El valor de la palabra: A mitad de su vida, Enrique Erize tuvo que vender hasta el auto para honrar sus deudas, pero recuperó confianza hasta convertirse en el mejor analista del mercado de granos

Léase esta nota como una suerte de homenaje de Bichos de Campo al mejor analista del mercado de granos de la Argentina en momentos en que el hombre comienza a amagar con retirarse.
Antes de que su apellido se convirtiera en una referencia para interpretar el mercado de granos, Enrique Erize tuvo miedo de volver a presentarse frente a otros. Se había fundido a los 45 años, tenía tres hijos y había vendido su departamento, su casa en un country y hasta el auto para pagar las deudas. Luego de ello, logró conservar su buen nombre y el valor de su palabra, pero todavía debía descubrir cuánto valía eso para empezar de nuevo.
“Vendí todo, pagué todo y me quedé sin nada”, contó a Bichos de Campo el respetado analista. Ese al que los productores escuchan para decidir qué hacer con una cosecha, pero del que muchos seguramente desconocen esta historia.

En aquel quiebre de su vida, los abogados le habían planteado la posibilidad de presentarse en convocatoria de acreedores, para poder patear las deudas para más adelante. Pero Enrique eligió otro camino: desprenderse de casi todo su patrimonio para no perjudicar a quienes habían confiado en él.
“Poca gente sabe esta historia, pero ya que me preguntaste, te la cuento”, dijo. No la relató como una hazaña. Recordó, más bien, la inseguridad que le produjo regresar al ruedo después de semejante golpe. La preocupación por lo que pensarían los demás, por cómo recibirían a alguien que acababa de caerse.
“Al poco tiempo empecé a tomar confianza, la gente me empezó a respetar. Mucha gente conoce mi historia y hoy tengo el nombre ganado con sangre, sudor y lágrimas, literalmente”, afirmó.
Mirá la charla completa:

Para entender todo el recorrido de Erize hay que retroceder bastante más, hasta un bisabuelo que llegó de España en el siglo XIX, se subió a una carreta y avanzó hacia el oeste bonaerense. Enrique cuenta que podría haber frenado un poco antes, porque llegó casi hasta el límite con La Pampa. Allí fundó un pueblo que lleva el apellido familiar.
Así, en su memoria aparecen el ferrocarril, el almacén de ramos generales y el movimiento de una población ligada a los campos de los alrededores. Después llegaron las ventas, un incendio y el cierre del servicio ferroviario. Según recordó, en el pueblo de Erize, también conocido como Villa Castelar y ubicado en el partido de Puan, quedan apenas 18 habitantes.
Él nació en el campo y su familia conservó una explotación cercana hasta que una crisis obligó a venderla, hacia 1982. Para entonces, su vida ya lo había llevado a Buenos Aires y su formación había seguido un camino distinto del que algunos imaginan cuando lo escuchan hablar de los granos y sus precios: Enrique no es agrónomo sino licenciado en Administración.
El ingreso al negocio granario llegó de la mano de un tío vinculado a la dirigencia rural. Empezó trabajando en un acopio en Ameghino y después participó de otro en Lincoln. Más adelante armó una corredora propia. Fue en ese recorrido empresarial donde sufrió la caída que lo obligó a recomenzar.

La reconstrucción del hombre quedó ligada a otro nombre importante en la historia del análisis agrícola argentino: Daniel Miró, con quien fundó la consultora Nóvitas hace más de tres décadas.
Erize recuerda a su amigo como uno de los primeros analistas de mercados, un hombre que escribía muy bien y tenía capacidad para pensar lo que sucedía. Fue Miró quien se acercó con la propuesta de hacer un informe. Enrique lo respaldó y luego se sumó al trabajo.
El comienzo tuvo poco de sofisticación tecnológica y bastante de perseverancia: una oficina pequeña y un informe llamado AgroFax, que debía llegar a quienes necesitaban entender el mercado. “Terminábamos de hacer los fax a las dos de la mañana”, recordó.
Del otro lado había operadores, empresas y productores dispuestos a pagar por información y por una interpretación de lo que estaba pasando. Con el tiempo, algunos de esos vínculos se volvieron muy duraderos: Erize asegura que tienen clientes que los acompañan desde hace 30 años.
La muerte de Miró, a causa de un cáncer de pulmón, lo dejó al frente de la consultora y sin el socio con el que había construido esa etapa. Siguió con un equipo que fue incorporando gente joven y que hoy también representa la continuidad de la empresa.
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Porque avisa Erize que ya está pensando en aflojar. Durante la entrevista contó que redujo la cantidad de clientes que atiende personalmente y que imagina retirarse de esa primera línea en unos tres años. La transición, explicó, ya está en marcha.
Eso no significa que haya perdido la costumbre de estudiar. Los domingos, después del fútbol, se sienta frente a la computadora durante tres o cuatro horas. Lee, busca información y trata de entender asuntos que pueden parecer muy distantes de un campo en Argentina, pero que terminan influyendo sobre el precio de sus granos.
“Yo soy un estudioso”, se definió. Hablar inglés le permite leer diarios del exterior. Pero hay otra parte de su aprendizaje que exige salir de la oficina: viajar. Contó que realizó 23 viajes con Nóvitas por distintas regiones del mundo, varios de ellos acompañado por clientes productores.
China, India, Rusia, Ucrania, países del sudeste asiático, Zambia, Estados Unidos, Brasil y la Unión Europea forman parte de ese recorrido. El más reciente que mencionó fue a Australia. Lo hizo junto a 34 clientes. “Vamos a aprender, vamos a conocer, vamos a comparar”.
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En esos viajes busca ver cómo producen otros, qué consumen, qué necesitan y qué podrían demandar en el futuro. Una plantación de palma en Malasia o una conversación sobre alimentación en Asia pueden convertirse después en una pieza para interpretar las perspectivas del girasol o la soja nacional.
Ahora lo obsesiona la India, aunque su interés por ella se remonta a una visita en 1988, cuando integró una delegación empresarial que acompañó a Eduardo Angeloz, el entonces candidato presidencial que luego fuera derrotado por Carlos Menem. Erize participó en representación de la Bolsa de Cereales, de la que era vicepresidente. Aquel viaje también incluyó países árabes y le despertó preguntas que siguió trabajando durante décadas.
El principal interrogante era qué ocurriría con la alimentación de esas poblaciones a medida que mejoraran sus ingresos. Cómo cambiarían sus dietas y qué oportunidades podía abrir eso para un país productor de alimentos.
Hoy lo resume en una de sus apuestas de largo plazo: “India va a ser en los próximos 20 años lo que fue China en los últimos 20 años para la Argentina agrícola”. Es una proyección que fue construyendo con lecturas, viajes y observaciones, y que lo lleva a insistir en la necesidad de prestar atención a Asia y el Pacífico.

-¿No te pesa demasiado recomendar qué hacer con una producción que a otro le costó un año de trabajo? ¿No te da miedo equivocarte?
“Es una gran responsabilidad”, reconoció. Su respuesta consiste en explicar el oficio. Primero hay que identificar los factores que pueden incidir sobre los precios. Después viene algo más difícil: ponderar cuánto pesa cada uno y qué probabilidad tiene de ocurrir.
Una cosecha, una decisión de tasas de interés, una guerra o una negociación entre gobiernos pueden empujar los acontecimientos hacia direcciones distintas. El trabajo del analista consiste en reunir esas piezas y construir escenarios.
“No hay que ser muy inteligente para acertar escenarios de precios. Hay que tener mucha información, buena información y un poco de criterio”, sostiene.
Y agregó una dificultad que cualquier productor conoce: “Los mercados tienden a hacer lo que corresponde. El tema es cuándo”.

Ese criterio también aparece cuando habla de inteligencia artificial. Considera que puede afectar a distintas profesiones, pero cree que en su actividad seguirá siendo decisivo distinguir la información confiable y darle una interpretación adecuada.
Después de tantos años, su tarea tiene además una parte de docencia. Erize lleva un cuarto de siglo como profesor en una maestría de Agronegocios. Allí, como en las reuniones con productores, necesita transmitir asuntos complejos de una manera comprensible.
Tiene una recomendación sencilla para quienes pasan sus días en el campo: “El productor agropecuario tiene que entender que tiene que bajarse de la chata una vez por mes, una hora y media, y hablar de mercados”.
 
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Cuando mira hacia adelante, Enrique imagina un agro argentino con muchas posibilidades de crecer. Cree que el aporte de divisas de otras actividades puede aliviar la presión sobre el sector y que esto abriría espacio para reducir los derechos de exportación, las que denomina con corrección. No dice retenciones. Por eso ahora reclama infraestructura y condiciones para que la producción impulse trabajo y desarrollo en el interior.
Es el escenario que le gustaría ver después de una vida vinculada al campo y a sus mercados. Porque su propia historia ofrece una lección concreta de lo que significa pensar a largo plazo: aquel hombre que a los 45 años vendió hasta el auto pudo reconstruir su patrimonio, fundar una empresa, formar un equipo y hablar frente a otros con la seguridad de quien sabe que su palabra tiene valor.

Fuente: Bichos de Campo