Onganía, Milei y una bronca que no cesa

Cuando Miguel Cantilo egresó como bachiller del San Agustín, poco tardó en darse cuenta de que, fuera del colegio, el país era tanto o más rígido que adentro de las aulas. El “Partido Militar” atravesaba su quinta experiencia mandoneando a la República (después de los episodios castrenses de 1930, 1943, 1955 y 1962), con la democracia apagada (y todavía faltaba la más feroz de todas las dictaduras, la de 1976). Cuando Cantilo terminó el secundario gobernaba, sin que nadie lo hubiese elegido, el teniente general Juan Carlos Onganía. Y su intención era perpetuarse en el poder como lo hacía desde décadas atrás en España Francisco Franco. Al igual que el “generalísimo” dictador ibérico, Onganía soñaba con un país mojigato sin atrevimientos artísticos ni audacias culturales y calladito en el plano político. La represión estaba a la orden del día, tan es así que en la tira Mafalda, de Quino, se mencionaba por entonces al bastón policial como “el palito de abollar ideas”. Corría 1970 y el adolescente Cantilo hizo estallar toda su creatividad musical y poética en la Marcha de la bronca, un clásico del rock nacional que nunca perdió vigencia y que ayer recobró nuevo sentido cuando, con el consentimiento y la presencia del propio Cantilo, se apropiaron de su nombre para protestar contra el gobierno de Javier Milei. Sin alcanzar una masividad contundente, de todos modos, la movilización se hizo notar sin incidentes graves y con una cobertura intermitente por parte de las distintas señales de noticias. Myriam Bregman, la más mediática dirigente de la siempre mustia izquierda argentina, que ha trepado en los últimos tiempos significativamente en imagen positiva, impulsó, junto con Nicolás del Caño, la concentración que tuvo lugar ayer entre el Congreso y Plaza de Mayo, y a la que se fueron sumando distintas fuerzas políticas, sindicales, ambientales y feministas, no solo en la Capital Federal, sino también en otras ciudades de la Argentina. Sirvió de consigna para la convocatoria justamente el título del célebre tema compuesto por Cantilo y que convirtieron en un hit al cantarla él mismo con Jorge Durietz, cuando ambos conformaban el dúo artístico de Pedro y Pablo. Algunas de las frases de la canción afortunadamente envejecieron con el tiempo y ya no describen la realidad de hoy como, por ejemplo: “bronca porque está prohibido todo” o “bronca cuando quieren que me corte el pelo sin razón”. Entonces reflejaban la férrea censura que impedía la circulación de determinados libros o el estreno de ciertas películas por sus temáticas sexuales o políticas, o que se exhibieran mutiladas impidiendo que el público argentino pudiese ver sus partes más jugadas. También alude a la perversa manía de las fuerzas de seguridad de aquella época cuando en algunas redadas detenían a jóvenes y, antes de soltarlos, les cortaba de prepo el pelo o directamente los rapaba. Cantilo retrató, asimismo, esa brutalidad policial en Yo vivo en esta ciudad con una poética metáfora (“aunque guadañen mi pelo a la fuerza en un coiffeur de seccional”). Ninguna de esas dos situaciones, por suerte, suceden desde hace décadas, aunque subsisten lamentablemente otras, 57 años después de la creación del tema, que las describe con precisión, como “para los que toman lo que es nuestro con el guante de disimular”. Y “bronca porque roba el asaltante, pero también roba el gobernante”. Sería mejor que una canción concebida para repudiar a un presidente de facto no sirviera para idéntico fin de ninguno de los mandatarios elegidos democráticamente a partir de 1983, desde Raúl Alfonsín a Javier Milei. Es que si no tenemos en claro que no puede haber punto de comparación aún con el gobierno elegido que consideremos peor con los regímenes de facto, terminamos banalizando los golpes militares y dando la peligrosa impresión de que nos da lo mismo unos que otros. Ni aun cuando se puedan encontrar ahora similitudes en algunas medidas económicas o de otro tipo de la gestión libertaria, es inadmisible la comparación directa con los gobiernos de facto. Aunque los que ahora mandan exhiban graves tendencias autoritarias en varios aspectos, imperan las instituciones y los otros dos poderes del Estado funcionan para morigerarlo. Y aunque el Presidente difame horriblemente al periodismo, los comunicadores siguen realizando críticas muy severas sin temor a perder la libertad o a desaparecer. También habrá que saber distinguir entre las manifestaciones pluripartidarias que suele haber por la desinversión en las universidades, los reclamos de los jubilados y por las partidas para los discapacitados y las intenciones solapadas de la izquierda radicalizada al montarse a reclamos genuinos que, sin duda, hay contra este gobierno para ya, sin disimulos, plantear la “huelga general”, el “plan de lucha”, las “asambleas en cada lugar de trabajo” o, como lo dice con todas las letras La Izquierda Diario: “Quedarse esperando el próximo turno electoral no resuelve nada”. Es comprensible ese razonamiento ya que los resultados que recogen de las urnas son sistemáticamente insignificantes para ellos y prefieren romper el sistema. Poniéndole el cartel de remate a la democracia (paradójicamente como lo hicieron los militares en el siglo pasado), la izquierda más recalcitrante disimula la búsqueda de otra vía. No empeoremos con un nuevo salto al vacío.

Fuente: La Nación