto: ¿estás seguro? Sí, las quiero hacer mierda. No, ¿pero cómo vas a hacer eso? ¡Nadie estaba de acuerdo!”. El dispositivo de tergiversación revelado aquí fue utilizado a diario durante estos dos años, y no solo muestra el vicio creciente de ficcionalizar episodios y acomodar los datos -contabilidad creativa-, sino la voluntad de denigrar a los reporteros independientes que ponen reparos al triunfalismo o echan luz sobre la trastienda de las decisiones.Cuando los fanáticos religiosos se burlan del mesías, este corre el riesgo de terminar como charlatán de feria o curandero de carromatoMuchas veces los razonamientos de Milei son tan pueriles y estrafalarios, que cualquier ciudadano con dos dedos de frente puede darse cuenta de que, dicho en simple lunfardo, está sanateando, festejando corners como goles o articulando sublimes tonterías. Como cuando, sin ir más lejos, vinculó la despenalización del aborto con la baja de la natalidad, complejo fenómeno sociológico muy anterior y multicausal que está profusamente estudiado en las naciones más desarrolladas de Occidente. La opinión pública escucha, cada vez más incrédula y en ocasiones azorada, su egomanía -“soy uno de los tres tipos más conocidos del planeta”- o sus sofismas ramplones y ampulosos, como el que lanzó al proponer una mirada “marciana” acerca de por qué razón los números económicos eran tan maravillosos y los medios, que nunca dejaron de reconocer sus méritos puntuales (la economía es desigual pero por fin está arrancando), tienen la costumbre de mostrar los “daños colaterales”, justo a horas de conocerse precisamente que habían cerrado 24.437 empresas en este período y que el presupuesto de salud había caído un 40 por ciento, por citar algunas cifras al azar. El León preferiría que solo lo adularan y que esos “costos sociales” fueran ocultados: autocensurarse y complacerlo significaría, lisa y llanamente, el fin del periodismo.Hay militantes que se empeñan en derruir desde adentro el edificio libertario y después en acusar de esa catástrofe a los de afueraEs por todos estos factores que el argumentario presidencial luce cada vez más deteriorado, y que se da un nuevo fenómeno en la patria: cuanto más habla, más se desprestigia. Ocurre al revés de los primeros tiempos, cuando su voz ordenaba y llamaba a la esperanza. Hoy desordena y llama a la irritación o a la incredulidad. Callado y alejado de su teléfono flamígeo y de su fábrica de rencores, ganaría un poco. Dedicado en cuerpo y alma a levantar el consumo y sacarnos del estancamiento (el fuerte rebote de la actividad en marzo es muy halagüeño), y sobre todo a cohesionar a su propia tropa, quizá podría revertir este notorio declive. Dejar de mentir, a la vista de tanta gente a la que ya se la ha caído la venda de los ojos, podría servir también. Jesús Rodríguez, que se ha convertido en uno de los grandes estudiosos de la praxis política, suele explicar que hay tres factores peligrosos que nunca deben combinarse: un gobernante está verdaderamente en problemas cuando existen, al mismo tiempo, un declarado malestar social, una percepción de corrupción evidente y una interna salvaje dentro del gobierno. Los hermanos Milei, la familia Menem, los múltiples farsantes del massismo que vieron la luz anarcocapitalista, los republicanos que traicionaron la república, las Fuerzas del Cielo y cierto asesor con sobredosis de Tom Clancy deberían tomar nota de esta combinación fatal y preguntarse si no están contribuyendo a ella. Hay militantes que se empeñan en derruir desde adentro el edificio libertario y después en acusar de esa catástrofe a los de afuera, cada vez con menos credibilidad: la opinión pública le pescó los trucos a un gobierno circense, al que le gusta hacer gárgaras con gasoil y acercarse el fuego a la boca. Del tren fantasma que ronda Olivos, del espionaje repudiable, de vulgaridades y de lúmpenes, y de príncipes azules que destiñen, mejor no hablar.