Ellos pasan, él sigue

La permanencia de Luis Barrionuevo durante casi medio siglo al frente del gremio gastronómico expone una de las grandes deudas de la democracia argentina: la falta de alternancia en buena parte de sus sindicatos.En una reciente exposición ante jóvenes estudiantes universitarios, Luis Barrionuevo quiso resumir su experiencia política con una frase. Al recordar a los numerosos presidentes argentinos que ha conocido durante su extensa trayectoria sindical, dijo, entre risas: “Ellos pasan y yo sigo conduciendo mi organización”.Tiene razón. Los presidentes pasan. Y está muy bien que así sea. Pasan porque la Constitución les fija un mandato y deben someterse periódicamente al voto ciudadano. Porque pueden ganar y pueden perder. Porque aun los gobernantes más populares saben que llegará un día en que deberán abandonar sus despachos y permitir que otros ocupen su lugar. Barrionuevo, en cambio, sigue. Y aquello que él exhibe como una demostración de fortaleza personal acaso constituya una de las mejores descripciones de una grave debilidad institucional argentina.Barrionuevo tiene 84 años y conduce el gremio gastronómico, que hoy incluye también a trabajadores del turismo y hoteleros (Uthgra) desde 1979. Durante ese período de 47 años la Argentina tuvo dictaduras y gobiernos democráticos, crisis económicas, hiperinflaciones, convertibilidad, defaults, recuperaciones y nuevas crisis. Cambiaron presidentes, ministros, gobernadores, legisladores, jueces y empresarios. Cambió el país. Él, en cambio, sigue. Y seguirá, porque a fines de 2025 fue nuevamente elegido secretario general del gremio hasta 2029. La lista que encabezaba se presentó sin oposición.No se trata de discutir o cuestionar el derecho de los afiliados a elegir a quien prefieran. El problema es otro. Cuando una misma persona permanece durante casi medio siglo al frente de una institución, la pregunta relevante deja de ser por qué sigue ganando elecciones. La pregunta pasa a ser qué características tiene un sistema en el que la alternancia se vuelve inexistente.La Ley de Asociaciones Sindicales dispone que los mandatos de sus autoridades no pueden exceder los cuatro años. Pero inmediatamente agrega que sus titulares tienen derecho a ser reelegidos, sin establecer un límite a esas reelecciones. La misma ley exige que los estatutos sindicales contengan un régimen electoral que asegure la democracia interna.La combinación merece ser revisada. Porque la democracia no consiste solamente en votar. Requiere también condiciones que permitan competir, controlar, cuestionar y eventualmente reemplazar a quienes ejercen el poder. Cuando durante décadas una conducción administra la organización, sus recursos, su estructura territorial y sus mecanismos internos, la mera existencia periódica de elecciones no basta para despejar la pregunta acerca de la verdadera posibilidad de alternancia.No es este, por cierto, un problema exclusivo de UTHGRA ni de Barrionuevo. Su caso refleja una característica mucho más extendida del sindicalismo argentino: dirigentes que permanecen durante décadas en los cargos, sucesiones cuidadosamente organizadas dentro de los mismos grupos de poder y estructuras en las que la renovación resulta extremadamente difícil.La alternancia no garantiza buenos dirigentes. Pero la imposibilidad práctica de la alternancia favorece inevitablemente la concentración del poder. Y el poder que no enfrenta la posibilidad real de ser perdido termina confundiendo con demasiada facilidad los intereses de la institución con los de quienes la conducen.Hay, además, una ironía difícil de ignorar en las declaraciones de Barrionuevo: frente a los estudiantes universitarios sostuvo que la Argentina necesita “un nuevo liderazgo capaz de generar esperanza y adhesión en la sociedad” y afirmó que la “formación y la renovación generacional es necesaria”.Tiene nuevamente razón. Lo curioso es que esa saludable necesidad de renovación parezca aplicable a la Presidencia de la Nación, a los partidos políticos y a las nuevas generaciones, pero no necesariamente a la conducción de su propio sindicato.¿Por qué la renovación es una virtud en la política y una amenaza en un sindicato? ¿Por qué cuatro u ocho años pueden parecer demasiado tiempo para un presidente y 47 no resultar excesivos para un dirigente gremial?La Argentina recuperó la democracia hace más de cuatro décadas. Desde entonces aprendió, no sin enormes dificultades, que nadie es dueño de los cargos públicos. Los presidentes entregan el poder. Los gobernadores pueden ser derrotados. Los legisladores pierden sus bancas. Los partidos que alguna vez parecieron invencibles dejan de serlo.Ese principio debería penetrar también en aquellas organizaciones que cumplen funciones esenciales en una sociedad democrática. No hace falta prohibir trayectorias prolongadas ni desconocer la voluntad de los afiliados. Pero sí parece razonable discutir límites a las reelecciones sucesivas, mayores garantías para las listas opositoras, mecanismos independientes de fiscalización electoral y exigencias más rigurosas de transparencia y rendición de cuentas. La democracia sindical no debería ser menos exigente que la democracia que los propios sindicatos reclaman para el país.Barrionuevo quiso hacer una broma sobre su longevidad política. Sin proponérselo, formuló una pregunta institucional. Los presidentes pasan porque deben pasar. Ésa no es una falla del sistema. Es una de sus virtudes. Una democracia no se mide por la capacidad de sus dirigentes para permanecer, sino por la capacidad de sus instituciones para reemplazarlos. Por eso los presidentes pasan. Lo preocupante es que él siga.

Fuente: La Nación