General
Purificaron orina que encontraron en la calle, juntaron 350.000 colillas y hacen del arte una reflexión sobre la basura
¿Cómo se inscribe el pálpito de una ciudad en el cuerpo? El Colectivo Tres ha planteado una respuesta tentativa en el impulso situacionista: caminatas en zigzag que imponen un ritmo que puede desatender la fricción urbana, fundamentalmente para detenerse ante algún estímulo o destello que los movilice. Acciones mínimas, precarias, cotidianas a partir de las cuales no solo han cimentado una obra desarrollada tanto en México como en otras partes de América, Asia y Europa, sino que han posibilitado la reflexión como una herramienta clave en la investigación/creación. Hace unas semanas, los pies de Ilana Boltvinik y Rodrigo Viñas patearon Buenos Aires en sus distintos recodos, en el marco de la residencia Tres Ecologías, que promueve el Museo Moderno. Camino al barrio Rodrigo Bueno, donde hicieron actividades en el bachillerato, notaron la recurrencia de letreros con la indicación “Saquemos la basura. 19 a 21 h. Antes no, después tampoco”, una demanda que les hizo notar tensiones que justamente transitaron en su primera intervención artística urbana, Un archipiélago de olvidos (2009). En ese momento, el superintendente del Centro Histórico de la Ciudad de México sostenía que las personas tiraban basura en la calle porque los tachos eran pequeños, de modo que implementó un sistema de contenedores más grandes y cuadrillas de limpieza cada media hora. La invisibilización operaba en dos frentes: nadie quería —o quiere— ver la basura que produce y, a la vez, tal higienismo ocultaba las redes colectivas de cuidado y trabajo que invoca la problemática. Por tanto, Tres se propuso mostrar la complejidad, el tono del entramado urbano: propusieron que se les diera un día de descanso a los barrenderos y, en su lugar, realizaron una intervención artística que consistía en pegar estampas de distintos colores en el suelo por cada residuo recogido. Moverse alrededor de la basura supone una conexión sentimental con la materia, una necesidad de acercarse un poco más. Ambos tienen respuestas distintas en torno a sus motivaciones primigenias. Desde su infancia, Rodrigo consolidó una sensibilidad que oscila entre el alma de un anticuario y la obsesión de un recolector de porquerías o chácharas. Una fascinación por las ruinas, las marcas del tiempo impresas en las cosas usadas y en la poética que emerge al contrastar la durabilidad de las tecnologías del pasado con la fragilidad efímera de los materiales contemporáneos. Para Ilana, un punto de quiebre en su trayectoria fue en los tempranos 2000, cuando un investigador holandés llegó a CDMX a analizar la metrópoli desde la superficie de sectores gentrificados como el Centro Histórico o la colonia Roma. “Se me retorció un poco el hígado pensar que no tenía él ni idea de lo que estaba hablando en realidad, ¿no? Para mí fue necesario decir, bueno, vamos al basurero para que veas pues cómo está realmente la situación en la Ciudad de México”. La inmersión fue tan reveladora que durante un año y medio fue al tiradero de Chimalhuacán, un paisaje descompuesto que años más tarde estallaría trágicamente por la acumulación descontrolada de gas metano.“Parece que somos una sociedad materialista, pero no lo somos, porque tenemos una conexión muy pobre con la materia”, sostiene Rodrigo. “Podemos usar un vaso de plástico y desecharlo cinco minutos después, sin estar conscientes de cuál es el ciclo de vida de esa materialidad”. Por eso, antes de pensar en una idea de responsabilidad, les preocupa tener una relación un poco más íntima y profunda con la materia que nos rodea: “Tener en consideración que también los objetos que nos rodean tienen su propia agencia, su propia vida, su propio ciclo y que vale la pena pensar en cuáles son esos ciclos y qué tan largos son y cómo se cruzan con nuestra vida”.En esa búsqueda de una conciencia conceptual, rememoran otra de sus primeras acciones: vender basura mexicana en Dinamarca y basura danesa en México, que atestiguó las diferentes conexiones con los residuos. En México el ciclo de la basura se escucha en los campanazos de los recolectores, en el olor; es muy presente, mientras que en Dinamarca nadie sabía del recorrido. La complejidad del presente, consideran, oscila entre el cinismo y el tormento: están los que piensan que “el problema es tan bestial que ya no importa si yo tiro o no tiro un popote” y los que no van a cargar con su basura todo el día si en su casa tampoco pasan a buscarla. Más que un desecho alejado, la basura se convierte en materia vibrante, pura presencia que transita su propia trayectoria: “La basura es basura porque en ese momento está en ese estado hasta que llega alguien más y le pone agencia, o le da un uso o la saca de esa suspensión en la que se encuentra para que deje de ser basura y se convierta en algo más... La basura nunca es basura, o sea, no es un estado definitorio de la materia, es un estado siempre efímero, transitorio o, como llamamos en muchas ocasiones, un abandono momentáneo de la materia”.Tres ha combinado la reflexión filosófica, visible en distintos ensayos teóricos donde resuenan las teorías de Bruno Latour, Michel Callon, Jennifer Gabrys y Vinciane Despret, entre otros, con una gestualidad corporal cada vez más comprometida y polisensorial. Dos proyectos son representativos de la apuesta que, en muchos sentidos, los desbordaba. En Chicle y pega (2012) propusieron levantar chicles pegados en las calles como si fueran pepenadores, analizaron la composición —cientos de miles de bacterias y hongos— e intentaron recuperarlos entre infecciones y gases de las alcantarillas: Ilana contrajo salmonella. Para Huella latente (2011) juntaron 350.000 colillas, las clasificaron por su estado y su forma de caer, y hasta imaginaron la historia de los fumadores a partir de las huellas. La pieza causó un shock a quienes entraban a la sala: “Se metía dentro de ti y te intoxicaba”. Cada proyecto se devela a sí mismo en el transcurso, asume la forma que encuentra posible: instalaciones, performances, dibujos, libros. En Todo lo que brilla es oro (2011) expandieron aún más la veta colectiva, transdisciplinaria y polémica. Recolectaron botellas con orina abandonadas por transportistas en las carreteras. Con el laboratorio biomédico del Centro de Investigación y Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional y el científico Víctor de la Rosa, diseñaron un método de purificación artesanal con botellas recortadas, capas de arena y carbón activado elaborado mediante la quema doméstica de tortillas. Tras filtrar el fluido, los artistas bebieron públicamente el agua extraída, desafiando las barreras psicológicas sobre lo impuro. En paralelo, procesaron las muestras para elaborar “retratos hablados” y especular sobre patrones, conductas, patologías. “Fue una especie de shock ver esa transformación: vamos a purificar los orines que encontramos en la calle y vamos a tomárnoslos. ¿Quién nos dice que el agua que nos tomamos de la llave es menos pura o más pura que la que estamos nosotras, con nuestras propias manos, purificando?... Y los propios científicos decían: «¿Cómo podemos rehacer a la persona a través de sus desechos, si este es el desecho más íntimo que hay porque fue sangre en algún momento?»”Desde un comienzo, el malentendido ha estado presente a la hora de situarlos. A menudo se los catalogó como activistas ecologistas o, inversamente, como antiecológicos. Dentro del circuito del arte se los suele catalogar como etnólogos, antropólogos o arqueólogos, mientras que fuera de él tampoco se los encasilla como científicos o investigadores tradicionales. No les molesta el qué dirán; a veces incluso consideran absurdas esas formas de etiquetarlos. En 2022, en Lima, hicieron una intervención ritual en la que usaron 150 kg de carne podrida —vísceras no comestibles para humanos— a 35 grados para convocar a los buitres, seres determinantes en el procesamiento de desechos del río Rímac; los criticaron por desperdiciar comida. Tres no busca moralizar, sino transformar la basura en un prisma crítico, o en una faceta olvidada del espíritu humano. Una acción tan compleja como ésta, inspirada en el capítulo “K de Kilos”, de ¿Qué dirían los animales si les hiciéramos las preguntas correctas? (Despret), atestigua un movimiento en la gestualidad del colectivo, que transita una etapa en la que trasciende la idea de ser médiums de objetos para adentrarse en una ecología crítica. “Cada vez se vuelve más patente cómo podemos ir ampliando la lente para ver las interconexiones planetarias y ya no solamente locales, sin perder nunca de vista cómo cada una de estas situaciones afecta localmente, ¿no? Porque el trabajo en contextos específicos creo que sigue siendo primordial, pero ya no pensado solamente en lo que sucede en ese espacio, sino más bien llevándolo más lejos. Y eso de llevarlo más lejos es también rebasar la propia noción de archivo. Es decir, se usa mucho hoy en día pensar en el archivo vivo, pero nos interesa un poco pensar en cómo podemos extender nuestras experiencias a otros”.Para pensar en la conexión entre los objetos locales y las infraestructuras sociopolíticas globales, recurren a una frase de un libro que devino en un hallazgo sorpresivo, Basura, del español Óscar Calavia, alguien totalmente ajeno a la técnica ambiental: la basura es un principio estructurante del mundo, un entresijo para desentrañar cómo se estructuran las ciudades y el poder. Una prueba fue cuando quisieron ir al basural de La Habana y no obtuvieron permiso, debido a que empresas transnacionales japonesas ya estaban explotando directamente ese tiradero dado que conserva metales de la década de 1960 que han desaparecido, yacimientos clave para la extracción de materiales escasos y viejas tecnologías. Algo similar les sucedió en los pocos días que recorrieron Buenos Aires: notar que algunos espacios, como la Reserva Ecológica, surgieron de los escombros de modelos económicos, o alertarse de cómo los habitantes de los barrios populares amenazados por la especulación
Fuente: La Nación