Mercados agroindustriales: Mucho de lo que luce incomprensible deja de serlo cuando se aprecia la magnitud de la guerra mundial que están librando China y EE.UU.

En ciertas ocasiones, al observar la evolución de los valores internacionales de los productos agroindustriales, las cosas parecen no tener sentido. Cuando eso sucede, es muy probable que –sin que lo percibamos– se estén moviendo las “placas tectónicas” del sistema financiero global. Los fundamentos de mercado pasan a un segundo plano cuando ocurre un terremoto que sacude la estructura.
Hemos vivido durante tantas décadas dentro de la “pecera” de la hiperliquidez monetaria que no concebimos otra manera de hacer las cosas. Hasta que llega alguien que no está conforme con el status quo y comienzan los conflictos.
Los historiadores del futuro quizás consignen el inicio de la Tercera Guerra Mundial en el año 2022 con la guerra ruso-ucraniana. Pero al observar el siguiente gráfico –que muestra la evolución de las tenencias de títulos del Tesoro de EE.UU. por país– es factible advertir que comenzó bastante antes.

Para sostener la quimera del sistema financiero global, sobre la cual se consolida el liderazgo de EE.UU. a través del dólar estadounidense, resulta indispensable que ninguna de las principales economías del orbe “saque los pies del plato”. Y eso es precisamente lo que comenzó a instrumentar China una década atrás al empezar a desdolarizar su economía.
Para mantener la dinámica de “crecimiento” en un esquema financiero de moneda fiat –sin respaldo concreto alguno– es indispensable que la avalancha constante de liquidez encuentre cabida de manera permanente en cada uno de los continentes.
Cuando una economía del tamaño gigantesco de China decide “salirse del juego”, la primera reacción del líder consiste en reasignar los flujos de liquidez hacia otras economías –proceso que tiene un límite determinado– mientras intenta negociar con el rebelde para que recapacite.
Cuando, luego de varios acercamientos, queda claro que el país díscolo ha declarado una “guerra monetaria” al líder, entonces se acaba la negociación y comienza la acción. EE.UU. no puede enfrentar a China de manera abierta porque eso podría derivar en un colapso civilizatorio, pero sí puede atacar a los proveedores de la nación asiática y comprometer las rutas logísticas empleadas por China para abastecerse de materias primas básicas.
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Japón fue “obligado” por EE.UU. a ocupar el lugar vacante dejado por China y actualmente es el primer tenedor de títulos del Tesoro de EE.UU., posición que, seguramente, padece con resignación pues no tiene fuerza alguna para imponer un criterio propio (en caso de que lo tuviera). Lo mismo se aplica a Europa, Reino Unido y Canadá.
Lo que estamos presenciando ya ocurrió en muchas otras oportunidades y volverá a pasar. Se trata de un “reseteo monetario”, proceso que, por lo general, es precedido por una guerra, pues la nación hegemónica –como es esperable– está dispuesta a gastarse todos los “cartuchos” con tal de intentar no perder su posición.
En lo que respecta a las naciones exportadoras de productos agroindustriales, energéticos y minerales, las turbulencias generadas en el transcurso del conflicto pueden resultar favorables en ciertas ocasiones y en otras volverse en contra. El aspecto fundamental, en cualquier caso, es comprender la naturaleza del fenómeno sin anteojeras ideológicas.
Y cuando termine de colapsar el actual sistema monetario para dar cabida a uno nuevo, los que más tienen por ganar son aquellos que, precisamente, sustentan su economía en bienes reales y no en “papelitos de colores”. Cuando llegue ese momento, quizás algunos países que se autoperciben “pobres” descubran que en realidad son “ricos”.

Fuente: Bichos de Campo