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El “Dunkerque estadounidense”: la masiva e improvisada evacuación marítima del 11-S que salvó a miles
Cuando recordamos los atentados del 11 de septiembre de 2001, la imagen que se nos viene a la cabeza es siempre la misma: las Torres Gemelas ardiendo envueltas en humo, la gente corriendo por las calles de Manhattan cubierta de polvo, el cielo resplandeciente de Nueva York partido en dos. Es la foto que quedó grabada en la retina de millones de espectadores que lo vieron en vivo y directo por televisión hace 25 años. Pero hay una historia, entre muchas que se desarrollaron esa mañana, que casi nadie conoce, una que llamativamente no aparece en los documentales más famosos ni en las películas que se filmaron al respecto, y que sin embargo es tan increíble como la de cualquier drama bélico: la evacuación marítima de miles de personas del Lower Manhattan, un operativo que se generó de forma espontánea, sin planificación previa y sin órdenes militares, que terminó convirtiéndose en la evacuación por agua más grande de la historia de Estados Unidos. Tan grande que con el tiempo la empezaron a llamar “el Dunkerque estadounidense”.Para entender el apodo hay que remontarse a mayo de 1940, cuando en el marco de la Segunda Guerra Mundial cerca de 340.000 soldados aliados de diferentes nacionalidades (mayormente ingleses) quedaron acorralados por el legendario y efectivo Panzergruppe del general Ewald von Kleist y la infalible Luftwaffe de Hermann Göring en las playas de Dunkerque, al norte de Francia.Ante la inminente posibilidad de una masacre, el Reino Unido organizó una evacuación de emergencia con buques de guerra, pero también con una flota improvisada de barcos pesqueros, veleros y embarcaciones de recreo que cruzaron el Canal de la Mancha para sacar a los soldados de la trampa mortal en la que estaban metidos. Aquella operación, bautizada “Dinamo”, se convirtió en sinónimo de resistencia colectiva y de cómo la gente común podía torcer el rumbo de una tragedia.Sobre este evento el director Christopher Nolan estrenó en 2017 la exitosa película “Dunkerque”, nominada en ocho categorías a los premios Oscar y ganadora en tres rubros técnicos básicamente. Sesenta y un años después, y lógicamente salvando las distancias en torno al contexto, algo parecido ocurrió en Nueva York. Cuando las Torres Gemelas cayeron, cientos de miles de personas quedaron atrapadas en la punta sur de Manhattan. Los túneles habían sido cerrados, los subtes no funcionaban, los puentes estaban colapsados por la gente que huía a pie y, de golpe, todos se dieron cuenta de algo que los propios neoyorquinos suelen olvidar en el día a día: que Manhattan es una isla. Y una isla, cuando todos los caminos por tierra quedan cortados, solo se puede abandonar por agua.Ese 11 de septiembre a la mañana, la Guardia Costera de Estados Unidos lanzó por radio un pedido que quedaría en la historia marítima del país. Convocó a “todas las embarcaciones disponibles” (all available boats) para que se acercaran a la costa de Manhattan y ayudaran a sacar gente. No hubo un plan de contingencia preparado de antemano para algo así, no existía un protocolo escrito para una evacuación de esa magnitud. Lo que hubo fue una respuesta instintiva, casi coreografiada sin coreógrafo, de capitanes de ferrys, remolcadores, barcos de bomberos, lanchas de policía y embarcaciones turísticas que en cuestión de minutos empezaron a converger hacia el sur de la isla.Los números, cuando se los mira en perspectiva, son difíciles de creer. Según estimaciones que van de las 300.000 a las 500.000 personas, la cantidad de civiles rescatados por mar ese día seguro superó los 338.226 soldados aliados que fueron evacuados en los diez días que duró la operación Dinamo en Dunkerque. Es decir, en Nueva York, en cuestión de horas, se evacuó por agua a más gente que la que los aliados lograron evacuar en más de una semana en Francia. Así lo remarcó en su momento el propio comandante de la Guardia Costera, el almirante James Loy, quien señaló que la evacuación había movido a más personas fuera de la isla que la evacuación aliada de Francia en 1940. Y no fue el único funcionario que lo puso en esos términos, ya que ante la Comisión Nacional que investigó los atentados, el entonces secretario de Transporte, Norman Mineta, calificó lo sucedido como la evacuación marítima más grande en la historia de Estados Unidos.Se calcula que participaron más de 150 embarcaciones distintas y alrededor de 600 marinos, entre profesionales y voluntarios, trabajando en el ida y vuelta constante entre Manhattan, Nueva Jersey y Brooklyn durante el 11-S. Y todo eso, sacando a la gente de la zona de desastre en un lapso que ronda las nueve horas, según coinciden distintas fuentes que investigaron el episodio.De la misma forma que se registró en Dunkerque, lo que hace que esta historia sea tan especial y emotiva es que no la protagonizaron héroes de manual, con entrenamiento militar o preparación específica para catástrofes. La protagonizaron trabajadores y personas comunes que ese día estaban haciendo su rutina de siempre y que de un momento a otro se encontraron metidos en medio de una emergencia nacional sin que nadie les diera instrucciones.Capitanes de la naviera NY Waterway, tripulaciones de remolcadores comerciales, marineros de barcos escuela, empleados portuarios que en un momento normal jamás hubiesen estado al mando de una operación de rescate, todos terminaron sumándose de manera improvisada. Investigadores que después reconstruyeron el fenómeno confirmaron ese detalle central: se trató de gente sin entrenamiento formal en manejo de desastres que, sin embargo, logró coordinar una operación gigantesca, algo que contradice la suposición de que frente a una catástrofe se reacciona con desorden y cada uno corre por su propia vida. Acá pasó más bien lo contrario.La historia, lógicamente no quedó solo en la anécdota. Un tiempo después, dos investigadores del Centro de Investigación de Desastres de la Universidad de Delaware, James Kendra y Tricia Wachtendorf, se dedicaron a estudiar en profundidad este operativo. Entrevistaron a un centenar de participantes y cruzaron esos testimonios con archivos orales recopilados por la Guardia Costera y por el South Street Seaport Museum de Nueva York. El resultado de ese trabajo se plasmó en el libro “American Dunkirk: The Waterborne Evacuation of Manhattan on 9/11”, que terminó de instalar el paralelismo con la histórica evacuación europea y le dio nombre “oficial” al fenómeno: “El Dunkerque estadounidense” El libro no se queda solo en la crónica del día del atentado, también analiza qué se puede aprender de esa respuesta espontánea para pensar cómo se gestionan las crisis en general. La conclusión de los autores es que, lejos de necesitar siempre una planificación estatal rígida y de arriba hacia abajo, muchas veces la clave para sobrevivir a un desastre está en la capacidad popular de organizarse rápido, usando el conocimiento y las herramientas que ya tiene a mano, incluso sin que nadie se lo ordene.Además del libro, la historia llegó a un público mucho más masivo gracias a un corto documental llamado “Boatlift: An Untold Tale of 9/11 Resilience”, estrenado en 2011 para el décimo aniversario de los atentados y narrado por Tom Hanks. La película, dirigida por Eddie Rosenstein y que se puede ver en YouTube, dura apenas unos once minutos, pero logra algo que pocos materiales sobre el 11-S consiguen: contar una parte de esa tragedia que no está atravesada únicamente por el horror, sino también por la solidaridad.Uno de los testimonios es el de Vincent Ardolino, capitán de un barco de pesca llamado Amberjack. Ardolino contó que ese día, al ver desde la orilla cómo los ferrys empezaban a rescatar gente, pensó que él también podía usar su propia embarcación para lo mismo. Su mujer, cuentan quienes reconstruyeron la historia, estaba angustiada y no quería que se metiera en el medio del caos, pero él tenía clarísimo que “tenía que hacer lo que tenía que hacer”, que nunca quería tener que decir “debería haberlo hecho”, que si salvaba, aunque sea una persona, esa persona no iba a morir ese día. Una acción sin vueltas que terminó resumiendo el espíritu de cientos de tripulantes de esa mañana: personas que no calcularon riesgos, ni pidieron permiso y actuaron directamente.El documental se proyectó años después en el propio Memorial del 11-S, en un evento especial que incluyó un panel con un jefe de la División de Seguridad de la Guardia Costera, un ex jefe de ingenieros marinos del cuerpo de bomberos de Nueva York y un capitán de la naviera NY Waterway, todos ellos protagonistas de aquel operativo que compartieron anécdotas que iban de lo desgarrador a lo inesperadamente gracioso. Actualmente se proyecta en escuelas, empresas, iglesias y grupos comunitarios de todo el mundo.Por otra parte, en estos días y para conmemorar los 25 años, se está estrenando “Boatlift 9/11″ (2026). En este caso es un cortometraje ficcionado. Dirigido por Dale Fabrigar, cuenta con las actuaciones de Sofia Helin (The Bridge, Atlantic Crossing) y Preslea Elliott (Killers of the Flower Moon). Según describe la producción, el argumento gira en torno a la capitana Jan (Helin) y su hija Britt (Elliott) que están trabajando con su remolcador en el puerto de Nueva York y cuando ocurre el ataque terrorista se dirigen a Battery Park sabiendo que habrá sobrevivientes varados en el muelle. Pero cuando caen las torres, la zona se cubre de humo y ceniza tóxica, y en medio del caos Britt cae al agua, lo que obliga a Jan a tomar una decisión desgarradora entre buscarla o seguir salvando a los pasajeros que ya tiene a bordo. La película, que fue galardonada como el Mejor Corto de la Temporada (junio-julio 2026) en el Independent Shorts Awards International Film Festival, y avanzó con cinco nominaciones a los Annual Awards, se lanza también buscando visibilizar las consecuencias de salud a largo plazo que sufrieron muchos sobrevivientes del 11-S, como enfermedades respiratorias y distintos tipos de cáncer vinculados a la exposición pro
Fuente: La Nación