Tres apasionados y jóvenes veterinarios custodian la salud de los animales en la Exposición Angus de Otoño: “Esto es un vicio del que nunca terminás de aprender”
“Estamos acá por cualquier eventualidad. Puede ser un nacimiento, una enfermedad o algún accidente”, explicó Martín Lascalea, uno de los integrantes de la guardia veterinaria de la Exposición Angus de Otoño, que se está realizando en la rural de Palermo. “En estos días pueden aparecer casos de timpa...
“En estos días pueden aparecer casos de timpanismo, acidosis, golpes en las pezuñas o cuadros respiratorios derivados del estrés que implica el traslado y la exposición. A veces incluso ocurren partos inesperados”, contó Lascalea, que forma parte del equipo que aporta la firma Tecnovax.
Pero detrás de la tarea técnica hay historias personales muy ligadas al campo, a los animales y a una profesión que, según coinciden los tres veterinarios, se transforma rápidamente en una forma de vida.
Lascalea nació en Intendente Alvear, La Pampa, y desde chico tuvo contacto con el trabajo rural. A los 17 años empezó a trabajar mientras todavía definía qué quería hacer con su futuro. Poco después se mudó a General Pico para estudiar veterinaria, aunque nunca dejó de trabajar ligado al campo.
“Me gustaban mucho los animales y tenía vinculación con el campo. Cuando empecé a estudiar y a trabajar más de lleno, ahí apareció realmente la pasión por la veterinaria”, recordó.
En su historia familiar aparece muy fuerte la figura de su padre, a quien reconoce como clave en su formación. “Mi viejo nos empezó a llevar a trabajar desde chicos para enseñarnos lo que era el trabajo y darnos herramientas para defendernos solos. Eso me ayudó muchísimo cuando me fui a estudiar y tuve que hacer las dos cosas a la vez”, señaló.
Más allá del aprendizaje técnico, asegura que heredó algo todavía más importante: “Los valores. El valor del trabajo, de hacerse responsable y de poder resolver situaciones por uno mismo”.
En las exposiciones ganaderas encontró además un lugar donde la adrenalina y la responsabilidad se potencian. Una de las anécdotas que más recuerda ocurrió durante la exposición por el centenario de Angus. Había una vaca próxima a parir y él, junto a otro compañero, decidió quedarse a dormir dentro de la guardia veterinaria.
“Dormíamos arriba de unos cartones y hacíamos recorridas cada hora, hora y media. Éramos conscientes del valor que tenían esos animales y queríamos que todo saliera bien”, contó.
Finalmente ayudaron a la vaca a parir y la ternera terminó llamándose “Centenaria”. Para completar la historia, la madre ganó premios durante esa exposición.
“Cuando salvás un animal o ayudás en un nacimiento sentís una satisfacción enorme. Es parecido a la medicina humana: querés que todo salga bien”, explicó.
Santiago Massari tiene una historia distinta, aunque atravesada por la misma pasión. Se crió en Jujuy, donde sus padres se habían mudado por trabajo, y a los 18 años decidió irse solo al sur de la provincia de Buenos Aires para trabajar como puestero en un campo de cría cercano a Azul.
“Agarré el bolso y me fui”, resumió. Esa experiencia terminó marcando definitivamente su vida.
En el campo conoció a un veterinario rural que se convirtió en referente y mentor. “Siempre me daba una mano y me fue convenciendo de a poquito. Hasta que un día me dijo: ‘Tomá la llave de la camioneta y andá a anotarte a la facultad’”, recordó.
Massari asegura que hubo un momento exacto en el que supo que quería dedicarse a la veterinaria: su primer parto bovino. “Parí mi primera vaca y me agarró tanta emoción que hasta ahora me pone la piel de gallina. Ahí decidí definitivamente estudiar esta carrera”, contó.
Se recibió en la Universidad Nacional del Centro de Tandil en 2006, pero su recorrido profesional todavía tendría varios capítulos inesperados. Poco después emigró a Andorra, donde debió dejar de lado la ganadería y adaptarse a una clínica veterinaria completamente distinta.
“Allá prácticamente no había vacas. Entonces trabajé en un hospital veterinario haciendo pequeños animales, animales exóticos y fauna silvestre”, relató.
Esa experiencia le permitió descubrir otra faceta de la profesión. “Muchas veces nosotros pensamos en litros de leche o kilos de carne, pero la clínica es entender por qué se enfermó un animal, llegar a un diagnóstico y encontrar un tratamiento. Eso lo aprendí allá”, explicó.
A los 50 años, sigue describiendo la veterinaria con entusiasmo intacto. “Esto es un vicio. Todos los días aparece algo nuevo, un desafío distinto. Nunca terminás de aprender”.
El más joven del grupo es Maximiliano Abate Daga, cordobés de 36 años y veterinario desde fines de 2015. En su caso, la conexión con el campo viene desde varias generaciones atrás.
“Mi abuelo tenía tambo y agricultura en San Francisco, Córdoba. Yo crecí viendo todo eso y creo que esas cosas se trasladan a las generaciones siguientes”, contó.
Además, siguió el camino de su hermano mayor, también veterinario. “Uno un poco sigue los pasos”, admitió.
Aunque hoy su familia alquila el campo, el vínculo con la producción agropecuaria nunca se perdió y sigue muy presente en su vida profesional. Dentro de la exposición, además de atender emergencias, también trabajan asesorando productores y transmitiendo conceptos sanitarios vinculados a la prevención.
Para Abate Daga, la veterinaria también moldea la personalidad. “El día a día y las distintas situaciones te van formando un perfil y un temperamento. Aprendés a resolver problemas incluso cuando el panorama parece complicado”, explicó.
Y aseguró que pocas profesiones generan un vínculo emocional tan fuerte con la vida misma. “Tener la responsabilidad de salvar una vida o de traer vida al mundo hace que uno desarrolle temple frente a situaciones complejas”, concluyó.
En medio de la exposición, los tres veterinarios pasan casi desapercibidos entre corrales y pistas. Pero detrás de cada guardia, de cada recorrida nocturna y de cada emergencia atendida, aparecen historias atravesadas por el campo, el sacrificio familiar, los animales y una vocación que, según ellos mismos reconocen, nunca deja de emocionar.