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“No estamos en un abismo; estamos en un camino con peligros”
Doctora en Ciencias Sociales e investigadora del Conicet, Flavia Costa se define a sí misma como especialista en políticas tecnológicas y sociedad. Desde hace años, en el marco de esa enorme usina de pensamiento que es el seminario Técnica, Cultura y Sociedad de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA (del que hoy es profesora asociada), viene proponiendo construir una mirada más abarcativa sobre los diversos mundos que nos propone la tecnología. Entretanto, hizo muchas otras cosas: trabajó en periodismo; participó, a mediados de los años noventa, en la fundación de Artefacto: Pensamiento sobre la técnica (revista cuyo último número se presentó recientemente); fue editora; escribió la novela Las anfibias. Actualmente, integra el colectivo Ludión: Exploratorio latinoamericano de poéticas/políticas tecnológicas, y dirige el Observatorio de Tecnologías, Sociedad y Ecosistemas Digitales, en la UBA. En buena medida a partir del trabajo en estos espacios, escribió dos libros que merecen ser leídos en tándem y que día a día ganan actualidad: Tecnoceno, publicado en 2021, y Vidas artificiales, publicado este año. Si el primero funciona como una suerte de mapa que permite visualizar las complejidades y sustratos del inestable mundo que estamos habitando, el segundo, sin abandonar la mirada analítica, propone inaugurar caminos –sobre todo, políticas- para transitar, desde este rincón del mundo, una transformación que ocurre en tiempo real. El día en que se realizó esta entrevista, Flavia estaba prácticamente sin dormir. Poco tiempo antes se habían sucedido las declaraciones donde Sam Altman y otras figuras de las grandes tecnológicas alertaban sobre los riesgos existenciales a los que nos podría exponer la IA (poco después Bill Gates sumaría su voz a esos anuncios ominosos). En absoluto tecnofóbica, dueña de una disciplina tan metódica como rigurosa a la hora de considerar la información, Flavia había estado toda la noche revisando publicaciones del exterior, consultando fuentes del mundo tecnológico, cotejando lo que circulaba en plataformas estadounidenses, europeas, chinas. “En estos casos, agradecés que exista una IA que te ayude a traducir”, dice, sonriendo. Sonríe también cuando cuenta el trabajo de hormiga que, junto a otros colegas, viene haciendo en pos de trazar puentes entre quienes vienen del campo de las ciencias sociales y los ingenieros, los científicos, los expertos en las diversas facetas de la computación, los investigadores de la IA. Su obsesión es construir un entramado de saberes que permita no solo pensar, sino también actuar, orientar, encauzar una realidad que, insiste, es “poliédrica”: cuanto más interdisciplinarios sean los abordajes, mejores opciones se podrán encontrar. “Yo hablo como una técnica del Estado –afirma la docente e investigadora-. A mí el Estado me está pagando. Entonces, lo que tengo que hacer es asumir ese rol con mi buen saber y entender, no más que eso”. Y vuelve a sonreír, con la certeza de que el trabajo y la sensatez tienen mucho por hacer en lo que se viene. Y que la Argentina tiene cartas para poner en juego. -Hay algo que no termino de entender en el modo en que comunican los dueños de las tecnológicas. ¿Cómo se entiende esto de ir y venir entre anuncios de grandes desarrollos en IA y advertencias de que esa IA nos podría reemplazar o incluso aniquilar? -Creo que hay dos ejes en la pregunta y los dos participan de una transformación que está ocurriendo: uno político y uno cultural, que son los dos ejes de estas tecnologías infocomunicacionales, que son a la vez medio, ambiente, infraestructura, y también mundo de sentido. Para mirar esas dos dimensiones vamos a necesitar suspender un poco la imagen de mundo que teníamos. Por un lado, anunciar las bondades de la tecnología y advertir sus peligros son dos movimientos de la misma escena: la amenaza también es una forma de mostrar poder. Porque lo que está en juego es una carrera por la capacidad de fuego, de daño, a ver quién tiene la IA más peligrosa, porque se está forzando una transición hacia la IA como industria y como arma de relevo de la disuasión nuclear. Aquí la cuestión es que muchas de las reglas de la post Segunda Guerra Mundial están siendo abrumadoramente puestas en duda; incluso diría que están siendo burladas muy adrede por esta segunda administración de Trump. Es como si se hubiera caído un velo; el velo que ocultaba que nuestro mundo estaba construido sobre un conjunto de instituciones y acuerdos que no eran tan estables como creíamos. ¿Te acordás cuando Fukuyama, en los años 90, decía que la economía funciona por confianza? Bueno, diría que la política también funciona por confianza en que el mundo –el sentido compartido, las instituciones en las que se apoya en última instancia la decisión sobre el uso legítimo de la fuerza—es estable. Pero esa estabilidad viene erosionándose desde hace unos cuarenta años, y ahora el proceso se acelera. No sabemos muy bien hacia dónde vamos, pero no parece que vaya a ser el mundo que conocíamos hace apenas dos décadas. -¿Y el segundo eje? -El segundo es más propiamente el mundo del sentido. Hay un proceso cultural, una nueva “transvaloración de los valores”, que está muy bien presentado en el libro Fascismo cosplay, de Luis Ignacio García, y de otra manera en Yo me lo merezco, de Paula Sibilia, que piensa la transformación del suelo moral. Hace unas semanas publiqué en la revista Anfibia un artículo sobre Peter Thiel y la encíclica Magnifica Humanitas, de León XIV, donde intento señalar algunos signos de este cambio, que tienen que ver con una tendencia a la inversión de sentido, el cambio de signo permanente, una suerte de perplejidad por diseño. Tenemos a un empresario tecnológico hablando del anticristo y al Vaticano, la Iglesia Católica Apostólica Romana, tomando una posición casi regulatoria, como si fuera la Unesco en vez de ser una Iglesia –y lo que dice la Encíclica es políticamente mucho más fuerte y directo que las recomendaciones de ética de la Unesco, en efecto-. Hay un tono de organización estructurante en la Encíclica que, para mí, da cuenta de una cierta inversión. Un poco en broma, un poco en serio, el siglo XXI parece el siglo XX al revés. Moria Casán nos gusta y no nos gusta, y ella juega a eso, es muy consciente. El Presidente también. Hay una inestabilidad que se produce, entre otros procedimientos, mediante juegos de inversión. Desde hace más de tres décadas asistimos además a una transvaloración de la figura del malvado: después de los vampiros de los 90, llegan los villanos heroificados –el Joker, Cruella de Vil, Harley Quinn–, malvados que de niños sufrieron y ahora “dicen su verdad”. Y últimamente, lo que algunos llaman el carnaval cínico, emparentado con lo cosplay que lee muy bien Luis García. ¿Qué está pasando ahí? Quizás haya que aprender de esta inversión, pero todavía estamos desorientados, tratando de entender la gramática cultural de la época. Desde mi punto de vista estamos en un camino, no necesariamente ante un abismo, sino en un camino con peligros, donde la puesta en escena del riesgo total es parte del juego del poder. Hay personajes que resultan atractivos cuanto más malos son, porque tocan una zona de la sensibilidad cotidiana disponible para ese encuentro. -En una entrevista que te hicieron en el programa de streaming Los osos de Grafton dijiste que, justamente, lo que no hay en las visiones de Musk, Altman y empresarios similares, es un mundo. ¿Podrías ampliarla un poco? -¿Quiénes son ellos? Pienso en los multimillonarios e inversores de capital de riesgo ultraconservadores de Silicon Valley que respaldaron a JD Vance en la segunda presidencia de Trump: Peter Thiel, David Sacks, en cierta medida Alex Karp, Marc Andreessen, Ben Horowitz. No hay un único Silicon Valley: hay una pluralidad de transhumanismos, de tecnologismos, como decía Héctor Schmucler. Pero para el grupo detrás de esta presidencia, la IA es la tecnología de guerra que releva a la tecnología nuclear en el complejo militar industrial. Es un grupo supremacista, extremadamente belicoso, que cree que su misión es civilizatoria y que de algún modo hay que “purificar” el mundo. En la imagen que se publicita de esto que algunos llaman la quinta revolución industrial reaparece la destrucción creativa de Schumpeter. Pero la IA es una manifestación muy dudosa de esa idea: centraliza la innovación “desde arriba” y pone en riesgo no solo los empleos duros, que la mecanización finalmente alivia, sino también los roles creativos, ejecutivos, de cuello blanco. Por el momento acelera tareas rutinarias, pero también ejerce una destrucción extractiva y propone resultados de mala calidad: la destrucción está menos creativa que nunca. Y en particular para nosotros en la Argentina, porque estamos alineados con un proceso en el cual la interlocución nos dice, con todas las letras, que somos el recurso de otros. Ahí tenemos una posición para tomar, y herramientas políticas, científicas y culturales para tomarla. En cuanto a la imagen de mundo por la que me preguntabas: una imagen de mundo consistiría en que, además de destruir lo existente y decir “nosotros vamos a ganar”, estas personas dijeran qué van a hacer cuando ganen. Lo que dicen es: “Me voy a Marte”, “Tengo un búnker”, “Ya no será necesario trabajar, porque habrá una asignación universal”. Y uno se pregunta: ¿quién la asignaría, si desinstitucionalizan todas las instancias intermedias? Es claro que no les interesan las personas concretas. Lo que tienen en mente es una foto, una donde ellos ganan todo. Pero un mundo es otra cosa: en un mundo hay formas de vida, hay sentido, hay personas que trabajan, que estudian, que descansan, que hacen arte. ¿Dónde está el vínculo de todo ese enorme poder con la belleza, con la producción de futuro para las nuevas generaciones? No está. Sencillamente no existe. -En relación a la soberanía tecnológica, ¿cómo plantearla en este momento? -Depende de las escalas en las que sitúes el análisi
Fuente: La Nación