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Los restaurantes donde los vecinos ya tienen su mesa, su plato y hasta su ritual: “Conocemos a alguien por su perro antes que por su nombre”
Hay restaurantes que, con el tiempo, se incorporan a la rutina del barrio. La mesa de siempre, el saludo al entrar, una familia que vuelve semana tras semana, el perro que ya conoce al equipo o el vecino que pasa aunque no vaya a sentarse son escenas que exceden la comida.Algunos nacieron explícitamente con vocación de cantina; otros fueron encontrando ese lugar a partir de la recurrencia, el trato con los vecinos o una atención capaz de reconocer a quien vuelve. Distintas cocinas y escalas enfrentan así una misma pregunta: cómo evolucionar sin perder aquello que las volvió reconocibles.Cuando volver se convierte en costumbre“A Coruña nació con una idea muy concreta: ser una cantina de barrio, de esas que forman parte de la vida cotidiana de una comunidad. Estamos en Versalles, un barrio con una identidad muy fuerte, donde todavía existe mucho ese espíritu de conocerse, saludarse y encontrarse”, cuentan Carolina Giuliani y Vanina Heredia, pareja y dueñas del restuarante.Por sus mesas pasan vecinos que están desde la apertura, familias, parejas, grupos de amigos y personas que llegan solas para comer en la barra. “Hay algo que se repite: la sensación de que no vienen solamente a ‘salir a comer’, sino a encontrarse.”La recurrencia también explica lo que ocurrió en Ostende. Juan Manuel Bidegain, socio del restaurante, vio cómo algunas visitas aisladas terminaron transformándose en hábito: “Hay gente que vino una vez, volvió, después trajo amigos y, con el tiempo, incorporó Ostende a su rutina”.Durante el día predomina un clima familiar; a la noche aparecen más parejas y grupos de amigos. Ese cambio acompaña la idea del lugar de recrear algo del espíritu de las vacaciones en la costa.En Saavedra, Del Río Cantina tiene otro ritmo. El mediodía reúne vecinos, familias y personas que trabajan por la zona; de noche, las mesas se alargan, aparecen los platos para compartir y gana terreno la sobremesa. Los fines de semana se suma el movimiento del Parque Saavedra.“Más que dejar de ser un restaurante para transformarse en otra cosa, Del Río fue convirtiéndose naturalmente en un punto de encuentro”, dice su socio Maxi Bartfeld. La referencia son las antiguas cantinas: platos abundantes, atención cercana, mesas compartidas y una atmósfera que invita a quedarse.Caras conocidas y rituales cotidianosUna mesa preferida, alguien que pasa solamente a saludar o chicos que llegaron por primera vez en cochecito y años después vuelven caminando. Jazmín Marturet, chef y dueña de MN Santa Inés, encuentra en esas escenas parte de la historia que el restaurante construyó en la Isla de La Paternal.Las mascotas incluso funcionan como una forma de reconocimiento: “Muchas veces conocemos a alguien por su perro antes que por su nombre. Sabemos cuál es el que siempre viene, cuál se sienta debajo de la mesa y cuál ya conoce a todo el equipo”.La relación alcanza también a personas que nunca se sentaron a comer allí. Vecinos que prestan una herramienta, saludan o simplemente se cruzan todos los días forman parte de esa red. “No somos un restaurante que está en un barrio, somos parte de ese barrio. Y eso no se construye con una campaña ni con una idea… se construye con los años, con las caras conocidas y con esos pequeños vínculos que aparecen sin que nadie los planifique", dice Marturet.Ronconcon encontró otra manera de trabajar esa cercanía. Al tratarse de una propuesta de cocina latinoamericana con un perfil particular, Emilio Bruno, bartender y propietario, considera que una parte importante del vínculo pasa por el servicio.El equipo intenta recordar qué trago o vino elige cada habitué, cuáles son sus platos favoritos o si come picante. “Como no somos un lugar clásico y tenemos una propuesta bastante particular, quizás la identidad barrial no pasa tanto por el producto, sino por la atención.”Crecer sin borrar lo que ya estabaEl local donde funciona Mondongo & Coliflor cumple 130 años en 2026. Esa historia pesa en la manera en que Cabito Massa Alcántara, chef y uno de sus dueños, piensa los cambios: “Nunca perdemos la identidad, es algo que nos preocupa y ocupa”. Cabito explica que la llegada de un público más joven abrió espacio para preparaciones como una pamplona o una trucha de cocción unilateral con puré de topinambur. Pero los guisos, la polenta con tuco y salchichita, las milanesas y otros clásicos siguen formando la base de la carta.En MN Santa Inés, crecimiento y barrio también resultan difíciles de separar. Marturet incluso plantea que no sabe si el restaurante habría sido el mismo en otro lugar. Mesas, platos, muebles y antigüedades conviven con elementos nuevos; las comandas todavía se toman a mano y la cocina conserva una dimensión artesanal.“No porque la tecnología sea mala, sino porque no todo tiene que ser más rápido, más automático o más eficiente. Hay cosas que pierden sentido cuando les sacás el tiempo y la persona que las hace”, afirma Marturet.A Coruña pone el límite en otro lugar. “Para nosotros crecer no significa dejar de ser de barrio. Al contrario: significa poder llevar más lejos lo que hace que este lugar tenga sentido.” Giuliani y Heredia señalan la atención personalizada, el vínculo con los vecinos y la informalidad como aspectos que no quieren perder.Algo parecido plantea Bidegain para Ostende. Mejorar la propuesta no debería modificar “la cercanía, la informalidad y esa sensación de estar en un lugar al que podés volver seguido y sentirte cómodo”.Del Río resume su posición alrededor de la mesa. Puede incorporar platos o recibir más gente, sostiene Bartfeld, pero sin abandonar una cocina reconocible y el trato cercano: “No buscamos seguir modas, sino evolucionar a partir de una identidad clara, ligada a Saavedra, a la cocina casera y al ritual de compartir”.Los platos y rincones que los representanA Coruña encuentra su síntesis en la tortilla de papa. “Porque una cantina española sin una buena tortilla es difícil de imaginar”, explican Giuliani y Heredia. Para ellas, el plato concentra una idea de cocina española, popular y sin demasiadas vueltas.Marturet primero elige un espacio: la cocina de Santa Inés, diseñada por ella y modificada con el tiempo según las necesidades del trabajo. Si la respuesta tiene que ser un plato, se queda con las sopas: “Hay cosas que no se pueden apurar, que necesitan fuego, reposo, atención. Una sopa puede ser algo muy sencillo, pero cuando está bien hecha tiene una profundidad enorme”.Massa Alcántara menciona la entraña con papas fritas, la milanesa napolitana, las empanadas fritas y las rabas entre los platos que mejor explican Mondongo & Coliflor. Pero hay otra imagen que prefiere: la mesa junto a la ventana, desde donde se ven pasar los autos mientras alguien espera al amigo que llega tarde con una copa de vino.En Ostende tampoco hace falta elegir una preparación. “Más que un plato o un rincón puntual, creo que es la mesa”, dice Bidegain. La comida, el encuentro y la música forman parte de la misma escena.Bartfeld se queda con la gran mesa del primer piso de Del Río, frente al ventanal. Allí coinciden familias, amigos y celebraciones. “La cantina no es solamente un lugar donde uno va a comer, sino un lugar donde uno se encuentra y comparte.”Para Ronconcon, en cambio, la respuesta está en la carta. “El ceviche es el plato que más recuerdan nuestros clientes, muchos vuelven por ese plato o vienen específicamente a probar ese”, señala Bruno.Una tortilla, una sopa, una mesa junto a una ventana o un ceviche. Cada lugar encuentra una forma diferente de condensar aquello que lo define. El resto se construye con el tiempo: volver, reconocer caras y convertir una comida en parte de una rutina.Direcciones e InstagramA Coruña: Irigoyen 1801, Versalles. Instagram: @acorunacantinaMN Santa Inés: Ávalos 360, La Paternal. Instagram: @mnsantainesMondongo & Coliflor: Del Barco Centenera 1698, Parque Chacabuco. Instagram: @mondongoycoliflorOstende: Virrey Loreto 3303, Colegiales. Instagram: @ostende_baDel Río Cantina: Av. García del Río 2957, Saavedra. Instagram: @delriocantinaRonconcon: Beauchef 527, Caballito. Instagram: @ronconcon.ba
Fuente: La Nación