León XIV y Francisco: diferentes, pero con una historia en común

La noticia de la visita de León XIV a la Argentina era esperada desde hacía tiempo y su confirmación produjo una alegría difícil de disimular. Entre el 8 y el 11 de noviembre, el Papa estará en Buenos Aires, Córdoba y Luján. Habrán pasado treinta y nueve años desde la última vez que un pontífice pisó suelo argentino. En nuestra historia, las visitas papales han coincidido con momentos especialmente significativos. Juan Pablo II llegó por primera vez en junio de 1982, en las dramáticas jornadas finales de la guerra de Malvinas, en una visita breve y atravesada por un mensaje de paz. Volvió en abril de 1987, en el marco de la segunda Jornada Mundial de la Juventud -la primera que se realizó fuera de Roma-, cuando la Argentina transitaba sus primeros años de democracia recuperada y buscaba consolidar una convivencia que había costado demasiado recuperar. León XIV encontrará otra Argentina. Somos una sociedad atravesada por debates profundos, dificultades sociales, transformaciones económicas, desencuentros políticos y una tendencia preocupante a convertir casi cualquier discusión pública en una disputa entre dos bandos irreconciliables. El arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, formuló recientemente una advertencia tan sencilla como importante: a la Argentina viene el sucesor de Pedro, no el sucesor de Francisco. La frase apunta, sobre todo, a evitar una comparación permanente entre dos hombres distintos, con personalidades, historias y estilos pastorales propios. León XIV no necesita parecerse a Francisco para que los argentinos lo recibamos con afecto. Tampoco deberíamos exigirle gestos o palabras destinados a resolver retrospectivamente las discusiones que nosotros mismos construimos alrededor del pontificado de Jorge Bergoglio. Pero reconocer esa diferencia no significa desconocer una historia compartida. Mucho antes de que uno fuera Francisco y el otro León XIV, Jorge Mario Bergoglio y Robert Prevost ya se habían encontrado. En agosto de 2004 compartieron una celebración en la parroquia San Agustín de Buenos Aires, cuando Bergoglio era arzobispo porteño y Prevost conducía como prior general a la Orden de San Agustín. Años después, convertido Bergoglio en Papa, aquella relación adquiriría otra dimensión. En 2014 Francisco designó a Prevost administrador apostólico de la diócesis de Chiclayo y luego obispo de esa diócesis peruana. A principios de 2023 lo convocó a Roma para confiarle una de las responsabilidades más delicadas del gobierno de la Iglesia, la conducción del Dicasterio para los Obispos, y meses después lo creó cardenal. No estamos, por lo tanto, ante dos historias desconectadas. Fue Francisco quien vio en aquel misionero agustino de larga experiencia latinoamericana a un pastor capaz de asumir responsabilidades cada vez mayores al servicio de la Iglesia universal. Hay entre ambos pontificados una continuidad que no debe buscarse en los gestos externos ni en una pretendida semejanza de carácter. Está, más profundamente, en una determinada comprensión de la Iglesia y de su presencia en el mundo. Francisco insistió durante doce años en una Iglesia que saliera al encuentro, que se acercara a las periferias, que pusiera especial atención en los pobres y los migrantes, que promoviera el diálogo entre religiones y culturas y que se animara a intervenir en las grandes discusiones de su tiempo desde la dignidad de cada persona y la fraternidad humana. León XIV ha comenzado a recorrer ese camino con un estilo propio. Desde el comienzo de su pontificado colocó la paz, la unidad y el diálogo entre sus preocupaciones centrales. La elección de su nombre contiene una definición: explicó que eligió llamarse León inspirado especialmente en León XIII, el Papa que, frente a las enormes transformaciones provocadas por la primera revolución industrial, publicó la encíclica Rerum Novarum y dio un impulso decisivo a la moderna Doctrina Social de la Iglesia. León XIV entiende que nuestro tiempo enfrenta una transformación de una magnitud semejante, particularmente por el desarrollo de la inteligencia artificial y sus consecuencias sobre el trabajo, las relaciones humanSu primera encíclica, Magnifica Humanitas, evidenció precisamente esa preocupación. No es solamente un documento sobre tecnología. Es una reflexión sobre algo mucho más importante: ¿qué significa seguir siendo humanos en una época en la que las herramientas creadas por el hombre comienzan a intervenir cada vez más en nuestras decisiones, nuestros vínculos, nuestra economía, nuestra información y hasta nuestros conflictos? Aquí aparece uno de los aspectos que pueden hacer especialmente valiosa su visita. Los argentinos solemos apropiarnos políticamente de las palabras. Nos resulta demasiado sencillo decidir que conceptos como justicia social, libertad, solidaridad, mercado, trabajo, igualdad, propiedad o bien común pertenecen a uno u otro sector. Probablemente intentemos hacer lo mismo con el Papa. Habrá quienes escuchen cada una de sus palabras buscando una aprobación y otros esperando descubrir una condena. Cada gesto podrá ser interpretado y cada frase podrá ser incorporada a alguna de nuestras interminables discusiones domésticas. Sería una oportunidad desperdiciada. La Doctrina Social de la Iglesia nos invita a mirar la realidad desde principios que muchas veces incomodan simultáneamente a posiciones políticas diferentes. La dignidad de la persona, la centralidad del trabajo, la solidaridad, la subsidiariedad, el destino universal de los bienes y la búsqueda del bien común no deberían transformarse en consignas partidarias. Son interrogantes dirigidos a toda la sociedad. Quizás ese sea uno de los grandes aportes que la visita de León XIV puede hacerle a la Argentina: recordarnos que no todo aquello que nos interpela necesita convertirse inmediatamente en una disputa. Existe, además, otra particularidad que hará especialmente interesante su mirada sobre nuestro país. León XIV conoce América Latina no solo por haberla estudiado o visitado, sino porque vivió durante largos años en ella. Fue misionero, sacerdote y obispo en Perú, y desarrolló allí una parte decisiva de su vida pastoral. Conoce sus comunidades, sus desigualdades, su religiosidad popular, sus conflictos y también esa extraordinaria capacidad latinoamericana de conservar esperanza aun en contextos difíciles. Ese conocimiento puede darle a su mensaje una cercanía particular. No llegará a América del Sur como quien descubre una realidad ajena, sino como alguien que ha sido parte de ella. Pero sería también un error reducir el viaje a sus posibles interpretaciones políticas, económicas o sociales. La visita de León XIV será, además de un acontecimiento histórico y antes que cualquier otra cosa, una visita pastoral. Viene a encontrarse con el Pueblo de Dios, a celebrar la fe, a rezar junto a los argentinos y a confirmar en la esperanza a una Iglesia que todavía extraña a Francisco. El verdadero desafío comenzará cuando el Papa deje nuestra tierra: lograr que sus palabras no se diluyan con la última ceremonia, sino que nos comprometan a construir una sociedad más humana, más fraterna y capaz de reconocerse en un destino común.

Fuente: La Nación