Al alumno de Bianchi no lo intimidan las estrellas ni la estatua del presidente: Boca disfruta del “aburrido” Arruabarrena

Carlos Bianchi repartió un manual sin necesidad de imprimirlo antes. Cada frase, cada advertencia, cada recomendación paternal están incluidas en el catálogo de exdirigidos que hoy dirigen. De los treinta técnicos de primera división, cinco integraron equipos suyos. Varios ganaron todo, alguno lo conoció en sus inicios, otro casi no pudo jugar; todos quedaron marcados.Guillermo Barros Schelotto recuerda, entre tantas, que le prometió larga continuidad en el equipo antes incluso de que debutara. A Martín Palermo le quedó para siempre que, cuando fallaba un gol, le decía que había sido sólo uno. Y que, para convertir, supiera que todos valen uno. Mauricio Pellegrino suele rescatar la idea de que el fútbol tiene su costado democrático cuando los once de cada lado se disponen a empezar el encuentro, más allá de los presupuestos y sueldos; luego, está en cada equipo llevar el juego a su conveniencia. Después de haberlo sentido cerca durante una larga lesión, Alfredo Berti sabe de la importancia de acompañar al suplente. En Boca, la misión de actualizar los conceptos corre a cargo de Rodolfo Arruabarrena. El Vasco apuesta a lo simple. Nunca dejará el título grandilocuente. Alguna vez se describió aburrido. Aunque en esta etapa, seguramente más liberado, se permite mostrarse espontáneo. Su equipo tiene chances en todas las competencias que empezó: tabla anual, Clausura, Copa Argentina, Sudamericana. Nada que una frase bianchista no pueda dimensionar: “Lo importante no es la foto del principio sino la del final”, dicen sus jugadores que les repite. No hace falta el mejor recurso literario para motivar. A la distancia, Bianchi observa. Desde hace tiempo prefiere vivir alejado de los medios. Salvo circunstancias puntuales, no se ha expresado en público. Pero sabe que sus discípulos crecieron. Que todos aquellos pelean campeonatos. Que uno, precisamente el Vasco, enfrentará en una final continental a su yerno, Eduardo Domínguez, técnico de Atlético Mineiro. La elección de no prestarse a entrevistas, igualmente, no le quita la cordialidad. Y ante la consulta de LA NACION sobre el Arruabarrena entrenador, el que incorporó su manual, deja una respuesta escueta pero descriptiva: “Es profesional, respetuoso e inteligente”.La mesura del técnico de Boca para no todavía no sentirse ganador fue determinante en la semana. Cuando Leandro Paredes parecía haberse recuperado en tiempo récord y quería jugar de entrada en el Maracaná, le hizo entender que el año no terminaba el miércoles. Que luego habría más partidos por jugar (y más importantes). La opinión de Paredes, como la de Angel Di María en Central o también Nicolás Otamendi en River, puede llegar a tornarse más importante que la del técnico. Pero este es el que planifica. El futbolista piensa en el corto plazo, el entrenador debe mirar más allá. Ya había sido clave una decisión suya apenas Juan Román Riquelme decidió llamarlo para ofrecerle el cargo. Arruabarrena hizo lo que no habían hecho los anteriores: decidió prescindir de Edinson Cavani y Ander Herrera. La trayectoria importa, pero más interesan la actualidad y la posibilidad de dejar un mensaje. Si hubiese mantenido a dos jugadores que no podían completar un partido, no habría podido elevar la vara de la exigencia. El ejemplo baja desde los más experimentados.Alineados los grandes, se puede disciplinar más fácil a los chicos, que notan que no hay excepciones. Así fue como esta semana reprendió a Leonel Flores por haber subido a sus redes sociales, luego de la clasificación, un montaje en el que rompía un escudo de Vasco da Gama (en respuesta a Thiago Mendes, que luego del encuentro de ida había hecho lo mismo con el de Boca). Arruabarrena habló y Flores lo borró. El ejemplo de Gustavo Costas en Racing sirvió para saber cuánto se puede fortalecer el sentido de pertenencia desde el banco. Sin semejante fanatismo, el Vasco está en ese camino. Reconoció que realizó las arengas en los partidos en Brasil “como técnico y como hincha”. Y que a veces se hace un costado porque se siente emocionado. Es el primero en saber la necesidad de consagrarse en un club que, en los últimos cuatro años, sólo sumó la Supercopa Argentina ganándole a Patronato, ya entonces en la B Nacional.En lo futbolístico se ve su mano, obvio. El equipo asume el protagonismo con naturalidad, y sorteó la ausencia de Tomás Aranda y, a veces también, del propio Paredes. Desde Medio Oriente, donde pasó las seis anteriores etapas de su carrera, y desde España, donde vive cuando no trabaja, no sólo seguía la primera de Boca sino que estaba informado sobre las categorías juveniles. Por eso rápidamente confió en Leonel Flores, hace meses en quinta división y recientemente convocado a la selección mayor. Si había parecido apresurado su interés por un marcador central, lo que había coincidido con el bajón de los que tenía a disposición, lo corrigió con la promoción de Facundo Jagger Herrera, claramente una revelación. El valor de la experiencia es innegable. Considera que una victoria sólo debe ser parte de una cadena de varias y así habla luego. A la derrota, en cambio, la usa para pinchar al plantel. No tiene drama en criticar un rendimiento colectivo: “Así no vamos a ganar muchos partidos”, avisó después de eliminar a O’Higgins en Chile. También utilizó alguna conferencia para dejar constancia de que le había pedido más refuerzos al presidente del club. Tal vez sea el primer caso, en la gestión de Riquelme como dirigente que lleva siete años, de un técnico que no está intimidado ni por el lugar ni opacado por la personalidad del presidente.A Arruabarrena le pesaban viejos resultados de su primera etapa como entrenador en Boca. Las dos eliminaciones contra River en copas internacionales y un 0-4 ante San Lorenzo en la Supercopa en 2016 fueron su mochila de entonces. Será que allí entendió que hay que esperar para el análisis definitivo. O que su vida en el club le permite tener claro la necesidad de ganar a lo último. O que aprendió de Bianchi que siempre hay un triunfo más por lograr. Por lo que sea, sabe que no debe cantar victoria mientras tenga cuatro frentes abiertos. Mientras, acumula razones para el elogio. Cuando está todo por resolverse, el Vasco merece alguna coronación.

Fuente: La Nación Deportes