Fernando Tornello, la voz de la Fórmula 1: “Si tuviera un auto bueno, Colapinto estaría ganando carreras”

Siempre le gustó leer, pero no sólo las revistas deportivas en su infancia en Palmira, tierra mendocina, cuando no tenía plata y el kioskero vecino se las prestaba para que pudiera estar al día con todo lo que pasaba en el mundo deportivo. A Fernando Tornello lo atraía básicamente la lectura. Toda clase de libros. Por lo que su paso por la escuela fue holgado, salvo por los dolores de cabeza que le ocasionaban las materias física y química. Pero geografía, historia, eran “fáciles”. Lo mismo que matemáticas: “Siempre fui rápido para los números”. La voz de Tornello es un clásico en las transmisiones automovilísticas por televisión. Un mundo con el que no soñaba de chico, cuando sí lo atraía particularmente el periodismo. La vida lo fue llevando por distintos caminos, incluida la de estar en el núcleo de organización de grandes premios de Fórmula 1. Nacido en Belgrano, pero desde los 7 instalado en Mendoza cuando sus padres, Pedro (mendocino) e Irma, decidieron mudarse allí, se convirtió en un referente de las distintas categorías del mundo motor, especialmente la Fórmula 1, su gran pasión. Viajes, anécdotas, amistades, amigos muy cercanos entre los protagonistas. La convicción de que “Franco Colapinto estaría ganando carreras si tuviera un buen auto”. Y el impacto que ocasiona una muerte inesperada como la de Ayrton Senna, “el mejor”, según su mirada.Hermano de Silvia, casado con Miriam y padre de Enrico y de Tamara, con dos nietos (Franquito e Indiana), Tornello, de 74 años, se sorprende por la manera cómo conecta con la gente. “La gente me reconoce más por la voz. Es impresionante. Me miran en la calle y no pasa nada, jaja. Cuando me escuchan hablar, se dan cuenta: ‘Vos sos el que transmite la Fórmula 1’, me dicen. Hace poco estaba en Chile, tomé un Uber y justo me llama un amigo. Cuando corté, el conductor me dice: ‘Perdón Fernando, no te había reconocido hasta que hablaste. Yo miro todas las carreras de Fórmula 1’. Ese tipo de cosas me pasan.Fanático de Independiente, de la época bien copera del Rojo, tiene una memoria prodigiosa. Es capaz de acordarse de la formación del primer partido que vio en una cancha: el que Independiente le ganó al Santos de Pelé. Un amistoso. Lo llamativo es que recuerda los 11 del equipo brasileño y los recita: “Gilmar; Mauro y Geraldinho; Ismael, Lima, que reemplazaba a Zito que estaba lesionado y era el titular y Joel; Dorval, Mengalvio, Coutinho, Pelé y Pepe. Fue el 1° de febrero de 1964. Ganamos 5 a 1. Santos era el campeón de América y del mundo. Ese fue mi debut en la cancha”.¿Cómo fue su nexo con el periodismo? “Leía El Gráfico, Goles, lo que me interesaba: automovilismo y fútbol. Me gustaba muchísimo el periodismo. Lo que yo soñaba era ser periodista. Después vinieron cosas mucho más grandes, todo lo que pasó en mi vida”. -¿Qué te gustaba del periodismo en sí? -Leía mucho: Juvenal, Vega Onesime, Cherquis Bialo. Tenía referentes y maestros que después terminaron siendo amigos míos, como Guillermo Blanco. Y en la radio escuchaba los partidos de Buenos Aires por Fioravanti. Paradojas de la vida, después terminé trabajando con él en el programa de Silvio Soldán en Radio Splendid. Era tocar el cielo con las manos. Los chicos de ahora no saben ni quién era Fioravanti, don Joaquín Carvallo Serantes, el número uno de los relatores. Una distinción, una elegancia para hablar.-¿En el colegio qué tipo de alumno eras? -Al leer muchísimo de chico, y toda clase de libros, el colegio nunca me resultó difícil. Sabía de geografía, de historia. Mis materias más flojas eran física y química. Matemáticas no, porque siempre fui rápido para los números. El profesor de geografía, cuando me tenía que tomar examen, me pedía disculpas por hacerme pasar, jajaja. ¡Sabía todo! Estudiaba los Atlas, jugaba con mi padre a reconocer las banderas de los países de todo el mundo, pero no las fáciles, ¿eh?. Las más difíciles. Después, el mismo ejercicio lo hice con mi hijo, Enrico, que también sabe un montón. -Estudiaste Derecho en algún momento.-Sí, la facultad en esos años era complicadísima. Desde los 17, trabajaba en una concesionaria FIAT, en Villa Martelli. Hacía toda la parte de entrega de autos, la papelería. Mi padre compraba autos ahí y los vendía en su agencia, en Palmira. Estaba de 8 a 18.30, tomaba el 67 y llegaba a las 19.30 a la facultad. ¡Y la mayoría de los días no había clases! Estaban el ERP, los montoneros. Tomaban las clases, sacaban al profesor y empezaban con la proclama política. Yo quería estudiar. Un día volví, le dije a mi madre “no voy más a la facultad” y se terminó. Ella me preguntó qué iba a hacer y le dije “voy a estudiar periodismo”. Enseguida me preguntó: “¿Y de eso vas a vivir?”. -Naciste en el 53, justo en la época de Fangio campeón…-Sí, pero yo no tenía idea de Juan Manuel. Empecé a ver automovilismo y a acercarme a la Fórmula 1 con Jackie Stewart, allá por 1973. No vi a Fangio, no vi a Jim Clark, pero a partir de Stewart para acá, sí, vi a todos. Obvio que conozco la historia de Juan Manuel y de Clark, porque era mi obligación y mi gusto conocer lo que había pasado. -Hiciste radio, hacés TV. ¿Cuál te gustó más?-La radio, por el encanto de que la gente se imagina las cosas, no las ve. Tenés que ser descriptivo, das un mundo para que cada uno se imagine una cosa a su modo. En la televisión no te queda nada mágico, misterioso. La TV es cruda en ese punto. Pero claro…Arranqué en el 84, con Héctor Acosta, en ATC, y no paré más. En rigor, empecé con Carlos Legnani en Campeones en el 76. Hacíamos una tira de lunes a viernes. Yo estaba estudiando en el Círculo de Periodistas Deportivos con Ernesto Testa, que 50 años después sigue siendo mi mejor amigo. Y en el tercer año me dice: “Legnani está necesitando gente para hacer un programa. ¿Qué te parece si vamos?”. Ahí dejé la concesionaria y arranqué con periodistas muy buenos. En 1980 llegó el programa Ruedas, durante seis años, en Radio Excelsior. Fue con lo que más me divertí en mi vida haciendo periodismo, con Ernesto Testa, Néstor Carbia, Héctor Miranda. Lo tuve que dejar porque con ATC viajábamos 42 fines de semana por año a transmitir carreras de todas las categorías. ¡Era una masacre! Llegaba destruido a fin de año.-¿Te gustaba esa vida? -Sí, en ese momento me gustó mucho, estaba haciendo periodismo y me gustaban los autos. Porque no llegué como piloto frustrado al periodismo: no sentía correr. Aquella vida, hoy, no la podría hacer.-¿Qué clase de conductor sos en la calle?-Manejo súper tranquilo. Es una locura la calle. No soy de pisar el acelerador. En alguna época, de joven, quizá sí, pero se me pasó enseguida. Por suerte no tuve graves accidentes ni nada. Es más, voy tranquilo, pensando en lo que tengo que hacer en los programas, repasando cosas que pasaron en esa carrera. -¿El auto más lindo que tuviste? -Mirá, la gente se ríe. Hasta hace poco tuve un Citroën C4 Lounge que me encantaba, lo amaba, y lo cambié después de ocho años. Ahora me compré un ByD, chino, una nave espacial. Pero cariño, cariño le tenía al C4 Lounge. Una vez vino un amigo que tenía una concesionaria y me dice “Llevate un Audi y me lo pagás como querés y cuando puedas”. Le agradecí y le expliqué: “Yo no puedo abrir el garage a las cuatro de la mañana cuando voy al canal y salir con un Audi”. Prefiero algo más tranquilo, low profile. -Hablando de autos y de manejar, tu primer viaje periodístico fue a Brasil en 1977.-Síiiii, fue una locura por dos cosas. Primero, porque fuimos en dos autos: 2400 kilómetros hasta San Pablo. Era una aventura, pensá que no fue con los autos de ahora y hablamos de hace 50 años. Ni recuerdo si tenían cinturones de seguridad. El otro motivo fue que la carrera la ganó Lole Reutemann. Debutar con una carrera de Fórmula 1 afuera y que gane Reutemann era de locos para nosotros. -¿Cuántas paradas hicieron para pernoctar?-Una, en Iguazú. Lo normal serían dos. La vuelta también fue en el auto, contentos por la victoria de Lole. Lo curioso es después hice muchísimos viajes a Brasil en auto con la Fórmula 2, con la F3 Sudamericana. Fui a Brasilia dos o tres veces: son 3000 kilómetros desde acá. También a Rio, a Curitiba, a San Pablo tres o cuatro veces. El avión era muy caro como para pagar cuatro o cinco pasajes y no había presupuesto. Además, disponíamos del coche para movernos allá. -¿Cómo lo conociste a Felipe McGough? -Él era periodista en Carburando y yo en Campeones, siempre hablábamos. Se fue a vivir a Inglaterra. Era corresponsal de una revista (Auto 2000) que teníamos con otros periodistas. Cuando volvió, empezamos a trabajar con la Fórmula 2 Codasur antes que se transformara en la F3 Sudamericana. Felipe hacía las relaciones públicas y yo la prensa. Un día nos ofrecieron ser los promotores de la categoría y nació la sociedad. Hasta organizar los grandes premios de Fórmula 1 de los años 90, transmitiendo por Telefe.-Organizar una carrera de Fórmula 1 debe ser algo muy especial. Cuando te lo dijeron por primera vez, ¿la respuesta fue un sí automático?-Sí, éramos dos locos que íbamos al frente. Todo lo que decían si lo podíamos hacer, lo hacíamos. Hoy te digo que jamás volvería a hacer una cosa como esa. Te absorbía las 24 horas. Te llamaban a las 3 de la mañana por un problema y tenías que irte para el autódromo. ¡Una locura! Y además lo hicimos con escasos recursos. La semana de la carrera teníamos trabajando 2000 personas en el autódromo. Pero la organización-organización, la hicimos con un grupo de gente mucho menor: de 12 a 15 personas que nos encargábamos de todo. Y es una organización desbordante, por todo lo que hay y todo lo que te exigen.-¿Cómo se traduce esa exigencia?-Un día vino Bernie Ecclestone, en marzo del 94, y nos dijo: “Hay que arrasar todo aquello”. Y nos señaló los boxes. ¡Arrasarlo, como hicieron ahora! Había que construir de nuevo. En medio de la construcción, se produjo un tema financiero grave: el efecto Tequila. Y el banco que nos financiaba, el de Marcos Gastaldi, se cayó. Teníamos el autódromo arr

Fuente: La Nación Deportes