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La isla del Caribe que combina playas de película y una colorida arquitectura
No sabemos si los curazoleños inventaron un color, pero si lo hicieran, podrían llamarlo turquesa Curaçao. Esa tonalidad se extiende a lo largo de las 40 playas repartidas en la costa sur de la isla. Aguas que ondean sobre un fondo de arena o rocas suaves; piscinas naturales con arrecifes de coral, tortugas, cardúmenes de peces y pelícanos flotando como señoras sentadas en una poltrona. Blue Curaçao es el trago emblemático. Se elabora macerando en alcohol la corteza de una variedad de naranja amarga, la laraha o naranja de Curaçao, la única que pudo desarrollarse después de que los españoles plantaran semillas de la jugosa y dulce naranja valenciana. La laraha, fruto pequeño y agrio, parecía poco prometedora y, sin embargo, sorprendió: su cáscara disecada al sol produce aceites y fragancias que se utilizan para el licor. Curaçao, Nación Azul, como suelen llamarla, es una isla de Sudamérica –puesto que no todo el Caribe está en Centroamérica– que se encuentra a unos 60 kilómetros al norte de la costa de Venezuela. Tiene una superficie de 444 km2 y está rodeada de un mar que va del celeste claro al verde azulado y profundo. Está en una zona privilegiada a la que no llegan huracanes y por eso recibe cada vez más turistas. Desde Buenos Aires hay vuelos diarios de Copa Airlines con escala en Panamá. Su bandera, azul oscuro con estrellas blancas y una franja amarilla, este año flameó de felicidad porque Curaçao jugó un Mundial por primera vez. Cas Abao, Kanepa Grandi, Piskado, Porto Marie, Kalki, Karakter y Forti son algunas de las playas a las que se llega por caminos bordeados de cactus, la vegetación que más se ve. Dependiendo del atractivo de cada playa, se observarán variaciones de una misma escena caribeña, encantadora y relajada: muchachas con anteojos negros, inmensos bolsos playeros y ojotas animal print; holandeses con copas de vino blanco; curazoleñas sorbiendo piña colada; francesas haciéndose selfies con un Blue Curaçao. Otros conversarán, leerán o se quedarán tendidos bajo un sol adormilado que enrojece la piel blanca y hace brillar la negra. Habrá barras para pedir tragos, reposeras cubiertas por toallas, palapas y sombrillas apuntando al cielo. Habrá escuelas de buceo y balsas mar adentro para tumbarse a flotar. Sobre el muelle, dos mujeres se pondrán máscaras transparentes sujetadas con anchos elásticos. Luego, darán zancadas con las patas de rana para tirarse al mar y hacer snorkel por el mundo turquesa. Curaçao invita a disfrutar sin apuro.Se trata de un país autónomo de unos 160.000 habitantes que, a su vez, forma parte del Reino de los Países Bajos, igual que Aruba (alrededor de 30 minutos de vuelo) y Bonaire, las tres islas conocidas como ABC. Willemstad es la capital, de arquitectura neerlandesa de estilo Ámsterdam, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1997. En esta zona histórica hay murales y casas de colores variados que resplandecen en los días de sol: si una casa es verde, la de al lado será naranja, rosa o celeste. Nunca hay dos casas juntas del mismo color. En Willemstad se encuentra el célebre puente flotante Reina Emma, que cruza la Bahía de Santa Ana y conecta Punda y Otrobanda, los barrios principales. Es célebre no solo por los arcos que brillan a lo largo de sus 167 metros por la noche, sino por su particular sistema de apertura. En lugar de levantarse, como la mayoría, gira de forma lateral sobre el agua gracias a dos motores diésel marinos con hélice, como los de los barcos. Aquí también es de rigor tomarse una foto en el Handelskade, histórico y pintoresco malecón que se ha convertido en la postal de la isla, ya que reúne un precioso conjunto de coloridas casitas del siglo XVIII. Un poco de historiaEl 30 de mayo de 1969, a causa de un estallido social conocido como Trinta di Mei, la capital Willemstad sufrió un incendio que destruyó decenas de fachadas y edificios. Una jornada que comenzó con el levantamiento de los trabajadores de la refinería Shell, hoy ausente de la isla, y sumó la voz de miles que se rebelaban contra la desigualdad racial y salarial entre trabajadores locales y holandeses. La consecuencia –más allá de las pérdidas materiales– fue la renuncia de las autoridades de aquel entonces y la revisión de los derechos laborales. Actualmente, esa fecha es un día conmemorativo para los curazoleños. Marcó un antes y un después en la historia local. En la actualidad, Curaçao es una de las islas más cosmopolitas del Caribe, donde conviven más de 50 nacionalidades diferentes. Las lenguas oficiales son el neerlandés, el inglés y el papiamento, una lengua criolla con base en el portugués e influencias del español, el holandés, el inglés, el arahuaco y diversas lenguas africanas. El papiamento fue utilizado por los primeros esclavos que llegaron al lugar y, en varios momentos de su entonación oral, se puede percibir la cadencia musical del portugués. Muchos de los habitantes, además de hablar su lengua materna, saben otros tres o cuatro idiomas. “Dushi” es la palabra que más se escucha. Así llaman tanto a un desconocido como a una hermana o a un amigo. “Gracias, Dushi”, “Hasta luego, Dushi”. También se usa para referirse a algo rico o dulce. No falta quien asegura que “dushi” es aquí una filosofía de vida. Un rosario de playas El turquesa que se ve en el mar de Curaçao es vibrante, intenso y, por momentos, fluorescente. Se extiende por las playas de toda la isla, apreciadas por cinco razones: el color, justamente; la serenidad del agua; la ausencia de sargazo (macroalga que invade varias playas del Caribe); la fauna marina y las aves. La oropéndola amarilla (yellow oriole) es una de las que más aparecen, junto con la paloma aliblanca (bare-eyed pigeon) y el tordo negro (carib grackle), que muchas veces merodean a la hora del desayuno, esperando la oportunidad para picar pedacitos de tostada o del huevo que humea en el plato. Los pelícanos pardos o buchones (brown pelican), en cambio, sobrevuelan el agua y caen en picada para sacar con su largo pico lo que pase por ahí. Son los reyes del mar Caribe. Se posan en postes y techos de paja, permanecen quietos largo rato hasta que abren las alas, un manto de plumas oscuras y livianas, y levantan vuelo de nuevo. En Playa Piskado se puede presenciar el festín de los pelícanos embuchando trozos de pescado que tiran al agua para atraer a enormes tortugas marinas. Es uno de los espectáculos que más disfrutan los turistas: tortugas verdes, de más de 80 kilos y caparazones de 90 centímetros, nadando cerca de la orilla y las aves atrapando presas al vuelo. Aquí también se puede andar en bicicletas acuáticas, llegar a las balsas o bordear las formaciones rocosas de la contigua Playa Forti. También es posible ver cómo algunos hacen clavados en “palito” desde una de las rocas más altas, al lado de Forti Restaurant, un lugar con gran vista panorámica.Playa Kalki es una de las tantas donde se puede hacer buceo. Desde el muelle de madera, los buceadores hacen el típico saltito con las piernas estiradas y abiertas, sosteniendo con las manos la máscara y el cable que les suministra oxígeno. En general, las zonas están delimitadas con boyas: de un lado, el muelle; del otro, balsas anaranjadas y modernas con bañistas arriba tomando sol. Kalki tiene un mirador y una piscina de formas ovaladas, en un primer piso, donde el agua al ras se funde con una vista infinita del mar Caribe. En Playa Marie muchas veces merodean chanchitos. Es una imagen exótica que se ha difundido bastante en redes sociales y, aunque no siempre se los puede ver, la gente va en busca de ellos y de la foto. Playa Karakter le hace honor al nombre. Casi no tiene arena, su costa es un cordón rocoso que conforma una piscina perfecta y natural, en la que se puede nadar, hacer snorkel o tomar tragos del restaurante del mismo nombre, ubicado en una de las riberas. Una playa con personalidad y atardeceres que apagan el turquesa del agua y hacen reverberar el horizonte. A la hora dorada, se encienden las guirnaldas de luces del restaurante Karakter, iluminando las mesas de los comensales que bajan a cenar en el primer turno de la noche.Klein Curaçao queda en una isla aparte y, para llegar, hay que tomarse un día, ya que el paseo o excursión comienza a las 8 de la mañana y termina a las 17, con exacta puntualidad holandesa. Es una isla bellísima y deshabitada, de 1,7 km2, a la que se arriba después de dos horas de navegación en catamaranes modernos que ofrecen un excelente servicio. A bordo se sirve desayuno y almuerzo buffet, hay barra de bebidas frescas, baño y un equipo de tripulantes a disposición. Los excursionistas no hacen otra cosa que mirar el paisaje, tomar sol en las redes de la proa y maravillarse cuando el catamarán se acerca a destino. Una vez que la embarcación se detiene, saltan al agua transparente o esperan a que los botes los trasladen a la costa abierta, de arena clara, donde sobrevuelan gaviotas. Además, este lugar tiene dos atractivos distintos: un faro abandonado, cuyas tonalidades rosadas resaltan sobre el paisaje verde y estepario, y la embarcación María Bianca Guidesman, un antiguo buque petrolero que encalló en la década de 1980, del otro lado de la costa, donde las olas rompen con vigor. Murales y callecitasLas caminatas por Willemstad son tan preciosas como un día de playa. Los colores están en toda la isla. Otrobanda, además de ofrecer una vista completa de la hilera de edificios rosas, amarillos, lilas, verdes y azules que recuerda a Ámsterdam, esconde calles con bellos ejemplos de street art de técnica sorprendente. Hay que caminar para encontrarlos: pájaros, flores, héroes, figuras geométricas, ojos de lechuza y mujeres de cabello naranja se despliegan en grandes dimensiones. Hay murales pintados por Francis Sling, uno de los artistas plásticos curazoleños más reconocidos. También hay esculturas: señoronas de bronce sentadas en un banco y la impactante, aunque algo escondida, Het Plezierhuis (La Casa del Placer), del artista Carlos Blaaker. L
Fuente: La Nación