El observatorio con cabañas para ver el cielo de noche y en detalle

Algunos alcanzan a ver el cometa Halley dos veces en la vida. Inmenso y brillante aparece cada 76 años. La última vez que se dejó ver en nuestro cielo fue en 1986. Un año antes, Alberto Mansilla, un ingeniero tucumano amante de la astronomía decidió prepararse para verlo como Dios manda. Así nació el observatorio Ampimpa.Ubicado en el valle Calchaquí, a 154 kilómetros de San Miguel de Tucumán, el sitio ofrece pasar la noche en el lugar y sumarse a las diferentes observaciones para descubrir el universo que se despliega cuando cae el sol. Fue construido en tierras cedidas por la comunidad Amaicha con la idea de brindar fuentes de trabajo para sus integrantes y así sucedió.Ampimpa cuenta hoy con tres telescopios. Dos son reflectores con espejos y uno de tipo refractario con lentes y se usa para mirar el sol. Además, están los telescopios que se trasladan de un lado al otro del planeta porque el sitio organiza expediciones a diferentes lugares del país y del mundo.El observatorio se puede visitar de día para conocer las instalaciones, pero lo mejor es quedarse a dormir para sumarse a las observaciones nocturnas. Una serie de cabañas invitan a pasar la noche, un plan que se inicia un poco antes del atardecer y finaliza al día siguiente.Después de manejar tres horas desde la capital provincial, un poco antes de llegar a Amaicha de Valle, el observatorio aparece a un lado del camino.En el sendero de ingreso nos espera Francisco –Tato–Paz, biólogo y guía del lugar para iniciar una suerte de ruta didáctica que nos lleva desde el Big Bang hasta nuestros días.Una serie de paradas ilustradas jalonan el trayecto y relatan el desarrollo del universo. Las explicaciones de Tato hacen fácil lo difícil e intentan traducir las últimas investigaciones científicas en ideas simples de entender para el común de los mortales. Antes del Big Bang todo el universo estaba comprimido en un punto que llaman la Singularidad Inicial, infinitamente pequeño, infinitivamente denso, infinitamente caliente. Todas las posibilidades concentradas en un punto. No había tiempo, ni espacio, ni materia, ni energía: una idea difícil de asimilar. “Era una sopa de quarks que comenzó a expandirse hace 13.800 millones de años”, cuenta Tato. “El universo estaba en un estado cuántico por eso el proceso es complejo de comprender desde la física que nos rodea todo los días”, agrega.Desde entonces está en constante expansión. ¿Qué sucederá al llegar al punto crítico de expansión? Los científicos solo tienen hipótesis. Algunos apuestan al Big Crunch es decir el universo morirá al comprimirse nueva mente. Otros imaginaron la teoría del Big Bounce, una idea que sostiene que al llegar al límite de la expansión la dimensión espacio tiempo se romperá, se formará un bucle y el universo se reiniciará. Durante la visita aprendemos que los primeros tiempos del universo fueron oscuros. La luz recién apareció 380.000 años después del Big Bang cuando el universo se enfrió lo suficiente y los fotones (partículas portadoras de todas las formas de radiación electromagnética) quedaron libres y empezaron a viajar sin obstáculos.Para ver estrellas hubo que esperar 398 millones de años. De ahí en más surgieron el resto de los cuerpos celeste: planetas, asteroides, cometas… Tato nos cuenta que las galaxias más abundantes son las espiraladas como la nuestra, la Vía Láctea, en cuyo centro existe un agujero negro super masivo. Esa zona conocida como Sagitario A es una área muy energética y violenta donde es casi imposible que surjan planetas. “Nosotros estamos en el brazo de Orión, una región alejada de ese centro “, explica Tato.Con la tecnología actual es imposible ver la Vía Láctea desde afuera, pero si desde adentro, es la panorámica que obtenemos desde nuestra Tierra. “El nombre Vía Láctea proviene de una serie de nubes forman una franja blanquecina. Los griegos interpretaron que era el derrame de la leche materna de la diosa Hera cuando Heracles, su hijo, fue desterrado a la tierra”, nos explica. Pero esa es solo una visión cultural. Los aimara veían en la Vía Láctea un río cósmico; los Quilmes un camino sagrado por donde se llegaba a la vida y se partía de regreso con la lección aprendida. Cada pueblo tenía su interpretación del cielo nocturno.Estamos con las cadenas neuronales agotadas, tratando de guardar en nuestro cerebro toda la información nueva. Por suerte lo que viene es más fácil de entender desde la lógica de todos los días y tiene que ver con el desarrollo de la vida en la tierra, un proceso que también tiene su magia.Al final del recorrido necesitamos un descanso. La merienda nos espera con café y delicias dulces. No paramos de hablar de todo lo que acabamos de escuchar. Por las ventanas la noche cae sobre los cerros.Cielos nocturnosLa primera observación nos encuentra con el cielo un poco nublado, pero igualmente decidimos intentarlo. Nuestro guía abre la cúpula y coloca en posición el telescopio reflector (de espejos), especializado en objetos del espacio profundo, un instrumento que permite ver todos los astros por fuera del sistema solar. Es ideal para explorar las constelaciones.Antes tratamos de entender el cielo de esta noche. El puntero laser se enfoca en Alfa Centauri, un sistema binario dos estrellas que orbitan entre si con planetas alrededor. El grupo se distingue además porque muy cerca se observa una estrella enana roja, Próxima Centauri.Después nos detenemos en la constelación de la Cruz del Sur, grupo emblema de nuestro hemisferio que funcionó durante siglos como guía para los navegantes. Hay que recordar que los primeros mapas de la humanidad fueron celestes, luego aparecieron los terrestres.¿Cómo usaban los navegantes la Cruz del Sur para guiarse? “Muy fácil. Se toma el eje mayor y se prolonga en el cielo 4 veces y media, ese era el Polo Sur Celeste. Desde allí se baja un vertical hacia la tierra que indica el Polo Sur Terrestre”, cuenta Tato. La cultura tupi guaraní creía ver en la Cruz del Sur la pisada de un suri y en las dos estrellas próximas y brillantes (Alfa y Beta Centauri) los ojos de una llama. En el centro del cielo Tato apunta hacia las Tres Marías que forman parte del cinturón en la constelación de Orión. Después, aprendemos que los planetas aparecen en una zona del cielo conocida como la eclíptica, a hacia el norteA pesar de las nubes decidimos usar el telescopio para encontrarnos con Acrux un sistema binario a 325 años luz de la Tierra. Son Acrux A de color azul ocho veces más grande que el sol y Acrux B más pequeña, color amarillo pálido.Después apuntamos el telescopio hacia El Cúmulo del Joyero, a 6500 años luz de distancia, parece mentira, pero la luz que observamos hoy refiere a una época en que aún quedaban mamuts lanudos sobre la Tierra.El último regalo es Omega Centauri el cumulo globular más grande de la vía Láctea a 10.000 años luz de nuestro planeta. Las distancias son infinitas. La noche se enfría y tenemos hambre. En el comedor nos esperan con una cena calentita y sabrosa. Nos vamos a dormir, la idea es despertarnos a la madruga y ver si las nubes han desaparecido, si eso ocurre tendremos un gran regalo: Saturno.Las cabañas son simples, pero cómodas. Tienen dos cuartos y baño privado; aunque no hay calefacción tenemos mantas suficientes. Intentamos conciliar el sueño cuanto antes: hay que estar descansados por si la suerte nos acompaña. Nos dormimos con esa ilusión bajo la almohada.Son las 4.30 de la madrugada y nuestro guía golpea la puerta de la cabaña. Es una buena señal. Al salir comprobamos que el cielo está completamente despejado, un manto negrísimo atestado de estrellas. Nos abrigamos y vamos hacia el telescopio. Ahora el cielo es otroLa estrella Vega se distingue en la constelación de Lira. Altae brilla a más no poder como parte del grupo del Aguila, una imagen que nos viene de los mayas y fue aceptada a nivel internacional. El cumulo globular de 47 Tucanae y la Cruz del Norte que integra la constelación del Cisne.Finalmente, el gran tesoro de la noche, Saturno. A ojo desnudo se ve como un punto naranja. Está ubicado a una hora luz de la Tierra y es 9.5 veces más grande que nuestro planeta. Se trata de un gigante gaseoso con 256 lunas y siete anillos de hielo y roca, un detalle que lo convierte en una verdadera belleza para observar a través del telescopio. Nos tomamos un tiempo larga para observarlo, su visión es magnética, bella, muy bella. Regresamos a la cama para recuperar el sueño que llega rápido y colmado de múltiples imágenes nocturnas.Los secretos del solDespués del desayuno nos espera la última actividad, espiar el sol. Entonces, vamos hacia el sector donde se encuentra un telescopio especial para este tipo de observaciones. Solo el 10% de la energía solar llega a la tierra y apenas el 5 % se aprovecha, pero es suficiente para que la vida ocurra. La idea es usar un telescopio reflector para ver el amanecer proyectado sobre una placa, no se puede observar directamente porque nos lastimaría la vista. Luego, en un telescopio refractor Coronado, que cuenta con la protección adecuada en sus lentes, nos animamos a mirar la gran esfera luminosa. Distinguimos unos puntitos negros que parecen mínimos, pero superan con creces el tamaño de nuestro planeta tierra, son las manchas solares, zonas más frías con mucha actividad, una suerte de ojos de huracanes.A través del visor, el astro rey aparece como una mancha naranja. Su color verdadero es amarillo pálido pero los lentes protectores cambian esa tonalidad. En este momento estamos en el Máximo Solar, un período donde las explosiones aumentan y es posible ver una mayor actividad. A través del lente se observan unos filamentos, son las llamaradas solares. Con unos anteojitos especiales que nos dan en el lugar, salimos para mirarlo sin instrumentos. Es media mañana y el sol brilla como nunca en el valle Calchaquí.Datos útilesObservatorio Ampimpa La estadía en las cabañas con baño privado $150.000 por persona en base doble y $105.0000 los menores de 12 años. El valo

Fuente: La Nación