Los dilemas de la agronomía: Pablo Cattani se cansó del discurso de la catástrofe y reclama discutir “desde el conocimiento, no desde el interés”

Pablo Cattani quiere sacarse de encima “el karma del domingo a la noche”. Esa tristeza anticipada porque al día siguiente hay que volver a trabajar, como si el lunes fuera una condena y no la oportunidad de seguir haciendo algo que a uno le gusta. Lo cuenta cuando la conversación ya pasó por los agroquímicos, las alertas meteorológicas y las dificultades de una profesión, la ingeniería agronómica, que debe ayudar a producir más mientras cuida los recursos. Parece un desvío, pero tiene bastante que ver con todo lo anterior: a este agrónomo lo tiene harto el miedo.
“Cumplí 60 años y dije: No tengo más tiempo para decir ‘ya lo voy a hacer’. O lo hago o me callo la boca. Y me puse más jodido que nunca”, avisa.
Especialista en producción y utilización de forrajes conservados, el cordobés Cattoni suele hablar sobre cómo aprovechar mejor el alimento para los rodeos. En esta conversación con Bichos de Campo, sin embargo, dejó las recomendaciones técnicas por un rato y se metió en un terreno donde las respuestas no se pueden medir en kilos de materia seca.
La propuesta era indagar qué sucede detrás del papel profesional: el ingeniero correcto, la camisa, la exposición ordenada, las recomendaciones para mejorar la productividad. ¿Qué piensa ese mismo tipo cuando se apagan las luces del congreso? ¿Qué le preocupa? ¿Cómo conviven sus convicciones personales con las demandas de su trabajo?
Cattani encontró enseguida por dónde entrar.
“No me gusta mucho la comunicación del agro. Siempre somos llorones”, lanzó. Y puso como ejemplo una conversación repetida con contratistas que describen su trabajo como una sucesión interminable de padecimientos. “Está bien, loco, si sufrís tanto, salí del negocio. Y si no, quedate, mejoralo y armales una autopista a las otras juventudes que vienen por detrás”, planteó.
Mirá la entrevista:

La provocación de Pablo tiene un destinatario bastante claro: un sector que necesita entusiasmar a los que vienen, pero muchas veces cuenta su propia actividad de una manera que a los más chicos les saca todas las ganas de acercarse. Cattani reclama mejorar esa comunicación y también ser honestos respecto de lo que se quiere discutir.
Porque detrás del lamento aparece otro tironeo: la necesidad de producir y la obligación de conservar. En su planteo, el problema comienza cuando cada uno se encierra en su posición y deja de escuchar al resto.
“Por un lado está el productivismo; por el otro lado está el conservacionismo y no nos ponemos de acuerdo”, describió este agrónomo, que casi ingenuamente pretende sentar a todos a la mesa y hacerse cargo de las dificultades de esa convivencia.
“Si somos netamente conservacionistas, nos quedamos sin comida. Si somos netamente industriales, hay algo que se rompe. Bueno, empecemos a pensar seriamente en eso”, propuso Cattani.
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La frase resume su posición, aunque deja abierta la parte más difícil: cómo establecer los límites en cada sistema productivo. Cuando la pregunta pasó de ese debate general a su propia práctica, la respuesta fue tajante.
-¿Vos tenés culpas ambientales?
-No, culpa ambiental no tengo ninguna. Absolutamente ninguna.
Cattani sostiene que se puede trabajar de manera intensiva y responsable. Para explicarlo volvió a su especialidad y a un cultivo que conoce bien: la alfalfa. “Trato de aplicar la menor cantidad de químicos que puedo”, señaló. Y enseguida reconoció una ventaja de su sistema: “La alfalfa se enferma, la corto y sale de vuelta”.
Desde esa experiencia de quien trata de reducir todo lo posible las aplicaciones, cuestiona los discursos que presentan cualquier intervención química como una catástrofe inevitable. También le molesta la carga que adquieren las palabras en la discusión pública: “Hace cinco años eran agroquímicos, ahora son agrotóxicos. Pasado mañana va a ser un agroveneno”, ironizó.
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En ese tramo recordó prácticas de su infancia vinculadas con el manejo de pulverizadoras, que eran mucho más peligrosas de las que se realizan ahora, como soplar los picos de las aplicadoras. Él sigue vivo, pero con eso “no quiero decir que tiene que ser así, en absoluto”. Su argumento apuntaba a discutir lo que considera una visión catastrófica de las aplicaciones.
Y allí aparece una tensión que atraviesa toda la charla: cómo advertir sobre un peligro sin paralizar; cómo cuestionar una exageración sin restarle importancia a un problema.


 










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El episodio que lo había irritado recientemente era un mensaje del Gobierno nacional que le recomendaba a toda la comunidad agropecuaria tomar precauciones frente al episodio climático de El Niño. Pablo lo recibió como otra invitación a encerrarse y tener miedo, un recurfdo ded la crisis del coronavirus. La asociación con la comunicación de la pandemia le salió enseguida.
Cattani quiere escuchar otra clase de información de parte de las autoridades resdponsables: una explicación concreta de lo que podía suceder y de qué hacer frente a eso. Su fastidio terminó abarcando desde los pronósticos alarmistas hasta las versiones que circulan sobre aviones que supuestamente modifican el tiempo. “¿Es verdad, es mentira? ¿Por qué no nos ponemos las pilas, nos ponemos en serio? ¿Qué estamos haciendo?”, se preguntó ante estos tonos dramáticos que asume el debate.
A la agronomía le adjudica una responsabilidad en esa tarea.
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“Tiene que tirar un manto de luz”, respondió cuando se le preguntó qué podía aportar la profesión. Extendió el pedido a los climatólogos y a quienes conocen los sistemas productivos: cada uno debería poner sobre la mesa “su cuota de conocimiento, de profesionalismo y de responsabilidad social”.
Cattani sospecha que a veces esa contribución queda desplazada por las ganas de ocupar el centro de la escena. “Creo que estamos buscando demasiado nuestro momento de gloria. Es como que queremos ser el héroe de la película”, cuestionó.
También desconfía de las respuestas fáciles que llegan desde el otro extremo del debate. No le alcanza con que alguien proponga reemplazar los productos químicos por un esquema donde “el bichito se come al bichito” si no explica cómo sostener la producción. Lo que reclama son alternativas que puedan funcionar y profesionales dispuestos a responder por ellas.

“Discutamos cada uno en su área de conocimiento, no en su área de interés”, pidió. Y completó: “Seamos social, productiva, tecnológica y profesionalmente responsables”. Discutir desde el conocimiento supone fundamentar tanto las advertencias como la tranquilidad que se pretende transmitir. Y obliga a revisar las propias certezas, incluso cuando se tiene una larga trayectoria y una convicción firme sobre cómo trabajar.
Cattani prefiere dar esa discusión antes que quedarse quieto. Hasta se pregunta si tanto ruido no termina dificultando la búsqueda de una mayor productividad. Es lo que sospecha. Su preocupación vuelve siempre al mismo lugar: el tiempo que se pierde mientras unos y otros intercambian consignas.
Por eso aquella referencia al domingo a la noche termina siendo algo más que una anécdota personal. Habla de cómo quiere ejercer el oficio y transitar esta etapa de su vida. “Estás haciendo un laburo que te gusta, entonces destiná tu tiempo para ver realmente cuál es tu realidad”, propuso.
“A mí el tema del miedo, de la catástrofe, me tiene repodrido”, cerró.

Fuente: Bichos de Campo