En Loreto, a unos 50 kilómetros de Posadas, la pandemia por Covid-19 terminó abriendo una puerta inesperada para una familia de profesionales. En 2019, cuando las actividades urbanas quedaron paralizadas en el contexto de encierro, Nicolás Rolón y sus hermanos decidieron recuperar la chacra familiar y volcarse a la producción de frutillas.
“Empezamos porque estábamos parados por la pandemia. Somos distintos profesionales, pero en su mayoría contadores y no teníamos nada para hacer”, recuerda Rolón en diálogo con Bichos de Campo.
El antecedente más cercano en la familia vino por parte de su padre que probó la producción de frutillas a campo hasta 2008. “Teníamos ese recuerdo del cultivo. La idea era hacer algo en el campo y reformulamos esa experiencia”, explica Rolón que también desarrolla su labor profesional como contador público.
El establecimiento “Ale Ale” comenzó con dos invernaderos. A partir de allí, la familia fue reinvirtiendo y ampliando la producción hasta alcanzar actualmente 24 estructuras en funcionamiento, cada una de 14 metros de ancho por 50 de largo, con una cantidad estimada de casi 110.000 plantas en producción.
La elección del sistema semihidropónico respondió a varias razones. Por un lado, la posibilidad de incorporar tecnología y aprovechar mejor la superficie disponible. Por otro, mejorar las condiciones de trabajo. “Es más amigable y saludable con la gente que trabaja, uno no tiene que estar agachado y cuida el cuerpo”, señala Rolón.
La elección por la semihidroponía también estuvo vinculada a características del suelo. “Nuestra tierra en la chacra no es óptima para el cultivo en tierra porque tiene mucha piedra y ahí apareció este sistema como una alternativa para la producción”, rememora.
Las plantas crecen sobre un sustrato inerte compuesto por un 60% de cáscara de arroz, 25% de turba rubia y 15% de perlita. Su función es aportar volumen y permitir que las raíces puedan sujetarse. El sistema, según explica el productor, también facilita las tareas de manejo y limpieza.
Los plantines son adquiridos en el sur del país, principalmente provenientes de Bariloche y El Bolsón. Cada año renuevan entre un 15% y un 20% de las plantas y retiran aquellas que cumplieron tres años de producción.
En cuanto a las variedades, actualmente trabajan principalmente con San Andreas, por su adaptación al clima subtropical misionero. Este año comenzaron además a experimentar con Marisma, una variedad que, hasta el momento, viene mostrando buenos resultados.
El calendario productivo de “Ale Ale” se extiende durante buena parte del año. El objetivo de la familia es poder producir entre nueve y diez meses, aunque varias veces limitados por condiciones climáticas. “El año pasado estuvimos produciendo de marzo a diciembre, con un descanso a las plantas en los meses de verano por el calor intenso. Este año arrancamos un poco más tarde por el clima y ahora nos viene castigando un poco la falta de sol”, relata.
Detrás de “Ale Ale” hay una empresa familiar que involucra a los padres de Nicolás y a los seis hermanos. Incluso el nombre del emprendimiento tiene un origen familiar ya que es un homenaje a su madre, Alejandra. “Es un reconocimiento a que ella es la base de todos los que vinimos después”, confiesa Rolón.
La producción tiene como destino principalmente el mercado interno de Misiones. El establecimiento abastece a reposterías, supermercados y algunos mayoristas, con una distribución propia que se concentra en el sur provincial, desde Posadas hasta Jardín América y desde Leandro N. Alem hasta Oberá.
El camino no estuvo exento de dificultades ya que, al no provenir directamente del ámbito productivo, uno de los principales desafíos fue adquirir conocimientos específicos sobre sanidad vegetal y encontrar personal especializado en este tipo de producción. “Es una búsqueda constante y aprendemos en el camino”, reconoce Rolón.
Sin embargo, el balance en este tiempo transcurrido es positivo. La familia encontró en la producción de frutillas una manera de volver a vincularse con la chacra y construir un emprendimiento propio. “Nuestra mayor satisfacción, además del volumen productivo, es poder lograr una fruta de calidad, tanto en tamaño como en sabor”, sostiene.
Para Rolón, esa calidad y la cercanía con los consumidores constituyen parte de la diferencia frente a la fruta que llega desde Corrientes. Pero, hay algo que destaca todavía más: “Por sobre todo, poder producir, poder hacer posible este emprendimiento en familia es algo impagable”, concluyó.
Agro & Campo
Nicolás Rolón, el contador que pasó de los números a las frutillas: “Poder hacer posible este emprendimiento en familia es algo impagable”
Fuente: Bichos de Campo