Los dilemas de la agronomía: La docente Mónica López propone “parar la pelota” para no confundir la repetición de recetas con el verdadero conocimiento

El agrónomo tiene mucho por decidir. Cuánto fertilizante aplicar, qué fecha elegir para sembrar, con qué agroquímico responder a una amenaza sanitaria. Tiene información, modelos y tecnologías que le permiten resolver cada vez más rápido. Lo que no siempre tiene es tiempo para hacerse una pregunta: ¿Está interpretando el problema o simplemente está repitiendo una receta?
A Mónica López, docente de la Cátedra de Cultivos Industriales de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (Fauba), le preocupa ese margen cada vez más estrecho para pensar. No plantea una discusión contra las herramientas disponibles. Plantea la necesidad de entenderlas, conocer sus límites y conservar el criterio profesional para decidir cuándo sirven y cuándo hace falta buscar otra respuesta.
Valoriza al profesional detrás del telefonito y la aplicación.

“El agrónomo es una persona que debe seguir pensando todo el tiempo y debe seguir formándose y capacitándose”, sostuvo en una conversación con Bichos de Campo esta docente universitaria.
Parece una definición obvia hasta que aparece el trabajo cotidiano: muchos lotes, distintas necesidades, exigencias de resultados y decisiones que no pueden esperar. En ese trajín, advirtió López, “muchas veces no nos detenemos a interpretar alguna de esas decisiones o a cuestionarnos cómo las estamos tomando”.
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La observación también la incluye. No habla desde una universidad que mira los problemas ajenos por encima del hombro. “Nos pasa absolutamente a todos”, aclaró, tanto a quienes trabajan en las áreas académicas como a los profesionales independientes o empleados de empresas.
Un ejemplo es la fertilización. Dos lotes pueden necesitar manejos diferentes porque no disponen de los mismos nutrientes. Reconocer esa diferencia, interpretarla y actuar en consecuencia requiere dedicarle tiempo. La urgencia, en cambio, puede empujar a uniformar las respuestas.
Para López, allí se juega una parte central del oficio: desarrollar la capacidad de pensar la agronomía para hacer un uso más racional de los recursos. La preservación del suelo también empieza en esas decisiones, bastante antes de los grandes discursos sobre el ambiente.
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La disponibilidad creciente de información vuelve más exigente esa tarea, lejos de facilitarla. La docente mencionó la inteligencia artificial y los modelos que permiten anticipar distintos comportamientos de los cultivos. Son herramientas que los propios investigadores desarrollan para simplificar el trabajo. Pero simplificar una tarea no elimina la necesidad de comprenderla.
“Detrás de esos modelos siempre existen supuestos que el usuario los tiene que conocer, los tiene que interpretar para usarlos racionalmente”, explicó.
El riesgo es quedarse con el resultado sin revisar el camino recorrido hasta hacerlo posible. O aferrarse a una práctica conocida aunque el problema haya cambiado.

Durante la charla apareció el ejemplo de las fechas de siembra del maíz y la necesidad de reconsiderarlas frente a nuevas situaciones sanitarias: saber hacer algo de una manera no alcanza para justificar que se lo siga haciendo siempre igual. “No caer en la receta”, resumió López.
-¿Se trata, entonces, de parar la pelota?
-Totalmente- respondió. Pero agregó una condición: hacerlo “en forma racional”.
López desconfía de los extremos en una Argentina que considera “muy pendular”. En la discusión sobre producción y ambiente, su planteo consiste en sostener la productividad entendiendo que depende de conservar los recursos a lo largo del tiempo. Cuidar el suelo y evitar la contaminación del agua forman parte del mismo trabajo.
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“Se puede ser muy productivos manteniendo la calidad del ambiente”, afirmó. En sus recorridas profesionales y en las visitas con estudiantes a establecimientos bonaerenses, ella misma encuentra empresas que llevan años incorporando prácticas como el manejo de envases de fitosanitarios, las evaluaciones del balance de carbono y los cultivos de servicio. Son experiencias concretas que utiliza para pensar el vínculo entre las tecnologías productivas y el cuidado de los recursos.
López contó que se siente “profundamente orgullosa de ser agrónoma”. Le gusta la profesión que eligió y reivindica la búsqueda permanente de quienes la ejercen, aunque reconoce errores y diferencias entre profesionales. También cree que muchos agrónomos llegaron al campo por un vínculo afectivo con ese lugar. Y que esa conexión influye sobre su manera de trabajar. “Cuando vos querés un lugar tratás de preservarlo”, expresó.

Desde esa mirada cuestionó los discursos que demonizan a los agrónomos y reducen su trabajo a los intereses del negocio. “La agronomía como profesión eso no se lo merece, la buena agronomía”, sostuvo.
Su defensa del oficio llevó a otro dilema: cómo sostener la formación de nuevos profesionales cuando las instituciones que los preparan atraviesan dificultades. En ese sentido, López calificó el panorama de la universidad pública como preocupante. Docentes e investigadores hacen lo que pueden para mantener las clases, los equipos y la formación de estudiantes. “En crisis anteriores no bajamos los brazos, ahora tampoco”.

Fuente: Bichos de Campo