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Psicólogos en pantalla: cómo el cine y las series retrataron el psicoanálisis
El consultorio cinematográfico tiene una escenografía reconocible: el sillón, la caja de pañuelos, el reloj de arena o en una pared que alguien mira de reojo. Un hombre o una mujer dice lo que calló durante años; del otro lado, alguien escucha con una libreta y una expresión impenetrable. Más que mostrar una terapia, esas escenas revelan qué piensa una sociedad sobre la confesión y sobre la posibilidad de cambiar hablando.Después de su estreno mundial en el Festival de San Sebastián, Lo dejamos acá, de Hernán Goldfrid, llega a Netflix esta semana. En ella, Ricardo Darín interpreta a un psicoanalista pragmático que pierde la fe en los métodos habituales y empieza a sobrepasar los límites con sus pacientes. La llegada de un escritor con bloqueo creativo, interpretado por Diego Peretti, altera ese equilibrio. El estreno invita a revisar otros títulos que se ocuparon de mostrar la rica y compleja relación de terapeuta-paciente a lo largo de los años.El cine y el psicoanálisis surgieron en la misma época: 1895 suele tomarse como año inaugural del cine, mientras que el psicoanálisis se desarrolló a partir de los trabajos de Freud de fines del siglo XIX. La relación entre ambos no fue sencilla. El productor Hans Neumann intentó involucrar a Freud en una película sobre psicoanálisis, pero no obtuvo respuesta. La bibliografía señala que Freud se opuso a que sus colaboradores participaran. Aun así, Karl Abraham y Hanns Sachs asesoraron Secretos de un alma (Geheimnisse einer Seele), de G. W. Pabst, estrenada en Berlín el 24 de marzo de 1926. Su protagonista es un químico que desarrolla un miedo paralizante a los cuchillos y teme hacerle daño a su esposa; un médico lo ayuda a vincular ese temor con un recuerdo infantil.Freud terminó convertido en personaje. Según el psicoanalista Eduardo Laso, autor de El ojo maravilloso (2017), fue recreado en más de veinte películas. Entre ellas están Freud (1962), de John Huston, con Montgomery Clift en el papel del fundador del psicoanálisis, y Un método peligroso (2011), de David Cronenberg, centrada en la relación entre Freud, Jung y Sabina Spielrein, paciente de Jung.En agosto de 1987, el psiquiatra Irving Schneider publicó en el American Journal of Psychiatry el artículo “The Theory and Practice of Movie Psychiatry” (la teoría y la práctica de la psicología del cine). Allí examinó la distancia entre la psiquiatría real y la profesión ficticia que el cine había construido, y ordenó sus figuras recurrentes en tres arquetipos: el Doctor Distraído, más disparatado o inepto que sus pacientes; el Doctor Malvado, diabólico y manipulador; y el Doctor Maravilloso, el terapeuta idealizado que salva a los demás. Schneider ya había estudiado la representación de la psiquiatría en el cine en un artículo de 1977, “Images of the Mind: Psychiatry in Commercial Film” (imágenes de la mente: la psiquiatría en el cine comercial"). En la segunda edición de Psychiatry and the Cinema (1999), Glen y Krin Gabbard catalogaron más de 450 películas con psiquiatras y analizaron la persistencia de esos estereotipos, aunque señalaron una excepción: la breve edad dorada de 1957 a 1963.La edad de oro tiene un antecedente espectacular en Cuéntame tu vida (Spellbound, 1945). Ingrid Bergman interpreta a la doctora Constance Peterson, una de las pocas mujeres del equipo de una clínica psiquiátrica de Vermont. Se enamora del nuevo director, interpretado por Gregory Peck, y descubre que es un impostor amnésico; a partir de ahí, se convierte en detective de sus sueños. El productor David O. Selznick, que había hecho análisis con May Romm, la contrató como asesora técnica. Salvador Dalí diseñó la secuencia onírica: la propuesta original era mucho más extensa, pero Selznick redujo el material filmado a unos dos minutos. Años después, Hitchcock le dijo a Truffaut en su célebre libro que la película era un policial disfrazado de seudo psicología.La película quedó como modelo del analista que resuelve un misterio interpretando un sueño. También fijó un patrón que los Gabbard señalaron: las psiquiatras cinematográficas rara vez llegan al final sin enamorarse de sus pacientes. En la propia película, el mentor de Constance formula lo siguiente: una mujer puede ser una gran psicoanalista hasta que se enamora; entonces pasa a ocupar el lugar de la paciente.El Doctor Malvado tiene un antecedente célebre en El gabinete del Doctor Caligari (1920). Después de la edad de oro, el panorama empeoró. Desde mediados de los años sesenta los psiquiatras aparecen a menudo como malvados, explotadores o agentes de una sociedad represiva. En Atrapado sin salida (One Flew Over the Cuckoo’s Nest, 1975), la enfermera Ratched sostiene su régimen con medicación y electroshock; la historia termina con una lobotomía.El silencio de los inocentes (1991) llevó esa figura al límite. Hannibal Lecter (Anthony Hopkins) es un psiquiatra brillante, caníbal y asesino serial. Su intercambio con Clarice Starling (Jodie Foster) funciona como una sesión pervertida: él ofrece pistas sobre el asesino a cambio de detalles íntimos de la vida de ella. Un año antes, Clive Barker había estrenado Nightbreed, en la que el psiquiatra Phillip Decker manipula a su paciente y lo lleva a creer que él mismo es un asesino serial. Decker es, en realidad, el asesino, y lo interpreta David Cronenberg, que veintiún años después dirigiría Un método peligroso. El diván se convierte en una trampa: lo que se confiesa puede usarse en contra del paciente.La rehabilitación del terapeuta empezó con Gente como uno (Ordinary People, 1980), ópera prima de Robert Redford como director y ganadora del Oscar a Mejor Película. Judd Hirsch interpreta al doctor Berger, el psiquiatra de un adolescente que vuelve a su casa después de una internación provocada por la muerte de su hermano. En busca del destino (Good Will Hunting, 1997) retoma esa figura: Robin Williams es Sean Maguire, el psicólogo que trata a un joven genio de Boston (Matt Damon) obligado a ir a terapia después de agredir a un policía. Williams ganó el Oscar a mejor actor de reparto; Damon y Ben Affleck, el de guion original. La escena más recordada es la de “No es tu culpa”, repetida como mantra hasta la apoteosis emocional.En la misma línea está Antwone Fisher (2002), debut de Denzel Washington como director. Washington también interpreta a un psiquiatra naval, que termina ocupando un lugar parecido al de un padre para un marino de carácter violento. El príncipe de las mareas (The Prince of Tides, 1991) presenta una variante menos ejemplar: Barbra Streisand dirige y actúa como Susan Lowenstein, la psiquiatra que trata a una mujer con antecedentes de intentos de suicidio y termina involucrada sentimentalmente con el hermano de su paciente. En estas películas, el terapeuta ayuda menos por una interpretación brillante que por su insistencia y su presencia.La comedia y el drama doméstico convirtieron el análisis en una rutina reconocible. En Annie Hall (1977), Alvy Singer lleva quince años en psicoanálisis. Woody Allen hizo del diván un motivo recurrente de su cine. En La otra mujer (Another Woman, 1988), Gena Rowlands interpreta a una escritora que alquila un departamento para trabajar y escucha, a través de un conducto de ventilación, las sesiones del consultorio vecino, en particular las de una paciente interpretada por Mia Farrow. Lo que oye la lleva a revisar su propia vida.Analízame (Analyze This, 1999), con Robert De Niro como un capo mafioso que sufre ataques de pánico y Billy Crystal como su psiquiatra, llegó a los cines en marzo, dos meses después del estreno de la serie The Sopranos, en HBO. Tony Soprano (el recordado James Gandolfini) empieza a tratarse con la doctora Jennifer Melfi (Lorraine Bracco) después de desmayarse, en parte, por la angustia que le provoca ver cómo una familia de patos abandona la pileta de su casa. En Frasier (1993-2004), Kelsey Grammer interpreta a un psiquiatra que aconseja a los oyentes en un programa de radio de Seattle mientras su vida personal se desordena. En ¡Qué tal, Bob! (What About Bob?, 1991), Bill Murray es un paciente con múltiples fobias que sigue a su psiquiatra, interpretado por Richard Dreyfuss, hasta las vacaciones familiares y termina por sacarlo de quicio.La palabra shrink ya dice bastante. Una de las primeras apariciones documentadas de head-shrinker con el sentido de “psicólogo” figura en la revista Time del 27 de noviembre de 1950, en una nota sobre el actor William Boyd; una aclaración la define como jerga de Hollywood. La columna World Wide Words vincula el término con la idea de que el psicólogo reduce los egos inflados de las estrellas. La forma abreviada, shrink, se popularizó en los Estados Unidos durante los años setenta. La industria que convirtió a los analistas en personajes también contribuyó a bautizarlos burlándose de ellos.Ir a terapia todavía arrastra cierto estigma en los Estados Unidos. La idea del individuo que “se forma solo” es parte del imaginario norteamericano; contarle los problemas a otro y pagarle para que escuche puede entrar en tensión con ese ideal.El policial y el cine de acción convirtieron esa desconfianza en una figura fija: el psicólogo como trámite que el héroe debe esquivar para seguir adelante. Skyfall (2012) lo muestra con claridad. James Bond (Daniel Craig) vuelve después de haber sido dado por muerto y debe someterse a pruebas físicas y psicológicas, entre ellas un test de asociación de palabras. La sesión se corta cuando el médico pronuncia “Skyfall” y Bond responde seco: “Listo”. Aunque no está en condiciones de servicio, M lo habilita de todos modos; más tarde, el villano le reprocha la decisión con los informes en la mano. El sistema necesita al héroe más de lo que el diagnóstico reclama. En Terminator 2, el psiquiatra Silberman mantiene internada a Sarah Connor, a quien nadie cree. En el género de acción, el analista es el que no entiende que hay que actuar.El patrón se repite. En Arma mortal (Lethal Weapon, 1987), la psicóloga Stephani
Fuente: La Nación