El viejo bastión de Lula frente a un nuevo Brasil: obreros bolsonaristas, apps y un electorado en transformación

SAN BERNARDO DEL CAMPO.– En el hall de entrada del Sindicato de Metalúrgicos del ABC de San Pablo, cuna política del presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, cuelga una pintura gigante del mandatario que reclama por su liberación, uno de los vestigios de los 580 días que el líder del Partido de los Trabajadores (PT) pasó en prisión por causas de corrupción.Fue precisamente desde este sindicato donde empezó a construirse una de las biografías más excepcionales de la política latinoamericana. Casi medio siglo después, el lugar todavía funciona como un poderoso símbolo para una campaña que busca resaltar el vínculo del actual presidente con sus orígenes gremiales.“El presidente tiene una relación casi umbilical con el sindicato. Por más que sea presidente de la República y tenga los problemas del país por resolver, nunca deja de mirar nuestros propios problemas, de intentar participar mínimamente, opinar, dar sugerencias, y nunca se niega tampoco a escuchar al sindicato”, dijo a LA NACION Wellington Damasceno, presidente del Sindicato de Metalúrgicos del ABC.Pero incluso dentro de estas paredes, donde nació el fenómeno político de Lula, la identificación entre trabajador, sindicato y voto de izquierda ya no es automática. Damasceno admite que entre los afiliados hay obreros que se declaran bolsonaristas y que participan activamente de la vida gremial.La paradoja resume uno de los desafíos que enfrenta Lula en las elecciones del próximo domingo. En un Brasil marcado por la transformación del mercado laboral, con el avance del trabajo por cuenta propia y de las plataformas digitales, y donde la promesa de flexibilidad muchas veces gana terreno frente a la estabilidad y los derechos laborales, resta por ver cuánto rédito electoral conserva aquella identidad obrera sobre la que construyó buena parte de su carrera.Su principal rival será, según anticipan las encuestas, Flavio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro y candidato del Partido Liberal (PL), con quien aparece en un escenario de empate técnico ante un eventual balotaje.“La trayectoria de Lula como obrero es fundamental para su mística política y para el discurso del PT sobre la necesidad de reindustrializar Brasil. Sin embargo, la realidad del país hoy es distinta”, advirtió a LA NACION Mauricio Santoro, politólogo y profesor de la Universidad del Estado de Río de Janeiro (UERJ).El obrero que cambió BrasilEl edificio de San Bernardo del Campo, en las afueras de la gran metrópolis brasileña, condensa buena parte de la historia política de Lula. Es el mismo donde en 2018 se atrincheró durante unas 48 horas antes de entregarse a la Justicia y desde cuyas ventanas saludó a las miles de personas que se habían congregado para apoyarlo.Su vínculo emocional e histórico con el gremio es innegable. En los años 70, con apenas 29 años, fue elegido presidente del sindicato y encabezó huelgas masivas contra la dictadura. Desde entonces, y a lo largo de siete campañas presidenciales —tres de ellas victoriosas—, buscó proyectar la imagen de un luchador obrero que, incluso desde los salones de la ONU, no olvida de dónde viene.En julio, cuando Damasceno asumió como máxima autoridad del sindicato, Lula estuvo presente. Según relató el dirigente, el presidente le hizo entonces una advertencia reveladora sobre el vínculo que mantiene con la organización. “Escuchá, somos amigos, pero vos sos el presidente del sindicato. Así que tenés que exigirme”, le dijo.La anécdota refleja la importancia simbólica y política que Lula sigue asignándole a sus raíces sindicales. Durante décadas, reivindicar ese origen le permitió construir una imagen de cercanía con los trabajadores y convertir su propia trayectoria, de obrero metalúrgico a presidente, en una pieza central de su identidad política.El apoyo institucional del sindicato continúa siendo claro. Damasceno describió los próximos comicios como una elección “entre dos caminos”: uno de diálogo y recuperación de conquistas sociales y otro, según su visión, de mayor precarización laboral.Pero el propio dirigente reconoce que respaldar al sindicato no significa necesariamente respaldar a Lula.Muchos afiliados se definen como “apolíticos”, mientras otros combinan la participación gremial con posiciones alejadas del PT.“Tenemos muchos trabajadores que, a veces, incluso se declaran bolsonaristas, pero están afiliados a un sindicato, participan en sus actividades y entienden su importancia. Del mismo modo, muchas veces hay trabajadores lulistas que no tienen clara la diferencia entre las reivindicaciones laborales, la acción sindical y las cuestiones electorales”, explicó.Según la última encuesta de Quaest, Lula cuenta con un 39% de intención de voto frente al 34% de Flavio Bolsonaro. Entre los metalúrgicos, Damasceno calcula que “quizás un 65% está más alineado con la agenda vinculada a Lula y un 35% con la oposición”.Los trabajadores que cambiaronLa pregunta es cuánto puede pesar hoy aquella identificación sindical en un país muy distinto del que vio nacer políticamente a Lula.“La industria representa hoy apenas el 10% del PBI brasileño, frente al 30% de la época en que Lula lideró sus grandes huelgas. Además, el sector se transformó profundamente, con el avance de la automatización, fábricas más pequeñas y con menos empleados, y el debilitamiento de los sindicatos. El agronegocio, por ejemplo, tiene actualmente un peso mucho mayor en el desarrollo nacional, sobre todo en las exportaciones”, explicó Santoro.No solo cambió la estructura productiva. También lo hizo la propia identidad de la clase trabajadora.“Las grandes fábricas y las movilizaciones obreras forman parte del pasado, frente a una realidad marcada por una clase trabajadora más fragmentada e inestable, sin afiliación sindical y con una mentalidad más individualista y conservadora”, sostuvo el politólogo.El fenómeno se refleja con claridad en los trabajadores de la llamada gig economy, entre ellos repartidores y conductores de aplicaciones, un universo con el que el PT, al igual que otros partidos de izquierda en distintos países, ha encontrado mayores dificultades para construir una identificación política.Los números ayudan a dimensionar el cambio. Brasil llega a las elecciones con una tasa de desempleo históricamente baja. En 2025 fue del 5,6%, la menor desde el inicio de la serie en 2012, mientras la población ocupada alcanzó un récord de 103 millones de personas.Pero, al mismo tiempo, 26,1 millones de brasileños trabajaban por cuenta propia, un 30,4% más que en 2012, y la informalidad todavía alcanzaba al 38,1% de los ocupados.La transformación es especialmente visible en las plataformas digitales. Según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), en 2025 unas dos millones de personas trabajaban mediante aplicaciones o plataformas de servicios, como actividad principal o secundaria. De ellas, 1,2 millones se dedicaban al transporte de pasajeros y 585.000 utilizaban aplicaciones de reparto de comida y otros productos.Sus condiciones también muestran una realidad laboral distinta de aquella que moldeó la carrera de Lula. En promedio, los trabajadores de plataformas cumplían jornadas semanales 5,4 horas más largas que el resto de los ocupados del sector privado, pese a percibir prácticamente el mismo ingreso mensual.Ese nuevo universo obliga al PT a disputar políticamente una categoría mucho más heterogénea que la del obrero industrial sindicalizado que dominaba el paisaje cuando Lula irrumpió en la escena nacional.Incluso una de las principales banderas laborales impulsadas durante su tercer mandato —la eliminación de la jornada de seis días semanales— debe interpelar ahora a trabajadores cuyas condiciones, vínculos laborales e incluso percepción de la autonomía y la flexibilidad son muy diferentes.Lula sigue volviendo al mismo sindicato y reivindicando la misma historia que lo convirtió en uno de los dirigentes más importantes de América Latina. El desafío es que, casi medio siglo después de sus grandes huelgas en San Bernardo del Campo, los trabajadores a los que busca representar ya no son los mismos.

Fuente: La Nación