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De antiguo taller mecánico a vanguardia gastronómica: la esquina de Palermo que hoy se juega al “all day”
La premisa fue diseñar un emprendimiento gastronómico que pudiera ocupar un lugar propio en la “estallada” escena porteña. ¿Poner un exquisito café de especialidad para las mañanas y las tardes? ¿Desarrollar un restaurante original con menú de cocina internacional de autor para almuerzos y cenas? ¿Armar un bar de vinos con selectas etiquetas y una propuesta amplia de amaros ideales para el turno trasnoche? Hasta que llegó la pregunta que sería la indicada: ¿por qué elegir una sola opción? La epifanía neoyorquina Cuando Federico Prieu (45), después de años de viajar por el mundo como cocinero —primero en las giras junto a leyendas del rock como Pearl Jam y Roger Waters, y luego como Kitchen Manager del Cirque du Soleil—, decidió recalar en su Buenos Aires querido, la primera propuesta concreta que recibió fue montar un espacio de sushi tradicional en la zona de Recoleta. Pero el proyecto inicial se demoró y el destino torció el rumbo: ese mismo día apareció disponible un antiguo taller mecánico en la esquina de Lavalleja y Honduras. Algo decía que ese era el lugar ideal; ahora quedaba definir exactamente ideal, ¿para qué? Ahí estaba Prieu, buscándole la singularidad a un espacio mucho más amplio de lo previsto, cuando viajó a Nueva York para empaparse de las últimas tendencias. “Queríamos traer algo disruptivo a la Argentina, sin seguir la corriente habitual”, cuenta. Volvió con una idea: apostar por un verdadero all day, pero entendido a la porteña. Se trata de esos locales gastronómicos, dinámicos y descontracturados que no se encorsetan en un solo rubro ni momento del día. Federico buscaba sumar algo nuevo al mapa local porque sentía que en la ciudad se estaba cayendo en una repetición predecible: “Me llevé una decepción; me parece que estamos todos haciendo vacaciones en los mismos lugares y mirando los mismos reels de Instagram”, confiesa. Y agrega sobre el fenómeno del chef estrella: “Se generó esa cosa del ‘cocinero rockstar’ donde el faro ilumina siempre hacia la cocina para ver quién es el cocinero o qué cara pone para las fotos. Para mí la hospitalidad es un servicio: el faro tiene que estar apuntado hacia el salón, hacia la mesa y la comodidad del comensal”. Con esa intención de romper cierta monotonía impuesta, en marzo de 2026, abrió sus puertas Avío. La llegada random de un cocinero nómade Federico Prieu se formó en las aulas de Ramiro Rodríguez Pardo, con especialización en pastelería en el IAG y egresó como sommelier de EAS. Pasó casi dos décadas cocinando para músicos y artistas. Durante los seis años en los que recorrió intermitentemente ciudades de Canadá y Estados Unidos junto al Cirque du Soleil, alimentó diariamente a un elenco multicultural de más de 120 artistas y técnicos. “El circo fue una escuela sin profesor; me dio una fuerza y un rigor que no te da ningún otro lado”, reflexiona Federico al recordar cuando encargaba un atún rojo entero de 250 kilos para la cocina del show. Tras años de valijas y hoteles, decidió volver a Buenos Aires para echar raíces y crear un espacio propio. La personalidad de la propuesta gastronómica Avío radica en tres pilares que no compiten entre sí, sino que potencian una experiencia libre y relajada. 1. Café de especialidad y guiños afectivos Las mañanas y tardes transcurren entre el aroma a café de grano seleccionado y una pastelería artesanal donde destacan los bagels caseros de salmón curado con queso crema, alcaparras y cebollitas encurtidas, acompañados por clásicos como los huevos benedictinos o la sorpresa del mbeyú misionero, una receta autóctona que rinde homenaje a las raíces familiares de su socio. Atenti: las medialunas con jamón y queso son la gran oportunidad de probar la charcutería artesanal de Avío. 2. Una cocina de autor ecléctica y caprichosa La carta nocturna cambia cada tres meses y funciona como el diario de viaje de Prieu, quien acumuló una generosa biblioteca de libros culinarios tras andar por el mundo acopiando saberes y recetas. El plato insignia es su célebre hummus de la casa, transformado en una entrada vistosa, llena de texturas y colores, que combina quinotos confitados, berenjenas asadas, sumac, garbanzos crocantes y olivas marinadas. La travesía sigue con el karaage (pollo frito estilo japonés) con mayonesa de kakdugi (kimchi de rabanitos), los arancini de cabutia con queso azul patagónico y una charcutería artesanal propia —pastrón, panceta y fiambre de pollo de campo— que curan pacientemente en el local. 3. Vinos federales, tragos y barra de amaros La propuesta del beber reúne más de 80 etiquetas de pequeños productores y proyectos de autor seleccionados de distintas regiones del país. Además, tras descubrir en Estados Unidos el auge de los licores de hierbas, Avío se convirtió en pionero al inaugurar la primera barra especializada en amaros de la Argentina, con más de 30 variedades italianas e importadas para disfrutar como aperitivo o digestivo. “Fue un descubrimiento del viaje —relata—. En Estados Unidos la gente ya no toma vermú, toma amaro. Empecé a probarlos en cada lugar al que iba y me encantó. En Argentina, nadie sabe bien qué es un amaro ni cómo se consume. Era una buena oportunidad para ser punta de lanza tal como pasó hace diez años con el vermú”.Palermo Talleres: el encanto de una frontera con memoria En el cruce de Lavalleja y Honduras, la geografía urbana juega a favor de la hibridez. Es esa frontera exacta de Palermo donde Villa Crespo todavía contagia la mística del barrio. “A esta parte algunos le dicen ‘Palermo Talleres’. Me gustaría que con los locales de la zona armemos un circuito que tenga su propio nombre e identidad. Queremos que Avío sea un refugio con personalidad en el barrio”, se entusiasma Federico. Para el proyecto arquitectónico, el objetivo fue no borrar las huellas del taller mecánico que funcionó allí durante décadas, sino reinterpretarlas con un diseño contemporáneo, canchero y un toque sofisticado. Al cruzar la puerta, la mirada cae inevitablemente al suelo: la antigua fosa de lubricación fue vaciada, pulida y vidriada con una iluminación cálida, conservando en la parte superior sus pesadas maderas originales de algarrobo, que aún se levantan manualmente para el guardado. Los carros metálicos de herramientas, de marca Bahco, en un intenso contraste naranja y negro, fueron rescatados y reconvertidos en elegantes aparadores de apoyo para el salón y la cocina. Las mesas de acero inoxidable, con un diseño especial de un estudio ucraniano, dialogan con paredes en un suave tono terracota que fue elegido tras rastrear tendencias internacionales. Y para que las charlas fluyan sin esfuerzo, un ingeniero de sonido diseñó una acústica invisible con paneles fonoabsorbentes que eliminan el rebote de sonido. Mientras de fondo suena una curaduría musical personalísima a cargo de Federico —que va del hip hop y soul de los noventa al indie más fresco—, resplandece la gran joya del espacio: una cafetera Victoria Arduino Eagle One, colocada con orgullo de cara al público como si fuera “la Ferrari o el Rolls-Royce del taller”. Los uniformes del personal —que remiten a los mamelucos y camisas estilo Dickies que se usaban en los talleres de los años 50—, la vajilla —especialmente los vasos irregulares en vidrio ámbar que dialogan con el LED naranja de la cava y los cuencos de barro rústico—, un reloj cucú de diseño y otros elementos componen una escena en perfecta sintonía visual. El nombre del lugar tiene una emotiva razón de ser. “Avío” era la palabra con la que Lina, la abuela campesina de uno de sus socios, llamaba a la vianda o provisión de alimentos que le preparaba cada mañana para nutrir la jornada. “Aunque la estructura de costos es exigente y el contexto económico general es complejo, la repercusión de Avío en la gente es muy buena. Viene un público muy variado: vecinos del barrio, jóvenes, amantes del vino. La gente se va muy contenta con la propuesta, la comida y el servicio”, resume Prieu. En un espacio donde todavía resuena el eco de los viejos motores, hoy se escuchan utensilios de una cocina que busca imponer identidad propia sin sesgos y a cualquier hora del día. Datos útilesAvío queda en Lavalleja 1521 (esquina Honduras), CABA. Está abierto de martes a jueves de 8 a 24; viernes y sábados de 8 a 1 y domingos de 10 a 20. Fotos: Gentileza Avío/Julia Gutiérrez
Fuente: La Nación