Después de toda una carrera como forestal, Wilmar Díaz Perera se reinventó como huertero cerca de Virasoro, pero no le resulta fácil crecer

En el paraje Caabí Poi, al noroeste de provincia de Corrientes, a apenas 35 kilómetros de Virasoro, Wilmar Díaz Perera (52) reconoce no tener ningún título profesional pero se declara como un reconocido ‘forestal’, porque se inició a sus 17 años en el rubro maderero e hizo una carrera en importantes empresas, durante 24 años.
Comenzó como peón y luego se capacitó en la empresa Las Marías, por lo que con los años llegó a ser encargado general y supervisor de área. Hasta que en 2008 decidió dedicarse al trabajo independiente, agobiado por tantas responsabilidades que pesaban sobre sus espaldas, debido a que había llegado a tener dos campos y 60 obreros a su cargo.

“Hasta fui combatiente de incendios con brigadistas bajo mi dirección -recuerda, Wilmar-, y siempre tuve 90% a 95% de efectividad en las plantaciones -declara con orgullo-. Mis tareas fueron siempre hacer poda, control de hormigas, preparar los suelos para plantar eucaliptos y pinos, algunas gravileas que en esta zona se plantan mucho. Me compré una chata usada y un par de motosierras y empecé a hacer postes, tramas, planchones, tablas, puertas, portones, lo que me pidieran y todo yo solo. Mi señora es guapa y me ayuda cuando puede, porque tenemos varios hijos. Utilizo madera dura, eucalipto colorado, urunday, lapacho, que en esta zona de mucho pedregullo, cuando llueve mucho se ‘desarraigan’ fácilmente”.
Continúa Díaz: “En 2009 inicié una huerta con la ayuda de la intendente Betty Pintos, y de la ingeniera Gómez, que me cedieron media hectárea de tierra, a 50 metros de la Ruta 120 y a la altura del kilómetro 23. Me ayudaron mucho, incluso con herramientas y después fui pagando todo con mi producción. Pero me la tomé como un hobby. La atendía cuando podía. Y cuando no, se ensuciaba mucho, sobre todo con las lluvias. Es que nunca la tomé en serio, porque lo mío era lo forestal, aunque ahora me siento feliz de haberme quitado de encima tanta presión que sufría trabajando en importantes empresas”, reconoce.
“Pero en 2018 la vida me pasó factura -confiesa Wilmar- y tuve una operación a corazón abierto con 4 bypass. Estuve 2 años sin trabajar y me encontré con que no podía hacer otra cosa que la huerta, entonces le empecé a dedicar más tiempo. Aprovecho para contar que cuando me tuvieron que operar a corazón abierto, fue porque mientras creemos que comemos sano, en el campo, no es tan así. Cuando trabajaba en una estancia haciendo poste y trama, nos alimentábamos a asado gordo, reviro, tortas fritas, mucho pan.
Engordé, me subió el colesterol y se me taparon todas las arterias”, asume, arrepentido.

El correntino, sigue relatando su derrotero: “Con el tiempo pude volver a dedicarme un poco a lo forestal, pero como refuerzo de la huerta, para sumar unos pesos. Al diversificarme es como llevar los huevos en dos canastas, de modo que cuando la huerta no anda tan bien, me queda otro recurso. El problema es que a veces termino descuidando la huerta y se me ensucia mucho. Antes lo hacía a asada y pala, pero me ayudaron a comprar un motocultivador y me cambió la vida. El último temporal me fundió con mi huerta, porque no tengo cobertura de nylon, sino apenas media sombra”, explica.
Wilmar describe su huerta: “Tengo 67 canteros de 20 metros. Hago principalmente cebollita de verdeo y perejil, que es lo que más sale. En menor proporción, lechuga, acelga, remolacha, zanahoria, morrón, rúcula, repollo para consumo propio y vendo algo. En esta temporada algo de pepino y zapallito tronco. Gracias a Dios, vendo a mis vecinos y sobre la ruta, porque las verdulerías me pagan muy poco. Lo ideal sería llevar ‘puerta a puerta’ a una cartera de clientes en Virasoro, pero mi chata no me da para eso”.





Agrega, Díaz Perera: “Tengo una Ford F100 en un estado menos de medio pelo, pero con ella consigo traer mis abonos y mis maderas que elaboro en el monte. Justo se acaba de iniciar una huerta en la entrada de la ciudad, pero yo me aboco a competir con calidad, con productos frescos y agroecológicos, porque la gente está cansada de comprar mercadería común y marchita, amarilla, zapallitos de diez a quince días”.
Señala que no puede plantar papa, porque la tierra colorada de esa zona tiene mucho hierro, aluminio y no crece. Por este mismo motivo, tampoco mandioca, “porque suele quemarse en algunas
temporadas”, dice.

Cuenta el pequeño productor que tuvo muchos problemas con plagas. “En verano, la mosca blanca y el gusano te ‘funden’ la cebolla y la acelga. Entonces me puse a elaborar un plaguicida, fungicida y biofertilizante foliar que me resultó muy eficiente. Consiste en colocar 50 kilos de estiércol de ovejas en un tanque de 500 litros. Si no fuera fresco, se puede utilizar de varios días, ya seco. Echarle agua para que fermente, tres kilos de cenizas de leña, dos kilos de azúcar rubia o mascabo, medio kilo de levadura, cinco litros de leche líquida o 3 litros de leche en polvo”, detalla.
El correntino se emociona: “Estoy muy agradecido con el INTA por enseñarme este oficio que desconocía, si bien hoy puedo sumar mi experiencia. El ingeniero Gonzalo Dos Santos me acompañó durante ocho años. También Roque Gallardo y Pablo Peloni. Y Daniel Aguilera me asesora mucho, a la distancia, ya que es oriundo de Virasoro, pero reside en Buenos Aires. En el año de la seca, recibí mangueras para riego, de la institución católica Cáritas”, declara.
El hombre expone más de sus problemas: “En esta zona, si tenés la huerta sin cobertura, te avanzan unos arbustos, como yerba lanceta, parietaria y un tipo de acelga que es una plaga. Esta última, sobre todo te deteriora la cebolla y la lechuga, y no sirve ni para alimentar a los animales. Armé un pozo de 48000 litros de agua que cubrí con nylon, pero se pincha y necesito micromembrana de 800 micrones que me cuesta un millón y medio, más otro equivalente de mano de obra, y como no junto esa plata, voy a poner un nylon de 200 micrones a ver si aguanta”, sostiene.
Finaliza el productor: “Yo ya no estoy en condiciones físicas para prestar servicio a alguna de las grandes empresas que operan en esta zona, como lo hice durante muchos años, por lo que me queda seguir con mi huerta y mis postes. Si logro que el municipio me firme un comodato por mi huerta, voy a poder seguir invirtiendo en ella. Me gustaría cubrir mi huerta con nylon, porque mejoraría la calidad de mis verduras y además podría tener una producción más estable, ya que la lluvia te echa todo a perder, porque con ella te vienen las plagas y los hongos. Pero no llego a juntar 400.000 pesos para invertir. Estamos en la capital de la energía, pero por cada boleta de luz pagamos 178.000 pesos por mes- Y prefiero pasar un poquito de hambre, pero tener luz”, indica.
Wilmar Díaz Perera considera que no debe guardarse secretos de ninguno de sus conocimientos adquiridos, sino compartirlos para ayudar a los demás productores y a los nuevos, que vienen detrás. También eligió compartirnos el chamamé “Soy región”, de y por el Paí Julián Zini con su grupo Neike Chamigo.

 

Fuente: Bichos de Campo