El don del cuidado

Si no es una sopa especiada, es un vino cuidadosamente elegido, o varias plantas, atendidas con mimo durante días, que al final de la cena les regala a cada una de las asistentes. La conozco a Mariana Achaval desde que –años ochenta, guardapolvo blanco y penurias adolescentes– compartimos aula en el secundario. Desde hace ya unos cuantos años cada tanto nos reunimos, varias amigas de aquella misma época y aquella misma escuela, en las casas, a veces de una, a veces de otra. El viernes pasado tocó cena en lo de Mariana. Y volví, como el resto de las comensales, con una plantita que me acompaña ahora, mientras escribo.Mariana es talentosa, inquieta. Se forjó un camino como sommelier, condujo proyectos gastronómicos y hoy incursiona en las artes visuales. Hace un tiempo, en otra cena en su casa, hizo un gesto con las manos mientras explicaba algo relativo a la cocina. Recuerdo haberme detenido en ese gesto, en el que había una calidez, una sustancia y algo así como una precisión, que me costaban definir.El viernes, mientras describía el modo en que había enraizado las plantas que luego nos llevaríamos, hizo el mismo gesto. Y entendí. Más allá de su increíble creatividad y su capacidad para sostener emprendimientos, Mariana tiene el don del cuidado.Se habla mucho (al menos, se habló durante algún tiempo) de los cuidados, de la necesidad de políticas que los contemplen, de la zona de trabajo, desbordante e invisibilizada, que implican. Y está muy bien que se hable de eso. De hecho, estoy con quien lo haga y con quien se pronuncie por políticas serias que los contemplen.Recuerdo haberme detenido en ese gesto, en el que había una calidez, una sustancia y algo así como una precisión, que me costaban definirPero a lo que quiero referirme ahora es a una dimensión más sutil. Alguna vez, en este mismo espacio, mencioné al dramaturgo Ariel Barchilón, a quien conocí en su faceta de instructor de Tai Chi. Cuando encaraba la práctica, Ariel insistía en que había que entrenar la escucha. No la de los oídos, sino la de todo el cuerpo. No la del cuerpo como máquina orgánica, sino la del cuerpo como entidad sensible. Cada tanto Ariel nos llevaba a la Reserva Ecológica de la Costanera, para entrenar “escuchando” ese entorno. Me pregunto, ahora, si aquellos de quienes decimos que tienen “manitos verdes” lo que poseen, en realidad, es la capacidad de interactuar con ese universo de silencio en el que habitan las plantas. Las “escuchan” de un modo parecido al que Ariel nos proponía el seguimiento de las formas. Y quien escucha de ese modo, como quien acaricia a un animal dormido (¡hola, J.L Borges!), algo está cuidando. Algo que va más allá del mero trajinar de todos los días.La planta recién llegada está cerca de las que nacieron gracias a unas semillas que me regaló Cecilia Perkins. Cecilia vive junto a su marido, Juan Pablo Correa, en Zapiola. Él se ocupa de la Librería Mastronardi; ella, sangre inglesa por las venas y pies acostumbrados a la tierra criolla, hizo de su hogar un jardín. Bastante más que eso.La última vez que los visité, un domingo radiante después de semanas de lluvia, Cecilia hizo un gesto similar al de Mariana: calidez, sustancia, precisión. Me había estado mostrando unas flores sencillas y tremendamente hermosas que crecen, silvestres, en el campo. En su casa, las autóctonas se entremezclan con las europeas en un caos bastante premeditado. Caminábamos entre ellas cuando llegamos al flamante gallinero: “mis bebés”, sonrió Cecilia, que ya crio cuatro hijos y hoy vive en un lugar donde todo crece y se multiplica: plantas, perros, gatos, pollitos. Este sábado organizó un encuentro en la Biblioteca de la Estación de Zapiola, donde se intercambiaron semillas, gajos y secretos del mundo vegetal. No sé si es consciente del amor que irradia en cada cosa que hace. Tal vez el don del cuidado incluye no saber que se lo tiene.

Fuente: La Nación