Teoría del derrame: tontería y realidad

La teoría del derrame no funciona porque el ingreso del jardinero es inferior al de los propietarios de las casas de los countries, que lo contratan. Para criticar una teoría, nada mejor que idear una versión ridícula, fácilmente rebatible. Como la que acabo de plantear.En la realidad existen tanto el derrame como la falta de derrame. Quien dude de esto, pregúntese si la cantidad de autos y la colecta de las iglesias en los pueblos rodeados de productores agropecuarios son independientes del volumen y el precio al que se vendió la cosecha. Pensar que hoy la minería, la energía y el agro no derraman “nada” es sencillamente no pensar. Basta recorrer algunas provincias para advertirlo.El derrame deriva del hecho de que los seres humanos somos diferentes frente a la asunción de los riesgos, las incertidumbres y las oportunidades. La muerte de Alberto Olmedo, ocurrida el 5 de marzo de 1988, les arruinó la carrera artística a un conjunto de personas que lo secundaban de manera admirable.No hay obligación de interactuar con un líder, sino conveniencia. Con todos los riesgos que ello implica; pero es que la vida es así. ¿Qué tal encargarle al Estado que intensifique el derrame que se da naturalmente? A propósito de esto, el economista norteamericano Arthur Melvin Okun acuñó la idea del “balde agujereado” para ilustrar el costo que genera que los funcionarios de turno se ocupen de quitarles algo a los más ricos para dárselo a los más pobres. En la Argentina, a la luz de la historia, más que de balde agujereado, yo hablaría de tomar sopa con tenedor. Pero no solo en la Argentina y no solo en el Estado: se ha calculado que, de lo recaudado en festivales organizados para recaudar fondos para ayudar a los necesitados, 80% queda en el camino y solo 20% llega a donde tiene que llegar.Más que ocuparnos de incentivar el derrame, deberíamos ocuparnos de dejar de complicarles la vida a los emprendedores para que destinen sus energías a fabricar bienes que los demandantes compren voluntariamente y no forzados por regulaciones, prohibiciones, etc. Si quiere deslumbrar a sus parientes y amigos con nomenclatura técnica, se trata de pasar de la ofertocracia a la demandocracia. Janos Kornai apuntaba que en Londres uno le decía al taxista a dónde quería ir, mientras que en Budapest le preguntaba a dónde iba; como imagen de lo que quiso representar, es perfecta.

Fuente: La Nación