Ricardo Barreda, su escopeta y su permiso para cazar: “Una ráfaga de proyectiles de desconocidos que andaban cerca me pasaron zumbando el balero”

Mucho antes de que matara a escopetazos a su esposa, su suegra y sus hijas en su casa de La Plata y de que la Justicia lo condenara por aquella masacre, Ricardo Barreda ya tenía una historia de varias décadas con las armas. La había empezado a construir cuando era apenas un niño.Su padre, Felipe Alberto Barreda, era militar y fue quien le enseñó a defenderse y a manipular pistolas, revólveres y rifles. Aquella enseñanza, que pudo haber quedado limitada a una cuestión de disciplina familiar, terminó convirtiéndose en una de las grandes aficiones de la vida del futuro odontólogo.Primero fueron las armas. Después llegaron las salidas al campo, la caza, la pesca y el tiro. A los 16 años consiguió su primera escopeta y comenzó a recorrer distintos lugares de la provincia de Buenos Aires acompañado por amigos. Durante su adolescencia y juventud llegó a cazar de manera furtiva –ilegal- . Y otras muchas veces se dedicaba a pescar, especialmente en el río Salado.Con el tiempo, aquella actividad dejó de ser solamente una aventura de adolescente. Barreda desarrolló una verdadera familiaridad con las armas largas, aprendió a utilizarlas y también concurrió a polígonos de tiro.Décadas después, cuando ya era conocido por un motivo completamente diferente, hablaría de aquellos años con el periodista y actor Pablo Martí Krenz, quien terminaría siendo uno de sus hombres de mayor confianza y su biógrafo. Las conversaciones entre ambos permitieron reconstruir una parte de aquella historia que había comenzado mucho antes del domingo en que cuatro integrantes de su familia fueron asesinadas. Y entre los documentos que Barreda le entregó a Martí Krenz había uno particularmente significativo: un carnet que acreditaba que la relación del odontólogo con la caza había llegado incluso a tener reconocimiento oficial.Licencia para matar: N°116711El documento llevaba un número: 116711. Era su permiso de caza, otorgado el 25 de abril de 1967 por la Dirección de Conservación de la Fauna, dependiente del entonces Ministerio de Asuntos Agrarios de la provincia de Buenos Aires. Barreda por entonces tenía 31 años.La licencia no demostraba por sí sola todo lo que significaba la caza en su vida, pero sí aportaba una prueba concreta de que aquella afición que había comenzado en la adolescencia continuó durante su adultez.Martí Krenz conservó el documento porque había recibido numerosos papeles y objetos de Barreda durante los años en que se fue consolidando entre ellos una relación de confianza. El periodista, que acompañó a Barreda hasta sus últimos días, conocía de primera mano aquella faceta. En los encuentros, el odontólogo no hablaba de la caza como una actividad ocasional. La había convertido en una parte importante de su vida.Y cuando el biógrafo, quien tiene en su poder decenas de horas de entrevistas grabadas en video, quiso saber si alguna de aquellas excursiones había terminado en una situación peligrosa, Barreda recordó un episodio ocurrido durante una cacería nocturna. La respuesta fue breve y gráfica. “Sí, cazando de noche. Una ráfaga de proyectiles de desconocidos que andaban cerca me pasaron zumbando el balero”.El relato muestra también otra característica de su vínculo con las armas: Barreda estaba acostumbrado a ellas. Sabía manejarlas. Las había utilizado durante años. Y esa capacidad le generaba una sensación de seguridad. No se trataba únicamente de la escopeta que llevaba al campo para cazar. También había practicado tiro y conocía el funcionamiento a la perfección. Esa relación no desapareció cuando dejó atrás la juventud. Por el contrario, acompañó prácticamente toda su vida.De chico también a los tirosPara comprender aquella pasión hay que volver todavía más atrás. Barreda había crecido bajo la influencia de un padre militar que le transmitió desde pequeño conocimientos vinculados con la defensa personal y el manejo de armas. Esa enseñanza paterna se transformó en una habilidad que el hijo cultivaría durante décadas. A los 16 años ya tenía su propia escopeta. Era muy joven, pero comenzaba a recorrer campos con amigos y a internarse en lugares donde practicaba la caza. Así se fue formando una rutina que combinaba armas, animales y largas jornadas al aire libre. Así desarrolló una particular concepción de la caza.En una de las conversaciones con Martí Krenz, el periodista quiso saber si alguna vez le había provocado tristeza matar animales. La respuesta tuvo un matiz que llamó su atención. Le dijo que le daban pena algunos, los más chicos. Pero inmediatamente agregó una frase que sintetizaba su manera de entender aquella actividad: “Tenía muy buen ojo, donde apuntaba, pegaba”. La expresión no era casual. Para Barreda, la cacería implicaba precisión y efectividad. No concebía la salida al campo como un simple paseo con un arma al hombro. Había que conseguir el objetivo. Y él estaba orgulloso de saber hacerlo.La escopeta asesina, una historia familiarEntre las armas que tuvieron importancia en su vida hubo una que terminaría adquiriendo un significado particularmente oscuro. Era una Víctor Sarasqueta, una escopeta de origen español que Barreda había solicitado y que su suegra le había llevado desde España. La tenía en su casa. La conocía. Sabía utilizarla. Y fue esa arma la que tomó el 15 de noviembre de 1992. El hogar de la familia estaba ubicado en la calle 48 en La Plata. Barreda se encontraba en el patio y, según su propia reconstrucción posterior de aquella mañana, caminaba para ocuparse de las hojas de una parra. Entonces se encontró con Cecilia, su hija mayor, de 26 años, quien como él había estudiado odontología y ejercía la misma profesión.El encuentro fue breve. Pero, según Barreda, ella le hizo un comentario que interpretó como una nueva provocación. “Parece que Conchita se decidió a trabajar”. Era el apodo que, de acuerdo con el relato del dentista, usaban las mujeres de la familia para burlarse de él. Pero no contestó. Se quedó en silencio y siguió caminando.Fue hasta su habitación. Allí estaba la escopeta. La tomó y volvió sobre sus pasos. Lo que sucedió después duró apenas unos minutos y terminó con cuatro mujeres asesinadas. La primera víctima fue Gladys McDonald, su esposa: le disparó dos veces. Después apuntó contra Cecilia y efectuó otros tres disparos. La tercera víctima en sufrir dos impactos fue Adriana, su otra hija, a quien él consideraba su preferida. La última resultó Elena Arreche, madre de Gladys, suegra de Barreda.Luego modificó en sus declaraciones el orden en que las asesinó con la intención de especular y quedarse con la herencia de la casa familiar. Durante la instrucción policial y judicial afirmó que la última mujer a la que mató fue a su suegra, Elena. Pero durante las audiencias del juicio, años más tarde, modificó su relato y aseguró que la última en morir había sido una de sus hijas.¿Por qué hizo eso? Por la herencia. Si la suegra era la última, los derechos sucesorios hubieran pasado a los familiares directos de dicha mujer, dejándolo a él fuera del dominio del inmueble. En cambio, si una hija ocupaba ese lugar, el dentista se posicionaba como heredero directo dentro de la cadena sucesoria.El crimen produjo una conmoción inmediata. Barreda abandonó la vivienda y comenzó entonces otra etapa de la historia: la investigación, su detención, el proceso judicial, la condena a prisión perpetua y la reconstrucción de aquella mañana que lo terminaría llevando a prisión.Pero para entender la escena del 15 de noviembre no alcanzaba con observar únicamente las horas anteriores. Había que mirar para atrás. Hacia aquel adolescente que recibió su primera escopeta a los 16 años. Hacia el padre militar que le enseñó a manejar armas. Hacia los campos de la provincia de Buenos Aires, los días de cacería y el permiso oficial que obtuvo en 1967. Todo aquello formaba parte de una historia que había comenzado décadas antes.Del campo a la casaEn la biografía de Barreda existe una marcada particularidad: El arma que durante años había utilizado para cazar animales terminó siendo el instrumento con el que asesinó a su familia. No fue una pistola que apareció de improviso en aquella mañana desconocida para él. Era una escopeta que pertenecía a un universo que conocía desde la adolescencia. La sabía manipular, la utilizó durante años y la asociaba con una actividad que había aprendido, en parte, bajo la influencia de su padre. Y aquel conocimiento terminó teniendo un papel determinante el día en que decidió matar. Después de los disparos finales, ya no hubo caza, ni campo, ni presa. Sí una familia aniquilada.Barreda murió el 25 de mayo de 2020, a los 83 años, en la residencia geriátrica del Rosario, en José C. Paz. Para entonces habían pasado casi tres décadas desde la masacre que transformó para siempre su vida y la de sus familiares. Martí Krenz estuvo cerca de él hasta el final. Durante los años de conversaciones, Barreda le permitió acceder a recuerdos y documentos que ayudaron a reconstruir aspectos menos conocidos de su personalidad.Entre ellos estaba aquel permiso de caza de 1967. Un carnet burocrático, pero que permite establecer una línea temporal precisa: a los 31 años, Barreda ya llevaba más de una década ligado a la caza y al manejo de armas. La historia, sin embargo, había empezado mucho antes. En la infancia, con un padre militar que le enseñó a defenderse. Y continuado de adolescente, cuando tuvo su primera escopeta.Después llegaron los rifles, los fusiles, los polígonos, el permiso oficial de caza y aquella sensación de dominio que, según sus propios relatos, le transmitían las armas. El hombre que durante décadas había salido al campo para asegurarse de que la presa no escapara, convirtió aquel domingo su propio hogar en un escenario de muerte y tragedia.

Fuente: La Nación