Cada 15 de octubre se celebra el Día Internacional de las Mujeres Rurales, una fecha que sirve para reconocer el trabajo que llevan a cabo en la producción agropecuaria de antaño, y a menudo invisibilizado, pero también para poner sobre la mesa las desigualdades que todavía enfrentan. Sobre todo, en la toma de decisiones y la conducción de las entidades sectoriales.
De eso sabe bastante Mariana Stegagnini, especialista en género y una de las fundadoras de la Asociación Civil Mujeres de la Ruralidad Argentina (MRA), que desde hace años viene estudiando las brechas entre varones y mujeres en el ámbito rural. En una entrevista con Bichos de Campo, durante el tercer Foro Internacional de Género y Ruralidad realizado recientemente en Mar del Plata, Stegagnini compartió algunos números que ayudan a entender por qué todavía queda tanto por hacer y dejó algunas definiciones interesantes sobre la mesa.
Stegagnini es autora de un informe sobre las brechas de género en la ruralidad argentina y actualmente trabaja en una actualización de esos diagnósticos. Son los trabajos que permiten que muchos de los problemas que las mujeres señalan desde hace tiempo, y que inicialmente surgían de sus propias experiencias, comiencen a encontrar respaldo en distintas estadísticas.
Entre ellos aparecen las dificultades para acceder a la propiedad de la tierra, al crédito y a mejores ingresos, pero también otras desigualdades menos visibles, como la distribución de las tareas domésticas, el cuidado de los hijos y adultos mayores, la informalidad laboral y la violencia de género.
Se estima que las mujeres representan apenas un 6% de los asalariados agrarios, aunque, aclara la especialista, los cierto es que siempre trabajaron prácticamente a la par dentro de los establecimientos, y han sido artífices de importantes cambios sociales y económicos dentro de la ruralidad. Lo que no tuvieron fue visibilidad.
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Al respecto, Stegagnini asegura que muchas veces sucede que la participación de las mujeres no es reconocida como un empleo propiamente dicho, sino que se las considera como aquellas que ayudan o colaboran con el productor. Esa falta de reconocimiento tiene también su correlato económico, porque es la informalidad las deja sin aportes jubilatorios ni protección social.
A esa desigualdad se suma otra particularidad de la vida rural: que la casa y el lugar de trabajo muchas veces son prácticamente lo mismo. La mujer puede estar atendiendo la huerta, cuidando animales, preparando la comida y ocupándose de los hijos, todo en una misma jornada.
Al respecto, la especialista citó una encuesta realizada en Mendoza, Santiago del Estero, Córdoba y Tucumán, que encontró que las mujeres rurales dedican, en promedio, más de 8 horas diarias a tareas no remuneradas. Una carga de trabajo que, según explicó, triplica o incluso supera la cantidad de horas que los varones destinan a esas mismas actividades.
Y a todo eso hay que agregar las dificultades propias de vivir lejos de los centros urbanos: caminos en mal estado, falta de conectividad, escasez de servicios de salud y una infraestructura insuficiente para las tareas de cuidado.
Mirá la entrevista completa:
Otro dato que destacan en el sector es que hay visibles dudas sobre el arraigo de las mujeres rurales y las posibilidades de desarrollar una actividad productiva en el campo. De hecho, el 83% de las productoras agropecuarias relevadas en el Censo Nacional Agropecuario de 2018 tenía más de 40 años.
Pero el debate excede ampliamente lo económico, y pone sobre la mesa una realidad muy compleja: la violencia de género en los territorios rurales. Según los registros de la Oficina de la Mujer de la Corte Suprema de Justicia, durante 2024 el 14% de los femicidios registrados en Argentina ocurrió en zonas rurales. En 2025 esa proporción fue del 12%.
“El femicidio es la punta del iceberg. Abajo hay violencia económica, violencia simbólica y violencia cultural”, explicó la especialista, respecto a muchas prácticas que aún permanecen naturalizadas.
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Las historias de mujeres rurales que luchan por un lugar en la producción configuran experiencias por demás valiosas y dispersas en todo el país. Basta con hurgar para encontrar siempre a una mujer que sostiene a su familia, a alguien que decidió apostar por el agro, o a quien incluso se anima a alzar la voz en los lugares donde se toman las decisiones.
Así y todo, aún subsiste la pregunta sobre cómo capitalizar cada uno de esos casos y cambiar finalmente el mapa de género en el sector. Y allí Stegagnini plantea una cuestión central: no alcanza con reunir a las mujeres para hablar de sus problemas si después no participan de las decisiones sobre el desarrollo agropecuario.
“¿Cómo se puede diseñar una política agraria sin tener a la mujer en el centro?”, se pregunta la especialista.
En ese sentido, Stegagnini señala que las necesidades de las mujeres rurales no deben ser tratadas como un asunto separado de las políticas productivas. Así como se discute el acceso al financiamiento, la asistencia técnica, la infraestructura y los programas de desarrollo territorial, cada debate debería contemplarlas desde el comienzo.
“No queremos una mesa de mujeres”, sostuvo. Y explicó el motivo: “La mesa de mujeres es un apéndice. Estamos en el centro sosteniendo la vida, sosteniendo los cuidados”.
También es a menudo invisibilizado el valor de las organizaciones y las redes comunitarias, herramientas donde se canalizan muchas de las desigualdades. Pero antes que espacios excluyentes, la especialista asegura que deben ser la base para construir comunidades en las que todos puedan vivir mejor, reconociendo las diferencias y los problemas que existen.
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Por eso, más allá de las celebraciones y los reconocimientos de cada 15 de octubre, Stegagnini insistió en que el desafío es bastante más profundo. Más que lograr que las mujeres rurales sean solamente homenajeadas por lo que hacen, por sus historias de vida o las experiencias “de color”, insisten en ser reconocidas como lo que son desde los inicios mismos de la producción agropecuaria: partícipes y protagonistas de la vida rural.
Agro & Campo
En el día de la mujer rural, Mariana Stegagnini le pone números a las desigualdades que persisten en el campo e insiste sobre la inclusión real: “No queremos una mesa de mujeres”
Fuente: Bichos de Campo