András Schiff: de las obras a las que vuelve una y otra vez y su gran pena al “problema” del mal gusto

Hace tres años, en su visita anterior a Buenos Aires, András Schiff había dicho que cuando uno iba a un restaurante tenía que confiar en el chef porque él sabía mejor que nadie lo que había en la cocina, lo más fresco, la pesca del día. “En mi caso -agregaba- siempre habrá Bach, Haydn, Mozart, Beethoven, Schubert, Schumann, Mendelssohn o Brahms. A veces Janaček y Bartók. Rachmaninov: nunca.” El pianista estaba refiriéndose a que no había anunciado previamente qué piezas iba a tocar. Este lunes, invitado por el Mozarteum Argentino, volverá a tocar en el Teatro Colón, e igual que entonces decidió no anunciar el programa. Pero difícilmente haya un chef más confiable que él. Schiff es uno de los últimos, si no el último, pianista-artista; esto es: alguien que piensa su arte en un horizonte mayor que el de las teclas, aun cuando todo se resuelva finalmente ahí, en las teclas. Tal vez por eso, cuando se le pregunta si hay algún libro del que haya aprendido más música que del estudio mismo de la música, responde con Ensayo sobre el verdadero arte de tocar instrumentos de teclado, de C. P. E. Bach. En este sentido, parece alguien venido de otro tiempo, un tiempo más noble; parece vivir en la certidumbre tácita de que lo mejor ya pasó, aun cuando esté pasando ahora mismo, cuando él toca, por ejemplo. Schiff no ignora que incluso la lamentación podría resultar un poco anticuada; tampoco que los músicos de su época (los que él admiraba: Rudolf Serkin, George Malcolm, Annie Fischer) eran muy superiores a los actuales. ¿Por qué lo eran? Porque sabían lo que ahora ya no se sabe ¿Y qué es lo que habría que saber? Por ejemplo, que una sonata de Schubert es más frágil que una de Beethoven, que la forma schubertiana es más laxa, que corre por lo tanto el peligro de desintegrarse si no se sabe por dónde contenerla, y que es el ritmo lo que la vertebra. Podría sospecharse que cualquier pianista se daría cuenta de esto, pero no es lo que ocurre. Esa virtud se resume para Schiff en una palabra que él usó en su momento como atributo precisamente de Serkin: integridad.Esa integridad es lo que está detrás de la decisión de demorar la elección del programa hasta el último momento. Algo es seguro: habrá Bach, Haydn, Beethoven y Schubert. “Con esos compositores, las opciones son muchas -dice Schiff a LA NACION-. Y habrá también algún Mozart, claro está. Pero cuáles serán esas piezas, dependerá del piano, de la acústica. La del Teatro Colón es milagrosa... y también de mi estado de ánimo de ese día”.-Como sea, hay un cuerpo de piezas al que usted vuelve hace años. ¿Modificó radicalmente la ejecución de alguna, o hay alguna que toque ahora de manera muy diferente a como lo hacía veinte o treinta años atrás?-Diría que no radicalmente, sino más bien de manera natural. Como un buen vino, que necesita madurar, añejarse. Si usted abre una botella después de dos o tres años, puede ser un poco demasiado pronto, puede ser demasiado joven. Haber convivido mucho tiempo con una gran obra cambia la perspectiva que se tiene de ella: en lugar de ver cada hoja o cada rama, ahora se ve todo el árbol, o incluso el bosque entero.-Y a la vez fue aumentando su interés por los instrumentos y el repertorio antiguo. No sé si era algo que le interesara tanto desde joven. -Sí, fue creciendo considerablemente. Y logré reunir cantidad de información preciosa, realmente invalorable, que antes no se conseguía o cuya existencia yo ignoraba. -Tal vez por ese conocimiento nuevo, cambió también su idea del concierto. Lo que decíamos antes: eludir al pianista que toca lo que trae, en el Steinway de turno. ¿Le preocupa el futuro de los conciertos, no tanto que mueran sino que sobrevivan por razones sociales, mundanas?-Sí, la verdad es que me inquieta y me preocupa. La música clásica no va a desaparecer jamás y hay actualmente más conciertos y más público que nunca. Pero todo eso es cantidad, no calidad. Porque hoy la gente es mucho menos culta, menos educada y formada, y a la mayoría le faltan conocimientos. Hay además menos músicos amateurs, menos música en las casas y en los programas de estudio en las escuelas. Es una cuestión de educación. Y después está el problema del mal gusto. Hay tanto mal gusto en todas partes. Tenemos mucho que hacer.-¿Cuánto lo ayuda a usted en esto la literatura? En su visita anterior a Buenos Aires, hablamos de Stefan Zweig. ¿Hay otros autores a los que relea?-Zweig es una maravilla, sobre todo en El mundo de ayer. Describe ahí una Europa que se perdió definitivamente, que no volverá. Además, Thomas Mann, Los Buddenbrook y La montaña mágica. También Doktor Faustus. Y los grandes clásicos rusos, Gogol, Tolstoi, Dostoievski. Me emocionan muy íntimamente. Ojalá los políticos de hoy los leyeran para entender el alma rusa. -Después de décadas de tocar y de grabar, ¿se siente satisfecho musicalmente o tiene la impresión de que pudo hacer algo más?-Satisfecho no me siento nunca, pero sí profundamente agradecido. Lo único que lamento es no haber sido compositor. Un compositor es mucho más que un ejecutante. Un creador frente a un re-creador. ¡Qué pena no tener talento para eso! Para agendarConcierto de András Schiff (piano). Repertorio: obras de Bach, Mozart, Haydn, Beethoven y Shubert. Presenta: Mozaretum Argentino. Función: este lunes 14, a las 20, en el Teatro Colón.

Fuente: La Nación