Desde Paso Roballos, en Santa Cruz, Elvira Cvjetanovic se esmera para mejorar lo que hicieron tres generaciones antes que ella y se enoja con los discursos detractores de la actividad ganadera

Desde una estancia ubicada a pocos kilómetros del paso fronterizo Paso Roballos, en el extremo sur de Santa Cruz, la productora ganadera Elvira Cvjetanovic sostiene el legado de una familia que vive y trabaja la tierra desde 1940. El campo fue adquirido por su abuelo en 1935 y, desde entonces, cuatro generaciones pasaron por allí, con el desafío permanente de producir en una de las zonas más duras de la Patagonia. 
“Estamos a solo 23 kilómetros del paso fronterizo con Chile”, detalla Elvira y abre el cofre de los recuerdos, aquel en el que atesora a la bisabuela Juana Ortega, que llegó desde Neuquén en un carro, arreando ovejas y embarazada, luego de que su marido fuera asesinado por un vecino tras una disputa por una deuda. 
“Ella se instaló en una franja de tierra que en ese momento estaba en disputa limítrofe entre Chile y Argentina”, relata. “Mi bisabuelo murió en un tiroteo por una deuda de 20.000 pesos, a pesar de que en el bolsillo de su saco encontraron 30.000 pesos”, relata con ironía y agrega: “Años después descubrimos el expediente de cuando mataron a mi bisabuelo, con todos esos detalles”.
“Juana figura en los mapas viejos de catastro como la única mujer con propiedad sobre las tierras”, agrega.

Su abuelo paterno llegó de Croacia a los 16 años, trabajó de peón rural, en la colocación de las vías del tren a punta rieles -hoy Las Heras- y fue dueño del hotel El Ollnie, “parada obligada de las chatas que trasladaban la lana de la zona a San Julián”. Detalla que él “compraba lana y también tenía almacén. Sobre la 40 a unos 30 kilómetros de Bajo Caracoles”.
La historia productiva de la Estancia Correntoso refleja también los cambios que atravesó la región. Durante décadas, la familia apostó a la producción ovina, pero la caída de rentabilidad y el impacto de las erupciones volcánicas obligaron a redefinir el rumbo. Desde 1994, el campo se dedica exclusivamente a la cría vacuna para carne, y cuenta hoy con unas 250 madres con el objetivo de producir menos volumen, pero con mayor eficiencia y mejor manejo genético. 
“Siempre me gustó el campo”, cuenta Elvira, quién también recuerda cómo de chica soñaba con despertarse ya instalada en la estancia familiar. “Deseaba “teletransportarme” desde el colegio a la estancia”, asegura. Aunque comenzó a estudiar economía, decidió siempre regresar al campo para trabajar con su padre.

Ese vínculo temprano con los animales y la vida rural marcó su camino y tras el fallecimiento de su padre, hace casi dos años, el principal desafío pasó a ser sostener la unidad productiva y volverla más rentable para garantizar su continuidad. “No es una ambición económica, sino lograr que el campo pueda mantenerse en el tiempo”, explica la menor de 5 hijos. 
“Hoy hay montones de manejos, podés hacer captura de carbono, rotación de hacienda… Nosotros empezamos a hacer rotación y ves cómo va mejorando, le das tiempo de descanso y las plantas rebrotan”, asegura. 
En una región donde los costos crecen y la rentabilidad se ajusta, la eficiencia aparece como condición indispensable para que los establecimientos familiares no desaparezcan. 
Elvira cuenta que su padre realizó un trabajo significativo en cultivos y riego, lo que diferencia a Correntoso de otros campos de la zona y se constituye como parte del orgullo que quiere defender.

La productora también reivindica especialmente el trabajo ovino de la zona, una actividad que considera tan sacrificada como poco valorada. “El productor ovino sigue con esta actividad porque la ama”, asegura. Y cuestiona que muchas veces se opine sobre el sector sin conocer la historia ni las condiciones reales en las que trabajan quienes sostienen la producción ganadera en el sur argentino.
El relato de Elvira entra en tensión cuando aparecen en escena otro tipo de recuerdos: entre 2017 y 2018, los productores lucharon contra un proyecto para ampliar el Parque Nacional a 500.000 hectáreas, lo que habría absorbido campos privados como el de su familia para crear un “mega parque binacional”.
En este sentido, Elvira denuncia que “estas tierras no son realmente donadas, ya que las ONGs incluyen cláusulas para recuperarlas bajo ciertas condiciones”. También critica a medios de comunicación que comparan a Santa Cruz con Chernóbil, indicando que tienen “una visión radical y “tendenciosa” que busca la desaparición de la actividad ganadera”.

En la discusión sobre la problemática del zorro y la sobrepoblación de guanacos, defiende el plan de manejo de este último frente a las críticas de las ONGs, argumentando que no se busca exterminar la especie sino controlarla. “Independientemente de si la cría de ovejas continúa o desaparece, el crecimiento del guanaco es exponencial. En los próximos años aumentarán de a millones, por lo que el plan de manejo es vital ante esta situación”, enfatiza.
La productora lamenta que el “citadino” juzgue al productor actual por hechos históricos de hace 100 años. “Se los juzga pero la mayoría son descendientes de los trabajadores de aquellas grandes compañías que tenían las concesiones”, afirma. Estos pioneros, como su abuelo, vinieron a forjar un futuro pero no eran los dueños de los capitales en aquel momento; de hecho, su abuelo era un niño cuando trabajaba para una de esas grandes empresas.

Ante estas diferencias, Elvira reflexiona sobre las pocas veces que se pone en foco “el enorme volumen de empleo que genera la actividad agropecuaria en la región”.
“El campo genera trabajo para muchísima gente, incluyendo empleados rurales, trabajadores por día, camioneros y las comparsas de esquila”, enumera. 
“El trabajo comienza con quien cría y cuida al animal, pero se extiende al transporte, las tareas estacionales (esquilas, señaladas, “peladas de ojo”), los frigoríficos, los engordes y las carnicerías. En el caso de la producción ovina, la cadena sigue desde la obtención de la lana cruda hasta su transformación en fibra y, finalmente, en una prenda de vestir”, señala. 
Contrapone esta realidad con la de “quienes critican la actividad ganadera”, señalando que “ellos no dan trabajo a nadie y suelen manejarse únicamente con voluntarios”.

Finalmente, subraya la importancia estratégica de la ganadería frente a otras industrias, considerando que “la ganadería debe ser valorada muchísimo más por ser un recurso renovable. A diferencia de otros recursos que en algún momento se agotarán (como la minería o el petróleo), el campo ofrece la posibilidad de volver a cultivar y volver a criar de manera sostenible en el tiempo”.
A todo este recorrido le suma una contundente conclusión: “El productor es el primer interesado en cuidar la tierra, ya que vive de ella, sería muy tonto destruir lo que nos da de comer”.
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