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Guillermo Semeniuk: “Para una persona, el momento más difícil es cumplir 99 años. Parece que tuviera la obligación de llegar a los 100″
La foja de antecedentes del doctor Guillermo Semeniuk es abrumadora. Profesor emérito de Medicina de la UBA, se formó en el prestigioso Instituto de Investigaciones Médicas Alfredo Lanari. Allí, ya como docente, ha guiado en su desarrollo a varias generaciones de médicos. La neumología es una de sus especialidades. También presta atención a las claves para llegar a las edades más avanzadas de la mejor manera. Hablando precisamente de este tema –la longevidad del ser humano cuyos límites se siguen extendiendo–, hay que decir que el doctor Semeniuk es el médico personal de Mirtha Legrand, quien en poco más de tres meses cumplirá cien años. La actriz y conductora ha salido airosa recientemente de dos internaciones complicadas en el Mater Dei que llenaron de preocupación a su entorno más cercano. “La pasé mal”, trascendió que reconoció la diva. Una neumonía es una enfermedad de cuidado a cualquier edad, pero transitarla a los 99 años, y sufrir una recaída, fue motivo de una alarma mucho mayor también a nivel público por la enorme popularidad de la que goza Mirtha Legrand. La estrella de las mesas más célebres de la TV argentina desde hace casi sesenta años tomó muy en serio esta advertencia que le dio su salud, para retomar su vida normal muy de a poco y prudentemente. Pasó el último Día de la Madre rodeada y en familia. Como ha ocurrido desde que empezó a ser conocida por el público cuando tenía tan solo 14 años, compartió ese momento con una foto que circuló hasta el cansancio en medios y redes. Luego se supo que volvió a sus célebres “tesazos” dominicales, en versión reducida, con sus amigos más cercanos y hasta hizo su primera salida a casa de su hija Marcela Tinayre, que cumplía años. Como es lógico en un profesional de su talla, Semeniuk solo accedió a hablar de su paciente más famosa en forma prudente y acotada, sin vulnerar el secreto hipocrático, pero se extendió de manera muy interesante sobre todos los temas inherentes a la salud hasta una edad avanzada. -La primera pregunta es inevitable: ¿cómo está Mirtha? -Está muy bien, recuperándose extraordinariamente en su casa. Su evolución es muy buena. -Tuvo dos internaciones relacionadas con una neumonía. ¿La edad agrava esta enfermedad? -La neumonía puede ser complicada a cualquier edad. Es una infección que puede comprometer una parte del pulmón o una extensión importante. Antiguamente se decía que era el capitán de los jinetes de la muerte, que venía a llevarse a los viejos al otro mundo. Eso cambió con los antibióticos, la mejor alimentación y los cuidados médicos, pero el riesgo sigue aumentando con la edad. Por eso es tan importante la vacunación. Las vacunas antineumocócicas protegen contra distintas cepas de una bacteria, el neumococo. No evitan el ciento por ciento de los casos, pero reducen el riesgo y, especialmente, la gravedad de la enfermedad. -Con el aumento de la expectativa de vida, ¿aparecen nuevas enfermedades? Pienso, por ejemplo, en el Alzheimer. -Es una pregunta difícil. Hay que distinguir entre enfermedades verdaderamente nuevas y otras que ya existían, pero que antes no se diagnosticaban. Cuando la gente vivía 30 o 35 años, muchas mujeres no llegaban a la menopausia, los hombres no desarrollaban tantos tumores prostáticos y la osteoporosis tenía una presencia mucho menor. En cambio, enfermedades como la tuberculosis existen desde hace siglos: se encontraron bacilos de Koch incluso en momias. Con el Alzheimer también hay que ser cuidadosos. Muchas veces se utiliza ese diagnóstico para cuadros que corresponden a otras demencias o enfermedades degenerativas. Aunque pueden aparecer en personas jóvenes, estas patologías son más frecuentes después de los 60 años. -¿Cuántos años lleva ejerciendo la Medicina? -Sesenta y uno. Me recibí en noviembre de 1965, en el viejo Hospital de Clínicas, donde hoy está la plaza Bernardo Houssay. -¿Y desde hace cuánto tiempo es el médico de Mirtha Legrand? -No tengo el número exacto, pero diría que hace más de 30 años. -¿Es una paciente que sigue las indicaciones médicas? -Sí, extraordinariamente. Pero creo que la docilidad del paciente es buena hasta cierto punto. A veces alguien me dice: “Doctor, confío ciegamente en usted”. Y yo le respondo: “No confíe ciegamente, porque no soy un sabio ni una eminencia”. El médico no es dueño de toda la verdad. El paciente debe confiar, pero también preguntar, cuestionar y participar de las decisiones. -Nadie conoce mejor lo que siente que la propia persona. -Exactamente. Uno de los aspectos fundamentales de la medicina, que lamentablemente se está perdiendo, es la entrevista clínica. Hay que darle tiempo al paciente para que cuente qué le pasa. A veces alguien dice: “Me conozco como la palma de mi mano”. Entonces le pido que dibuje su palma sin mirarla. Nadie sabe hacerlo. Todos necesitamos cuestionar nuestras certezas. Cuando una persona se entrega ciegamente a su médico, cualquier error puede generar una desilusión enorme y destruir el vínculo. -El médico también necesita tener cierta capacidad de comprensión psicológica, especialmente frente a enfermedades complejas. -Sí. Lo primero que debe desarrollar es empatía. Tiene que preguntarse por qué eligió esta profesión y qué significa para él la vocación de servicio. -Usted atendió tanto a pacientes anónimos como a celebridades y empresarios importantes. ¿La relevancia pública o el poder complican la relación con el médico? -Las personas importantes que conozco no hacen gala de su dinero ni de su posición. Hay estudios sobre los riesgos de ser un paciente VIP. El problema muchas veces no está en el paciente, sino en las inhibiciones y los temores del médico. El médico tiene que tratar a todos absolutamente por igual. Si debe operar al Papa, tiene que hacerlo con el mismo criterio profesional que utilizaría con cualquier otra persona. -Ya que menciona al Papa, y aunque no conoce su historia clínica, ¿le hubiese recomendado viajar? -Preferiría no opinar sobre su caso particular. Depende de la magnitud de la operación y de muchos otros factores. En general, viajar en avión después de una intervención puede presentar riesgos porque la presión dentro de la cabina es menor que a nivel del mar. Eso modifica las condiciones del sistema respiratorio y, en determinadas circunstancias, puede complicar una recuperación. De todos modos, las técnicas quirúrgicas avanzaron muchísimo. Antes muchas operaciones requerían abrir el tórax; hoy pueden realizarse mediante procedimientos mínimamente invasivos, con recuperaciones mucho mejores. -Dejemos de lado el vuelo. ¿Qué impacto puede tener una agenda intensa, con visitas a tres países y numerosas actividades, en una persona de más de 70 años? -No necesariamente representa un problema. Cuando hablamos de 70 o 71 años nos referimos a la edad cronológica, pero cada vez importa más la edad biológica. Una persona puede tener 71 años y estar muy deteriorada, mientras otra de la misma edad puede hacer deporte, jugar con sus nietos y mantener una vida plenamente activa. -La frontera de la longevidad se fue desplazando. Antes llegar a los 80 parecía algo extraordinario. Mi abuela vivió casi 103 años y, cuando cumplió 100, empezamos a sentir que iba a vivir para siempre. -Llegar a los 100 tiene algo muy particular. En la tradición judía existe el deseo de vivir hasta los 120 años. Y hoy hay quienes consideran posible alcanzar esa edad. -Incluso hay quienes imaginan que algún día podremos vencer a la muerte. -Creo que, por ahora, eso es más un deseo que una posibilidad cercana. Hay personas que consumen una enorme cantidad de sustancias y realizan distintos procedimientos con la esperanza de vivir eternamente. Probablemente no lo consigan, aunque sus experiencias quizás sirvan para investigar. Lo cierto es que la expectativa de vida aumentó muchísimo. Pero también tenemos que preguntarnos por la calidad de esos años. -¿Qué significa tener calidad de vida? -Es una cuestión muy personal, incluso filosófica. No alcanza con preguntarnos cuánto vamos a vivir, sino cómo. Alguien puede llegar a los 80 años, pero haber pasado los últimos 20 con enfermedades que limitaron enormemente su vida. Desde el punto de vista individual, no podemos evaluar la existencia con un criterio utilitario. Pero, desde la perspectiva social, también hay que pensar cómo se distribuyen los recursos sanitarios. -Hace más de 20 años, Carlos Rottemberg dijo que los argentinos debíamos plantearnos qué país íbamos a dejarle a Mirtha. Usted tiene 84 años, está por cumplir 85 y sigue trabajando. Sin embargo, cuando cumplió 80, Mirtha le sugirió que le recomendara un médico más joven. ¿Las personas muy longevas empiezan a preocuparse por sobrevivir a quienes velan por su salud? -No creo que necesariamente sea eso. Los médicos, como los yogures, también tenemos fecha de vencimiento. No porque haya que descartarnos, sino porque llega un momento en que podemos decidir dejar de trabajar. Es lógico que un paciente quiera saber quién continuará su atención y cómo se transmitirá su historia clínica. Creo que la preocupación de Mirtha iba más por ese lado. Hay algo curioso: para una persona, quizás el momento más difícil sea cumplir 99 años. Parece que tuviera la obligación de llegar a los 100 para no decepcionar a todos los que esperan ese cumpleaños. Mi abuela, cuando cumplió 100, dijo: “¡Qué alivio! Ya está, ya cumplí”. Después vivió hasta los 102 y pico, pero consideró todo ese tiempo adicional como un regalo. -¿Cambia la manera de enfrentar la muerte a medida que envejecemos? -Cada persona lo vive de una manera distinta. Y hay que diferenciar el miedo a morir del miedo a cómo vamos a morir. Yo envidio profundamente a las personas que tienen una fe religiosa muy fuerte. Pueden pensar que van a reunirse con sus seres queridos. Los que somos más agnósticos no tenemos ese consuelo. Aparece el temor a la nada, a la posibilidad de que no exista ninguna trascendencia. -¿Las mujeres siguen viviendo más que los hombres? -Sí, aunque la diferencia se
Fuente: La Nación