Juan Manuel Balmaceda y Flavia Mattiasi son, ciertamente, ovejas negras dentro del sector agropecuario. Él, gastronómico. Ella, hotelera, pero de familia de productores. Ambos se mudaron al campo cuando nació su primer hijo y decidieron que tenían que dedicarse a eso.
Con el tiempo, empezaron a administrar un planteo de pastoreo rotativo de ganado y una pequeña chacra citrícola, de naranjas y mandarinas en el polo entrerriano de esa actividad. Como, justamente, no eran del palo, se animaron a hacer algo diferente: introdujeron una majada de ovejas para que pastoreen entre los frutales.
Hoy ya no usan herbicidas ni trabajan con la desmalezadora. Sus aliadas lo hacen por ellos. Tienen su propia cabaña ovina, piensan en armar un tambo y van empezar a certificar su producción como orgánica. La historia de Oveja Negra, el proyecto de dos ovejas negras que se animaron a hacer algo distinto en una producción tradicional.
Hacia 2015, cuando estaban empezando a formar su familia, decidieron instalarse en su campo de Colonia La Argentina, aunque aún trabajaban en la ciudad. “Cuando mi papá enfermó, nos dijo ´háganse cargo, trabajen en el campo´. Y tomamos las riendas”, recuerda Flavia, que se vio de repente a cargo de un planteo que incluía cítricos dulces y bovinos.
Pero estas dos ovejas negras tenían algunas ideas interesantes para aplicar allí. “No conocíamos la actividad, pero sí nos preguntamos por qué teníamos que estar cortando el pasto todo el tiempo, utilizar tanta cantidad de herbicidas y gastar tanto en una cadena de insumos que después no llegan al precio final”, señala Juan Manuel, que quería evitar a toda costa correr con la misma suerte de muchos pequeños productores de la región.
La primera prueba piloto fue el esquema de ganadería regenerativa, que implementaron dividiendo el campo en parcelas y rotando a los animales para permitir al suelo recuperarse. Pero quedaban las hileras de frutales, distribuidas en unas pocas hectáreas pero suficientes para hacer un ambicioso proyecto.
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Todo lo que no se los había dado la experiencia, se los dieron los libros, cursos y la formación constante. En esa búsqueda, que incluyó por cierto tropiezos y contratiempos como cualquier otra, encontraron una firma uruguaya que hace bozales específicos para que las ovejas pastoreen entre otras producciones y no las dañen. Y se enamoraron de la idea.
“Se llaman Bozales KI y estábamos tan entusiasmados que los compramos antes de tener las ovejas”, comenta Flavia. La raza que eligieron fue Dorper, de índole carnicera y que evita lidiar con el bajo precio de la lana.
Empezaron con apenas dos ovejas y un carnero, que se convirtieron rápidamente en aliados clave en el lote, pastoreando entre los árboles y consumiendo el pasto que allí se forma. Para unas, es alimento. Para los otros, ahorro de insumos y de trabajo manual.
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Acompañados por la investigación científica, los planteos de ovejas “antimalezas” alcanzan a muchas otras producciones, como olivos, vides, y hasta yerbales. “Lo importante es ajustar las dos actividades, porque se tienen que complementar. No es ni magia de un lado ni del otro”, explica Juan Manuel.
Uno de los aspectos clave, señala, es corregir las podas para elevar la altura de los árboles y evitar que los animales interfieran con la producción de frutas. El bozal se convierte en un elemento clave, porque, asegura, “permite consumir cómodamente la hierba, el tapiz del suelo, pero no comer la planta”.
Diseñados específicamente bajo parámetros de bienestar animal, se les coloca únicamente al momento de caminar entre los árboles, un proceso que también es ordenado como los sistemas de pastoreo racional bovino, por parcelas que se alternan.
“Lo que hacemos todos los días es armar parcelas diarias, las vamos cambiando, ajustamos la poda. Lo bueno que le da el frutal en este caso es que le da sombra al animal, le ofrece reparo. Hoy está lloviendo y los animales están pastando tranquilamente en la quinta”, describe Balmaceda.
Son varias las líneas que se abren en paralelo. Una es la de su cabaña ovina, que ya cuenta con 15 reproductores y está enfocada en una raza muy buscada hoy por sus cualidades carniceras. En un tema que atañe específicamente a Juan Manuel, por su formación gastronómica y su interés de que en el país efectivamente se diversifique la oferta de proteínas en los platos.
La otra es la turística, el “metié” de Flavia. En sus redes sociales, muestran todo el proceso de trabajo de Oveja Negra e invitan a los visitantes a conocer de qué se trata ese particular planteo frutícola. La motivación en hacerlo no es económica, aclaran ambos, sino encontrar a otras “ovejas negras” y ayudarlas desde su experiencia.
“Empezamos a documentar lo que hacíamos porque nuestra idea también es alcanzar a otros pequeños productores. Todo es muy a pulmón, los resultados son lentos, pero hay que atreverse a ser ovejas negras y salir de la zona de confort”, expresaron.
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Además del ahorro económico, el planteo silvopastoril, además, tiene un efecto a largo plazo, que es la posibilidad de certificar la producción frutal y carnicera como 100% orgánica. Las ovejas son las que actúan como herbicidas y desmalezadoras naturales, y el ahorro de insumos permite también darle un plus de valor a lo producido en esa chacra.
También es la búsqueda de dormir tranquilos. “Nos pasaba que a fin de año teníamos que ir a pagar la cuenta a la agronomía después de vender la fruta y veíamos que no tenía sentido”, recuerda Juan Manuel, que hoy ve aquellas experiencias muy lejanas.
La posibilidad de certificar su producción es también abrir la puerta a mercados de cercanía. que en la región prosperan de la mano de varias producciones. “Sería una meta a alcanzar muy valiosa para nosotros, porque estamos haciendo todo a conciencia”, agrega el productor.
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Hoy, Juan Manuel y Flavia no extrañan demasiado de su anterior vida en la ciudad, pero hay algo de sus profesiones que los siguen motivando a innovar, y a buscar que otros hagan lo mismo. En verdad, en esta familia los proyectos sobran. Porque no contentos con su cabaña Dorper, la producción de frutales y la producción ganadera, incluso ya evalúan la posibilidad de armar su propio tambo ovino y elaborar quesos.
“No mamamos la citricultura tradicional y eso te permite animarte a hacer algo diferente. Nosotros tenemos que usar eso como una fortaleza”, asegura él.
“Todavía tenemos muchísimo por aprender y recorrer, pero estamos convencidos de que vale la pena intentarlo y mostrar que también desde una pequeña familia productora se pueden buscar otras formas de hacer las cosas”, agrega ella.
Entusiasmo no les falta a estas ovejas negras.
Agro & Campo
“Hay que atreverse a ser ovejas negras”: La familia entrerriana que metió ovinos entre los cítricos, convirtió al pastoreo en su herbicida natural y se animó a salirse del libreto de una actividad muy tradicional
Fuente: Bichos de Campo