Aunque varias de las frutas tropicales que vemos en las verdulerías, como mango, papaya o maracuyá, son importadas, aquello no significa que no puedan producirse en Argentina. De hecho, muchas de ellas son cultivadas actualmente en el norte del país, en gran medida gracias a los aportes de la Estación Experimental del INTA Yuto, en el límite entre Jujuy y Salta.
La que conoce al dedillo los trabajos que se desarrollaron -y aún se desarrollan- en ese lugar es la ingeniera agrónoma Karina Armella, que gracias a su mágister en producción intensiva de frutas tropicales se convirtió en la voz autorizada de aquella experimental. Junto a ella es que Bichos de Campo recorrió varias de las parcelas cultivadas, algunas de las cuales con frutales poco o nada conocidos para el consumir local.
“Esta estación experimental está en medio de las yungas, que es una región muy apta climáticamente para la producción. La fruta tropical necesita justamente un clima tropical. Y si bien acá tenemos condiciones subtropicales, porque hay inviernos medio frescos y con una temporada seca que puede afectar a los frutales, se producen muy bien. Necesitan temperaturas cálidas y poco frío”, explicó Armella a este medio durante la visita.
El principal motor detrás de cada uno de estos ensayos está en la búsqueda de nuevos horizontes productivos, que le brinden nuevas posibilidades a los fruticultores locales.
“No nos oponemos a que haya importación, pero que sea más regulada”, dice el productor de mango Álvaro Abraham, al describir la producción de frutas tropicales en el norte
“Acá en la zona lo principal son los cítricos como la naranja, el limón, la mandarina, además del tomate y el pimiento. Pero por la situación económica del país y las oscilaciones de precios, ellos buscan tener alternativas. Y los frutales tropicales vinieron muy bien, sobre todo porque salen en una época muy diferente y favorecen el ingreso de dinero en otro momento del año”, afirmó la agrónoma.
La palta es uno de los cultivos que más se ha extendido en el país, y la experimental los técnicos trabajan con una colección de nada menos que 15 variedades. Según contó Armella, se destaca por resistir a bajas temperaturas, y su buena recepción en el mercado ha impulsado mayor implantación en los últimos años.
“Se han registrado unas 200 hectáreas adicionales en los últimos años, que se suman a las que ya estaban. La palta está frente a un boom productivo y comercial”, destacó.
Otra de las principales colecciones de la experimental es la de mango, que alcanzó las 30 variedades diferentes, y que se distinguen por la época de su cosecha y el tamaño de sus frutos. Este último punto es especialmente llamativo: algunas pueden dar fruta de 250 gramos y otras de hasta un kilo. A mayor tamaño, menor fibra.
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“El mango creció mucho en los últimos años, pero por una cuestión de mercado entró mucho importado que compite con la producción local”, señaló Armella. Aún así, el INTA no se detiene en sus investigaciones y maneja varias parcelas destinadas a este cultivo.
“Son árboles naturalmente muy altos pero nosotros nos manejamos con injertos, que además están podados, por lo que son más bajos. Hay variedades que tienen mayor vigor y crecen más, y otras que son de árboles más pequeños. El productor siempre está en búsqueda de árboles más pequeños, más manejables, tanto para la poda como para el manejo fitosanitario. Las variedades más difundidas son cuatro. Tenemos las tempranas, que salen en diciembre, y las tardías que salen en abril”, señaló la especialista.
El maracuyá es otra de las especies cultivadas por el INTA, que evalúa las diferentes entre variedades moradas y amarillas. El primero se destaca por ofrecer una fruta menos ácida, aunque presenta mayor rusticidad y adaptabilidad a la producción local.
“Es un frutal relativamente rápido. Se planta y a los ocho meses ya se puede cosechar fruta. Vive mucho pero productivamente se recomienda tenerla tres años, porque ya después baja muchísimo la producción. Requiere condiciones de humedad y temperatura, y unas 11 horas luz al día para florecer. Es por eso que en invierno, que no florece, hacemos todas las tareas de poda y sanitarias”, explicó Armella.
Otro punto clave es el riego, muy necesario por la falta de lluvias en ciertos momentos del año; y la aplicación de fertilizantes, donde se ensaya particularmente con aquellos orgánicos, para observar las diferencias con los químicos.
La que tampoco se quedó fuera de los ensayos de la experimental fue la papaya, que aunque comercialmente ha tenido un parate por el ingreso de gran cantidad de fruta importada, en el norte representa una gran alternativa productiva al tratarse de una fruta doble propósito.
“Se produce para consumo en fresco, pero cuando baja la temperatura o la calidad son frutas que se cosechan en verde y van hacia la industria, para hacer fruta abrillantada”, contó la experta, que la emparentó con el maracuyá al ofrecer fruta de manera temprana, entre los 8 y 10 meses luego de su plantación.
“Si se planta en septiembre-octubre, que es la época en que se va el frío, ocho meses antes de que llegue el invierno ya se puede cosechar fruta madura”, explicó.
Pero el ensayo llevado adelante por el INTA no apunta a su cosecha sino a la evaluación del control de sus malezas. Sucede que la planta es sensible al uso de herbicidas, por lo que los técnicos se encuentran estudiando el uso de cultivos de cobertura como la vicia.
“Incorpora nutrientes como la nitrógeno, y le da al productor una alternativa para no aplicar esos herbicidas”, indicó Armella.
Pero no todo es “fruta mainstream” dentro de esa experimental. Un lugar destacado lo ocupa la pitaya, también conocida como “fruta del dragón”, que aunque puede resultar desconocida en las grandes ciudades ya tiene gran circulación en el norte del país.
Su producción comenzó recién a comienzos del año pasado e implicó todo un desafío para los especialistas. “Teníamos la variedades, sabíamos que daba una fruta muy rica, pero no la teníamos como una colección y no estaba conducida. Ella necesita un sistema de apoyo. Empezamos a investigar y le hicimos un sistema de conducción y ahí comenzó a florecer”, recordó Armella.
Pero allí no terminó el trabajo, ya que para dar fruta la planta requirió de polinización asistida. “Es relativamente fácil pero necesitábamos cruzarla con otra variedad que tuvimos que introducir. Nosotros teníamos pitaya roja y trajimos una blanca. Pero hoy ya hay variedades autofértiles que facilitan el trabajo del productor”, sostuvo la especialista.
Al igual que el maracuyá, este frutal requiere de unas 12 horas de luz para inducir su floración. A eso se le suma la necesidad de riego y nutrición. “Si bien es una cactácea, es una planta tropical”, aclaró Armella.
El precio al frutal más raro se lo llevó, sin embargo, la chirimoya, una colección que fue traída a la experimental desde España, y que aunque sobrevive allí no logró adaptarse a la zona conforme lo esperado.
“Se podría producir pero no se da actualmente. Hubo un proyecto para hacerlo en la zona de los valles de Jujuy, acompañando la reconversión tabacalera. Pero por cuestiones climáticas como heladas, de manejo y sanitarios, no prosperó”, lamentó la agrónoma.
Armella apuntó, en particular, a la polinización y a la presencia de antracnosis, un hongo que afecta a esa fruta.
Agro & Campo
¿Cuántas frutas tropicales se estudian y producen en el INTA Yuto? Muchas, algunas incluso desconocidas, y Karina Armella se mete con todas porque “los productores buscan alternativas”
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