En los últimos años el panorama agrícola de la Argentina fue sumando nuevas opciones de cultivos, siempre a la sombra de la soja, el maíz y el trigo. Buscando abastecer distintas demandas industriales o exportadoras, comenzaron a ganar terreno distintas opciones que compiten en área con los tradicionales.
Apalancadas por los nuevos biocombustibles para aviones, la camelina y la carinata trajeron del olvido a su prima colza, que supo tener un auge productivo allá por el 2011 luego de las trabas para exportar trigo. Muchos productores, sobre todo en Entre Ríos, se lanzaron a sembrarla como opción invernal. La falta de conocimiento sobre el manejo y la cosecha hicieron que rápidamente quede en el olvido,
Entre los de verano, el sorgo es un cultivo que en Argentina se mantiene como relegado frente al maíz y la soja, y habitualmente se lo destina a lotes malos, bajos o salinos, dejando los mejores terrenos para la oleaginosa o el cereal.
Con altibajos, estos cultivos intentan quebrar viejos paradigmas y preconceptos, aprovechando convenientes opciones comerciales y tecnológicas: El sorgo ganó innovación y eventos biotecnológicos, la colza es una buena opción de rentabilidad durante el invierno.
De eso fuimos a hablar con Federico Pisoni, gerente comercial de RAGT semillas, empresa francesa que realizó su expo de cultivos en la ciudad de Junin y experta en ambos cultivos.
La demanda internacional de aceites, los precios y la posibilidad de diversificar las rotaciones agrícolas están abriendo nuevas oportunidades para la colza en Argentina. Aunque el cultivo todavía ocupa una superficie reducida frente a otras oleaginosas, el interés de los productores crece y la próxima campaña podría profundizar esa tendencia. Para Pisoni, el país tiene condiciones para desarrollar mucho más este cultivo, que ya cuenta con un negocio a contrato y materiales genéticos con un potencial de rendimiento considerable.
El sorgo también tiene argumentos para crecer. Con precios que durante los últimos años se mantuvieron en niveles históricamente altos y nuevas tecnologías que facilitan su manejo, el cultivo ofrece oportunidades que todavía no terminan de aprovecharse. El problema, según el ejecutivo, es que buena parte de los productores sigue reservándole los ambientes menos productivos, una costumbre que las empresas semilleras intentan cambiar.
“La colza está volviendo a ganar interés en el productor”, resumió Pisoni durante una entrevista con Bichos de Campo, en la que analizó las perspectivas de ambos cultivos y señaló que, además de la genética y los avances tecnológicos, será necesario modificar algunos criterios productivos para que terminen de desplegar su potencial.
En el caso de la colza, el punto de partida es una demanda internacional sostenida de aceite, que ofrece oportunidades comerciales para una producción argentina todavía incipiente. Según los datos mencionados por el ejecutivo, mientras el cultivo ocupa alrededor de 44 millones de hectáreas en el mundo, en Argentina la superficie ronda las 150.000 hectáreas.
La perspectiva también está vinculada con los nuevos usos industriales de los aceites vegetales, entre ellos la elaboración de combustibles sostenibles para la aviación. En ese escenario, la colza comparte protagonismo con otras alternativas, como la camelina y la carinata, aunque cada una presenta características agronómicas y comerciales propias.
La compañía también sigue de cerca la evolución de Uruguay, donde la superficie de colza ya alcanzaría las 400.000 hectáreas, según las cifras aportadas por el ejecutivo. Para Pisoni, ese desarrollo constituye una referencia regional para dimensionar lo que podría ocurrir del otro lado del Río Uruguay.
“Desde Argentina lo vemos como un ejemplo a seguir, porque creemos que el potencial de colza en Argentina es muy superior a lo que se está dando”, sostuvo.
Uno de los factores que más pesan en la recuperación de la colza es la posibilidad de contar con un esquema comercial que reduzca la incertidumbre al momento de sembrar. Pisoni recordó que muchos productores habían incorporado el cultivo hasta comienzos de la década pasada, pero luego se alejaron por dificultades vinculadas con la comercialización y otros condicionantes estructurales.
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“El productor hasta el año 2011 o 2012 hizo colza, después se desenamoró por cuestiones estructurales, cuestiones de comercialización”, recordó. Ahora, la posibilidad de cerrar contratos antes de la siembra está ayudando a recuperar la confianza.
“Hoy, con el modelo de negocio a contrato cerrado, eso es algo que le da mucha seguridad”, afirmó. “Hoy es un negocio muy rentable”, sostuvo Pisoni, quien también advirtió que el desafío de las empresas semilleras consiste en acompañar ese interés con genética y conocimiento agronómico.
La demanda ya no se limita a las regiones donde el cultivo tiene una trayectoria más consolidada. “Creo que va a crecer muy fuerte en el Litoral, Entre Ríos, Santa Fe, Buenos Aires. Va a crecer Córdoba. Hay que seguir explorándolo”, anticipó.
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Para Pisoni, la expansión hacia nuevas regiones responde a una necesidad más amplia de los sistemas agrícolas. Los productores buscan alternativas que permitan diversificar las rotaciones, mejorar los resultados económicos y aprovechar mejor los ambientes disponibles.
“El productor está buscando alternativas a los cultivos tradicionales porque está necesitando ampliar las opciones de cultivo para mejorar la rentabilidad”, explicó.
Las consultas que recibe RAGT no se refieren solamente a qué híbrido elegir. También abarcan cuestiones básicas para quienes vuelven a acercarse a la oleaginosa después de años sin sembrarla, como las diferencias entre materiales invernales y primaverales, las alternativas comerciales y las decisiones de manejo que permiten alcanzar buenos rendimientos.
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Si la colza busca ampliar su presencia en la agricultura argentina, el sorgo enfrenta otro desafío. El cultivo tiene una demanda externa que contribuyó a sostener sus precios, cuenta con híbridos mejorados y dispone de herramientas tecnológicas que facilitaron su manejo. Sin embargo, todavía arrastra una reputación que lo relega en muchos planteos agrícolas. “Creo que hay lugar para crecer y mucho”, afirmó Pisoni.
El ejecutivo recordó que la demanda china se mantuvo firme durante los últimos tres años y que los precios del sorgo se ubicaron en niveles que hace tiempo dejaron de parecer extraordinarios para quienes participan del mercado.
Ese escenario comercial, sin embargo, no garantiza por sí solo un salto en la superficie sembrada. Las condiciones climáticas también influyen en las decisiones de los productores y, en años lluviosos como este, la elección suele inclinarse hacia el maíz. Aun así, Pisoni considera que el sorgo tiene margen para ocupar ambientes agrícolas de mayor calidad y dejar de ser una opción reservada para los lotes más complicados.
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Allí aparece lo que considera uno de los principales obstáculos para el desarrollo del cultivo. “Lo que todavía nos está faltando es que el productor termine de entender que tiene un cultivo de altísimo potencial y de altísima rentabilidad”, sostuvo.
La observación apunta a una costumbre extendida en algunos planteos agrícolas. Históricamente, el sorgo fue destinado a lotes de segunda o a ambientes con limitaciones, mientras que los mejores suelos quedaban reservados para el maíz y la soja. Esa decisión puede limitar el rendimiento que se obtiene y reforzar la idea de que se trata de un cultivo de menor potencial.
Para Pisoni, revertir esa lógica exige un cambio cultural que involucre tanto a los productores como al conjunto de la cadena. “Las empresas de sorgo estamos trabajando fuertemente. No sé si decir que es un problema cultural, pero es una cuestión de la cultura del sorgo”, explicó.
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El sorgo también arrastra una deuda tecnológica que durante años condicionó su competitividad frente a otros cultivos. Pisoni recordó que la falta de herramientas para controlar malezas y enfrentar determinadas plagas fue uno de los factores que contribuyeron a que perdiera terreno.
“El sorgo perdió mucho mercado en años anteriores porque no tenía ninguna tecnología de resistencia a herbicidas que le permitiera al productor manejarlo un poco más fácil, como sí lo veíamos en el cultivo complementario, que es el maíz”, explicó.
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Según el ejecutivo, las empresas semilleras avanzaron en la incorporación de herramientas que permiten simplificar el manejo y enfrentar algunos de los principales problemas sanitarios del cultivo. “Hoy el sorgo tiene mucha tecnología de resistencia a herbicidas. Las primeras plagas que aparecieron fuertes, como el pulgón amarillo, enseguida las empresas lograron tener tolerancia”, señaló.
La colza y el sorgo parten de situaciones diferentes, pero comparten un desafío. En la primera, el crecimiento de la demanda y la recuperación de los negocios empiezan a abrirle espacio en regiones donde todavía tiene poca presencia. En el segundo, los precios y la tecn
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Fuente: Bichos de Campo