Los Dal Borgo son una familia “tipo”. Papá es constructor, mamá es geóloga, una de las hijas es bióloga, la otra profesora de yoga, y el varón salió ingeniero agrónomo. No tenían en sus planes hacer vino, y menos aún en una zona inexplorada en medio de los Valles Calchaquíes, pero el destino, y las ganas de hacer algo juntos, terminó por volcarlos a esa actividad.
En el kilómetro 4349, sobre la ruta 40 y en la localidad de Animaná, se encuentra la finca familiar que, hasta 2010, era terreno 100% virgen. Para Facundo, el hijo agrónomo, ese paisaje despampanante, en el pedemonte de las Sierras de Quilmes, fue el laboratorio ideal para poner en práctica su pasión, y para la familia en su conjunto, un proyecto para reencontrarse.
“El objetivo era unir un poco a la familia, que estaba desparramada entre varias provincias. Nos habíamos ido a estudiar, estábamos cada uno en la nuestra y nos pusimos en campaña para poner nuestro granito de arena con un objetivo común”, recordó el ingeniero en su recorrida junto a Bichos de Campo por la finca.
Inicialmente, sólo eran productores de uvas que vendían toda su producción a la industria. Pero, aunque no abandonaron del todo esa rama del negocio, con el tiempo se animaron a montar su propia bodega y darle identidad a esos vinos de altura que tanto esfuerzo productivo demandan.
“Vimos que la calidad de la uva era excepcional, que arrojaba muy buenos resultados con los vinos y nos animamos a salir con una marca propia”, explicó Facundo.
La etiqueta se la dejaron a la geóloga de la familia, que decidió rendirle honor a ese terruño con el nombre Almandino. Se trata de un mineral de la familia de los granates, de un característico color rojizo y muy presente en esos suelos. Aunque no influye demasiado en las vides, da cuenta de la identidad que tiene la mineralogía de la región, un aspecto con el que el agrónomo tuvo que lidiar.
“Son suelos muy pedregosos, con alta presencia de calcáreo y más bien restrictivos. Hay que trabajar bastante para que la planta cubra su cuota de canopia y de hoja, es difícil trabajar en los surcos e incluso demoró bastante en poder tener una muy buena cobertura vegetal. Pero toda esa dureza del trabajo inicial son hoy beneficios para la producción de la uva y se nota en la calidad de la materia prima”, explicó el especialista.
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Para un entusiasta de la materia como él, esa finca de 20 hectáreas a más de 1700 metros sobre el nivel del mar era la hoja en blanco ideal para diseñarlo todo “a gusto y piacere”. Y, en efecto, fue una tarea que se tomó muy en serio.
La primera gran limitante, recuerda, fue ordenar los múltiples cauces de arroyos del río San Antonio que atravesaban la zona. Para el riego, sabía que contaba con napas subterráneas que, a diferencia del río Calchaquí, le asegurarían un suministro de agua muy buena calidad y sanidad.
Una vez lista la superficie, eligió empezar fundamentalmente con Malbec y sólo unas pocas hectáreas de Torrontés y Sauvignon Blanc. Años más tarde, en un segundo período de plantación, agregó Cabernet Franc, Tannat y luego dos hectáreas más de Torrontés injertadas con uvas tintas.
Las “pinceladas” de Facundo también se observan al recorrer a simple vista la finca, ya que allí conviven dos sistemas de conducción en paralelo: el de parral y el de espaldera.
“Los espalderos los pensamos para variedades tintas, ya que son hileras completas separadas entre sí. Todas forman un cuadro, pero son estructuras aisladas y filas independientes en donde se busca un poco más de radiación solar, muy beneficiosa para la maduración polifenoles”, explicó.
En contraposición, para las variedades blancas optó por el parral en forma de “ache”, que es ligeramente diferente al convencional pero cumple una misma función. “El racimo cuelga abajo de un techo de follaje y está más protegido de la radiación solar. Eso da muy buenos resultados para los vinos blancos porque evita el sabor amargo, y mantiene muy bien la frescura y la calidad”, detalló.
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Los expertos en la materia aseguran que los suelos de los Valles Calchaquíes aseguran por sí solos una producción de los más altos estándares. Y aunque allí la presencia de minerales puso en juego los alcances de su agronomía, Facundo se rigió por ese principio, por lo que interviene lo menos posible en el proceso natural.
Un ejemplo lo aporta la cobertura vegetal, que consta únicamente de pasturas naturales, a las que van recortando para evitar que compitan con las vides.
“Eso protege al suelo de las precipitaciones y el calor. En verano, la energía solar es muy potente y, al ser el suelo muy pedregoso, levanta muchísima temperatura. Con una cobertura vegetal lo protegemos y le generamos un microclima al racimo, lo que es muy beneficioso”, afirmó el especialista.
Con el manejo sanitario sigue la misma norma, la de intervenir lo menos posible, evitar los agroquímicos y sólo hacer un leve tratamiento con azufre y cobre para combatir los hongos.
“Pero es más que nada preventivo, porque es una zona muy ventilada, muy aireada, las precipitaciones son bajísimas, y es muy raro que tengamos problemas de hongos en esta finca”, afirmó.
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A casi 15 años de haber iniciado su proyecto, los Dal Borgo tienen la certeza de que lugar para crecer hay de sobra. Por el momento, continúan abasteciendo con sus uvas a otras bodegas y, anualmente, elaboran alrededor de 30.000 botellas propias, entre sus vinos jóvenes -Malbec, Tannat, Cabernet Frank y Torrontés- y los de reserva, que suelen ser blends de las mejores uvas de cada cosecha.
“De a poco la marca va avanzando y estamos obteniendo muy buenos resultados”, evaluó Facundo, que es una de las partes de ese rompecabezas que unió nuevamente a la familia bajo el manto vinícola.
Agro & Campo
Bodegas de Salta: La familia Dal Borgo eligió hacer vino para reencontrarse en un proyecto que, al pie de las Sierras de Quilmes, puso a prueba los alcances de la agronomía y cosechó grandes resultados
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