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Mariano Llinás: “Había una idea que me venía, como si Borges me la estuviera soplando”
Para Mariano Llinás no hay frontera precisa entre el viaje, la invención de historias y la vida cotidiana. Recién llegado de una seguidilla exigente de festivales europeos tras presentar en Venecia su nueva película sobre Jorge Luis Borges —un ambicioso e hipnótico despliegue narrativo que supera las cinco horas de duración—, el director de Historias extraordinarias, La Flor y Clorindo Testa recibe el diálogo con la velocidad de quien no deja de tramar ficciones en la cabeza. Entre la preparación de un nuevo viaje a Londres, Bélgica y Viena, y el inminente desembarco del film en las salas locales hacia noviembre, Llinás desglosa el origen de un proyecto que nació como un mero registro documental y se transformó en un objeto cinematográfico inclasificable.Todo empezó con un encargo: registrar el traspaso y la reunión de una célebre colección de manuscritos y textos sobre Borges con el especialista y crítico Ernesto Montequín. Sin embargo, la manipulación de esos papeles germinales encendió la chispa. De aquel encargo emergió una idea que se tornó irresistible: construir no una película convencional o una biopic de actores caracterizados, sino una biografía literaria fundada enteramente en los objetos, el mito, los lugares y esa hipótesis un poco esotérica de que es el propio Borges quien dicta su relato desde el más allá. Algo así como su más temida sospecha cuando en el poema El centinela presagia que en la sombra ulterior del otro reino estará él mismo, esperándolo. En esta conversación extensa y minuciosa para LA NACION, Llinás reflexiona sobre el desafío de medir fuerzas con la propia mitología borgeana, la voz en off como motor literario, la decisión de no tener jefes a la hora de filmar, el territorio del campo y el misterio de los hoteles de provincia, y el descubrimiento de que la comedia es, en última instancia, la forma más noble e irrenunciable de habituarse al mundo.—Venís de una rutina de viajes sumamente exigente por festivales tras el estreno de la película sobre Borges en el Festival de Venecia. ¿Cómo fue ese proceso y cuál fue el punto de partida de este proyecto?—Sí, vengo de viaje y me voy de viaje. Estoy con una rutina exigente. Hice viajes muy breves por los festivales y ahora me voy a Londres, después a Bélgica y a Viena; recién después de eso me quedan solo viajes por la Argentina hasta fin de año. Pasó poco más de un mes desde el estreno de la película en Venecia, con lo cual fue muy intenso; fui y vine tres o cuatro veces. Con la película empecé a filmar algunos planos en Ginebra a principios de 2023, cuando estuve allá, antes de que la película existiera, por las dudas, cuando sospechaba que podía llegar a existir. Después, lo de Nueva York fue en mayo de 2023. En el medio yo seguía haciendo otras películas, pero esta siempre estuvo ahí y tuve una dedicación casi exclusiva durante todo el año pasado.—Para quien no se ha encontrado aún con la obra, ¿por dónde se empieza a contar a Borges? ¿Cómo elegir qué mostrar dentro de un universo tan infinito?—La respuesta posible es que se puede contar todo. La otra respuesta posible es que no hay que elegir: entonces hacés una película de cinco horas y pico, sin elegir. A mí me habían llamado inicialmente para hacer un documental. La colección más importante de textos sobre Borges cambiaba de lugar o de dueño y me llamaron para registrar ese momento en el cual ese material se reunía con un experto, que era Ernesto Montequín. Un registro documental de esos que uno hace. Pero cuando llegamos ahí y empezamos a hacer eso, surge la idea y la sensación desde adentro de que eso que estamos haciendo tiene un poder más allá de ese simple trabajo.—¿Te generaba cierta aprensión o temor abordar una figura tan colosal para la literatura como Borges?—Para mí siempre significó mucho Borges, siempre fui muy borgeano y tuve mucha relación con él. Por eso tenía un poco de miedo de hacer algo sobre Borges; me parecía que era justamente lo que no había que hacer. Hay algo que escribí para el texto del Festival de Venecia que viene de aquel libro de conversaciones entre Truffaut y Hitchcock. Truffaut le dice a Hitchcock que la única parte mala de Cuéntame tu vida es el sueño que le manda a hacer a Salvador Dalí. Y le recrimina: “Usted no tiene que filmar sueños. Lo último que tiene que hacer es filmar sueños, porque sus películas son siempre sueños”. Alguien podría haberme dicho a mí: “¿Para qué vas a filmar vos películas sobre Borges si todo el tiempo estás filmando sobre Borges?“. Yo pensaba exactamente eso, coincidía con esa idea. Pero cuando estábamos ahí filmando los primeros momentos de Montequín manipulando los papeles y los objetos, tuve la impresión de que se podía hacer, de que podía haber una forma en la cual se encontrara la manera de agarrarlo a Borges.—¿Cómo fue ese instante de revelación en el que te diste cuenta de que ahí había una película posible?—Me di cuenta de que había una idea que me estaba viniendo casi como si Borges me la estuviera soplando. En las películas de ladrones de bancos, como las de George Clooney, el tipo entra a una joyería a comprar algo y, automáticamente, está mirando las cámaras de seguridad porque no puede parar. Idealmente, un director de cine es así: está todo el tiempo tratando de detectar películas posibles en todos lados. Y ahí me vino la impresión de que podía haber un truco que hiciera que una serie de imágenes se convirtiera en una película. Entender un sistema que permita meter ese tipo de cosas. Y ahí me vino muy temprano la idea de la biografía de Jorge Luis Borges: la certeza de que no tenía que ser una película sobre Borges, sino una biografía. Y que esa biografía tenía que estar sostenida en papeles y objetos. Porque hacer una biografía en cine es muy difícil, salvo que hagas una biopic, que es un tipo haciendo del personaje, pero eso no es una biografía, es una película. La idea de la biografía en el sentido literario en el cine es muy difícil de hacer. Y ahí dije: “Ah, se puede”. Y salió. —Hacer una biografía literaria en el cine plantea el problema de competir contra el propio mito borgeano. ¿Cómo operó esa tensión durante la realización?—El gran problema que aparecía a la hora de hacer una biografía de Borges desde el cine o desde cierta voluntad narrativa es que había un competidor muy fuerte, que era el propio Borges, alguien que sistemáticamente había estado pensando la manera de construir su biografía. La escribió durante toda su vida, y sembró de pistas su obra para que uno pensara que esas cosas se referían a él. Siempre fue muy hábil con eso y le dedicó mucha atención a la idea de construir una biografía literaria, cosa que nunca hizo de manera concreta. Había que deslizarse entre esas cosas y por eso los objetos eran tan buenos aliados. Eran objetos, cosas palpables. Uno podía filmar y encontrar cosas ahí.—En la película tu voz narradora está muy presente y organiza ese universo. —Sí, hay una voz. Me temo que soy yo. En la película hay muy poco audio original de Borges, solo algunos fragmentos con los cuales se hace una especie de juego, sobre todo el disco en el cual él lee sus propios textos. Pero es una película sin entrevistas: no hay entrevistas ni a Borges ni a nadie. Es mucha más imagen, texto y voz.—Hay una hipótesis casi esotérica que flota en el relato: la posibilidad de que sea el propio Borges quien manipula la trama desde la ultratumba...—Aparece la posibilidad, evidentemente tomada de los juegos del propio Borges, de que estemos siendo manipulados por él desde la ultratumba. La idea de que todas esas cosas hayan sido sembradas por él para que de alguna forma escribiera la biografía que en el fondo estamos escribiendo nosotros. Pero después nos deshacemos muy rápido de esa hipótesis... por miedo, básicamente por temor a los derechos. Porque si es así, nuestra negociación con la heredera se vuelve muy brava. Si ella nos dice: “Ah, no, la propia película dice que Borges es el que está escribiendo la obra”… (risas)—Mirando la estructura de la película, el especialista Ernesto Montequín cumple un rol casi de personaje detectivesco o policial negro en la selección y el ordenamiento de ese archivo...—Montequín hace una elección de los diferentes objetos que terminan siendo personajes y eso da una idea cronológica. En la película se van viendo los tigres de El hacedor, el texto que escribe Borges a los seis años en inglés donde escribe por primera vez la palabra «laberinto», la primera cosa que le escribe a la hermana como un prólogo a un libro de poemas... Se va viendo la vida de alguien en función de esas cosas y de los manuscritos. La elección que hizo Montequín del orden en el que veíamos los objetos sugería la idea de la biografía. Es una idea muy interesante: que la vida de una persona se cuenta con sus objetos.—Esa atención al detalle material remite directamente a tu propia relación con el entorno. ¿Qué papel juegan los objetos en tu cotidianidad en tu manera de concebir la ficción?—Ese es el problema central de mi vida: qué hacer con los objetos. A pocos metros de donde estoy está la casa de mi viejo, que se murió hace casi diez años. La casa está intacta porque vive una persona ahí, pero se va viniendo abajo de a poco y está llena de todas sus cosas. Yo fui rapiñando algunas, pero de alguna medida la coexistencia de esos objetos sigue manteniendo a mi viejo con vida. Para mí los objetos son más importantes que las casas. Te podés mudar, perdés una vista, pero te llevás los objetos y la vida queda medio igual. Uno es sus objetos, incluso esos objetos caóticos y azarosos que estás viendo en la mesa de trabajo: una lapicera, la voligoma, los rastros que deja un hijo... Son huellas de una vida que está sucediendo. Y eso sí lo puede mostrar el cine. Hay un montón de cosas que el cine no puede hacer, pero eso sí. Puede asomarse a esa pequeña geografía de una mesa con la misma fascinación que a la geografía de la provincia de Buenos Aires.—Salamone vuelve a asomarse en la película sobre B
Fuente: La Nación