Milei, entre la esperanza y el hartazgo

La política es relativa. La inflación bajó cinco décimas en agosto comparada con julio. ¿Es suficiente para que Javier Milei recupere la simpatía social que había perdido? El actual reclamo social es más amplio que la inflación. Las sociedades son así: ninguna conquista nunca es la última conquista, aunque también debe decirse que la inflación conserva un nivel alto si se le confronta con la de cualquier país serio. ¿Elevará el repentino patriotismo del Presidente respecto de las islas Malvinas los números de su decaída imagen social? Imposible saberlo por ahora, porque ese brote nacionalista es muy reciente y los encuestadores dicen que las sociedades, sumergidas en sus propios problemas cotidianos, tardan en digerir las novedades políticas. De todos modos, es fácilmente perceptible para cualquiera que haya vivido aquí con los ojos abiertos que la reivindicación de las Malvinas constituye el único contrato histórico y unánime de la sociedad argentina. No es un tema que haya surgido por primera vez con Milei. Ni mucho menos. Además, ese despertar soberanista del jefe del Estado surgió espoleado por un par de declaraciones probablemente temporales de Donald Trump, quien, como es habitual en él, no demoró más que dos días en reconciliarse mediante una conversación telefónica con el primer ministro británico, Andy Burnham. Aquellas declaraciones, en las que adelantó que podría revisar la posición de teórica neutralidad de los Estados Unidos con respecto al archipiélago usurpado en el confín del Atlántico sur, las hizo cuando estaba muy distanciado de Burnham. Tal vez preparaba aquella conversación con el jefe del gobierno de Londres cuando dijo que podría volver a mirar la actitud de Washington. Podría hacerlo. Tal vez. Nunca dijo que lo haría. Ahora se ofreció como mediador; es neutral, entonces, como Washington dijo siempre que lo era. Trump es así: acaba de llegar al extremo de ofrecerles 5000 dólares a todos los norteamericanos mayores de edad si gana las elecciones legislativas del 3 de noviembre próximo. Ese “plan platita” electoral no lo hizo aquí tan francamente ni el peronismo (salvo el formoseño Gildo Insfrán, si es que lo hizo), a pesar de que el partido de Perón nació y creció gastando dinero del Estado para ganar elecciones. La enorme diferencia de la Argentina con los Estados Unidos es que allá existe la fortaleza de las instituciones; ni el Congreso norteamericano ni la justicia de ese país le permitirán a Trump cometer semejante aberración electoral. “Pero también exhibe a una sociedad norteamericana dormida como no lo estuvo nunca”, acota un experimentado observador de las oscilaciones de Washington y de los propios ciudadanos estadounidenses. Si bien es una prueba explícita de la actual debilidad política del líder republicano, también es un ejemplo de lo dispuesto que está Trump a cruzar cualquier frontera entre lo racional y la irracional. Milei estudia en esa escuela.El relato viene a cuento porque entre funcionarios mileístas comienza a despertar una preocupación que hasta hace poco no existía. Según varias encuestadoras, tal inquietud se explica en la diferencia que observan entre la imagen del Presidente y la imagen de la gestión. La diferencia fluctúa entre 5 y 10 puntos porcentuales a favor de la gestión y en contra de Milei. Esto es: la sociedad tiene una mejor opinión de la gestión del gobierno que de la del Presidente. En números redondos, la imagen del jefe del Estado se ubica entre 32 y 34 puntos, mientras la gestión ronda entre los 40 y los 42 puntos. Nunca, hasta ahora, los números de las encuestas le habían sido tan esquivos. Otra mala novedad consiste en que antes Milei podía caer en las encuestas pero ningún opositor crecía; ahora, Axel Kicillof, hijo político y antiguo discípulo de Cristina Kirchner, le está mordiendo los talones al Presidente. La renovación que representa Milei en varios aspectos de la vida pública, con cambios buenos y otros cuestionables, encontró su némesis nada menos que en un pasado que gobernó malamente durante 16 años. ¿Son las formas de Milei? ¿Solo ahora la sociedad descubrió que el Presidente aborrece explícitamente el respeto a las necesarias formas de la vida pública y, sobre todo, de la vida democrática? “No me importa lo que digan los sommeliers de las formas. A mí me importa el fondo”, repite. Conviene retener una información clave antes de seguir reflexionando. Hay un porcentaje importante de la sociedad argentina, el que valora la gestión, que detesta la sola idea de un regreso al pasado. Pero, ¿es solo eso? ¿O, acaso, podría cambiar y dejarse seducir por el pasado si la economía no se reactivara y la contracción del consumo continuara? Según las mediciones de opinión pública, hay otra constatación igualmente original: ese significativo porcentaje de la sociedad que valora la gestión quiere que el sacrificio que hizo por el inédito ajuste de Milei, y que está haciendo, termine en un lugar mejor que el país que vivió. Aborrecería que el sudor y el esfuerzo de estos últimos tres años concluyera en un final parecido a lo que ya sucedió. Esa es una novedad de relevancia, porque no ocurrió, entre otros ejemplos, con el gobierno de Mauricio Macri. El expresidente de Cambiemos comenzó su gestión presidencial promoviendo un cambio de los viejos paradigmas de la política argentina, que una mayoría social acompañó al principio hasta que se cansó de escuchar que se necesitaban nuevos esfuerzos; no quería, más que nada, que continuaran aumentando las tarifas de los servicios públicos. Es cierto que Cristina Kirchner tuvo la astucia de entregar un país en ruinas que no eran perceptibles para el argentino común cuando ella se fue. En cambio, el dueto Alberto Fernández-Sergio Massa le dejó a Milei una economía con los peores números desde las hiperinflaciones de Alfonsín y Menem. Milei, al revés, encontró una sociedad más dispuesta al sacrificio si el premio fuera, al final del camino, la definitiva renovación nacional. La economía es el principal problema político. Cuando la inflación comenzó a bajar con Milei, el jefe del gobierno tenía las mismas formas que ahora, pero sus encuestas eran generosas. Ahora, la falta de respeto y los insultos presidenciales tienen otro peso en la construcción de la opinión social porque los sectores decisivos que crecen en la economía argentina (agropecuario, petróleo, gas y minería) son los que crean solo el 20 por ciento de los puestos de trabajo. El 80 por ciento restante está en la industria más vinculada al mercado interno y al comercio que trasiega con esa producción industrial. En síntesis, si la economía estuviera creciendo al 7% anual, las encuestas de Milei serían mucho mejores. No es así. De hecho, el crecimiento acumulado entre 2024 y 2026 (tres años) podría ser de entre el 5% y el 6%, según el pronóstico de varios economistas. También una inflación anual del 30% empieza a ser poca cosa para muchos argentinos, aunque haya bajado considerablemente desde el 211,4% que dejaron Fernández y Massa. Milei les debe otra explicación a los argentinos preocupados por las cosas de vivir: ¿por qué la inflación acumulada en los primeros ocho meses de 2026 fue mayor que la de los primeros ocho meses de 2025 (19 % contra el 21% de este año)? Los votos que podrían juntar Pro, por un lado, y Villarruel, por el otro, serían suficientes para condenarlo a Milei a una segunda vuelta electoralCon todo, vale la pena reiterar que un porcentaje importante de los argentinos reclama continuidad de las políticas sensatas en lugar del regreso a la insensatez. Un analista del humor social suele decir que “la gente no está mirando la política; se está mirando a ella misma”. Quiere decir que está expectante a la espera de comprobar si su sacrificio sirvió o no. En ese paisaje de contradicciones, los funcionarios que conocen los vaivenes del humor social están preocupados porque ven huir la posibilidad de un triunfo en primera vuelta el año próximo. Una segunda vuelta de Milei lo enfrentaría al Presidente con un rejunte significativo de todas las variantes del peronismo, de todos los matices de la izquierda y de todos los argentinos cansados del sacrificio. Un exfuncionario de Macri asegura siempre que si la campaña electoral de la segunda vuelta de 2015, que lo enfrentó al expresidente con Daniel Scioli y con 12 años de kirchnerismo, hubiera durado una semana más, el candidato del entonces Cambiemos habría perdido el balotaje. Esa es la fragilidad de la opción no peronista en el país. O de la opción no populista. Es el riesgo actual de Milei si se miran elecciones que sucederán dentro de más de un año y que, por lo tanto, son impredecibles. Conviene, no obstante, analizar no solo los números actuales de la encuestas, que son cambiantes por su misma naturaleza, sino también la eventual evolución de la economía. Y ningún economista está presagiando hoy que en 2027 habrá una economía mucho mejor que la que se vive ahora. La propia sociedad intuye que no todo está asegurado: la demanda de dólares para atesorar sigue siendo muy alta; también se le suma la compra de dólares para viajar, pero este es un derecho y aquella es una precaución. Milei es Milei. El mismo día que dio el discurso sobre las Malvinas y pidió la unión nacional, pronunció otra arenga en Chile en la que vapuleó con ofensivas calificaciones a sus opositores. Así, la unión nacional es una idea absurda. La coalición con Pro es crucial en ese contexto de tanta fragilidad electoral. Las negociaciones no avanzan porque Macri instruyó a sus negociadores (Cristian Ritondo y Fernando de Andreis) que lo primero que deben acordar con el oficialismo es “blindar el cambio” y proponer un relanzamiento del gobierno. Karina Milei solo les ofrece por ahora cederles los tres distritos que Pro ya gobierna: la Capital Federal, Entre Ríos y Chubut. “¿Firmamos esa oferta”?, le preguntaron a Macri, y la respuesta fue breve y lacónica: “No”. Si Pro se quedara afuera de un acuerdo, deberá preverse también

Fuente: La Nación