General
La mudanza de una amiga al exterior la llevó a un viaje a Río que no imaginaba: “¿Qué hago acá sufriendo lejos?"
En marzo del 2022 la mejor amiga de Sharon decidió que se iría a vivir a Australia, entonces, ambas organizaron un viaje a modo de despedida a Isla Grande, en Río de Janeiro, Brasil. Nada muy grandilocuente: el plan era ir a Río, quedarse tres días en la isla, luego volver a Río y de ahí emprender el regreso a Capital Federal. Para Sharon era volver a la rutina. Ella nació en Chaco, a los tres años se fue a vivir a Buenos Aires y creyó que allí pasaría el resto de su vida, pero no sabía que cupido cambiaría los planes que ella ideaba en su cabeza. Un tiempo para disfrutar entre amigasEn definitiva eran unas vacaciones cortitas, una escapadita de esas que te hacen adelantar temas laborales, organizar tareas y cuando llegaron a Isla Grande, ese viernes, lo sintieron, estaban super cansadas, por lo tanto esa noche harían una simple caminata de bienvenida. El sábado, ya con energía recargada, aseguraron que esa noche irían a un bar que, habían escuchado, era el mejor de la isla con música de reggaetón y mucha onda. “Empezaba temprano para nosotras acostumbradas a la vida en Argentina en la que haces una previa super tarde. Aquí, antes de las diez ya tenías que estar en el barcito”, aclara Sharon. Aquel día pasearon en barco por diferentes lugares de la isla. Al llegar se bañaron, se prepararon y salieron a cenar. En aquel viaje querían regalarse esos momentos de amigas, de charla y disfrute, sabiendo que luego una gran distancia las separaría. El lugar elegido para la cena fue un restaurante frente al mar, pidieron algo para tomar y un ceviche que no parecía querer llegar a la mesa. El problema es que las chicas tenían todo calculado: era el único sábado en la isla y luego de cenar irían temprano al bar donde había música para bailar. “El ceviche tardó como una hora y cuando llegó era prácticamente todo cebolla con un pedacito de pescado”, recuerda Sharon. Aquel ceviche deseado resultó ser un plato caro de pura cebolla y por el que tuvieron que esperar una hora. Le explicaron la situación a la moza, quien les pidió perdón por lo sucedido, les aseguró que nunca le había pasado y, como las chicas estaban apuradas por irse, les dijo: “Esperen que les traigo algo, para que no se vayan con la panza vacía porque les va a hacer mal salir así”. Pero media hora después les entregó una panera con una salsita. “Es lo que nos traen a nosotros en Argentina de entrada y comimos un pedacito de pan, tomamos agua y nos fuimos cansadas y enojadas”, relata Sharon. El “hola chicas” con el que todo empezóSharon tenía los pies lastimados luego de tomar la mala decisión de recorrer Río de Janeiro en ojotas. “Ahí es todo playa, no hay autos, entonces es hermoso porque vas caminando por la playa al barcito, directo, pero en ese momento me dolían los pies y era un poco terrible”, recuerda. En una zona bastante oscura, las chicas apuradas, sabiendo que los sábados habría fila en el bar y no querían perderse de conocerlo, aceleraron el paso y se sumergieron en la oscuridad. A mitad de camino escucharon la voz de un hombre que las saludó: “Hola chicas”. Quien les hablaba, y ellas desconocían en ese momento, era Moisés, oriundo de Bahía del Nordeste de Brasil y que vivía hacía unos diez años en Isla Grande. “Moisés es negro, bien morocho, y en la oscuridad no se veía nada, entonces nos asustamos. Encima los brasileros hablan re fuerte, nosotras lo miramos mal porque veníamos de un mal día, apuradas y asustadas”, se ría Sharon al recordar. Le contestaron con un “Hola”, Moisés preguntó si iban a la fiesta, las chicas le dijeron que sí y él enseguida se dio cuenta de que no había mucha onda en sus respuestas y siguió caminando. Sharon y su amiga aprovecharon para ir caminando detrás de él. A su amiga le dio pena, se dio cuenta de que habían estado mala onda y encima se habían asustado cuando él parecía ser simpático. “Mira, claramente no sabe chamuyar, ¿dónde viste que le venga a hablar a dos chicas solas en medio de la oscuridad?“, respondió Sharon dejando entrever que Moisés no le había parecido acertado. Al llegar al bar la fila era larga, pero Moisés pasó por lado, se acercó al hombre de seguridad, lo saludó y entró. Sharon, dispuesta a no perderse la oportunidad se metió detrás de él, pero la frenaron. Ella explicó que se hospedaban al lado pero no importó. Les pareció que era desperdiciar el tiempo, para cuando lograran entrar la fiesta ya habría terminado. Entonces fueron directo al boliche de al lado donde todavía no había gente, y ahí se quedaron tranquilas tomando algo. A la una de la madrugada, al cerrar el bar la gente comenzó a entrar al boliche. La amiga de Sharon enseguida reconoció a Moisés. Cuando pasó cerca de ellas Sharon, que se había sentido culpable luego de lo que le hizo notar su amiga le dijo: “Che, discúlpame, te vimos en el camino pero nosotras veníamos de una seguidilla de cosas y encima no se veía nada y te hablamos mal”. Moisés aprovechó para empezar a hablar y, como buen brasilero, bailó toda la noche con ellas, las asistió con el cuidado de las caipiriñas y los celulares. Terminaron casi al amanecer y Moisés, que trabajaba como marinero en un barco llevando a los turistas de paseo, tenía que empezar a trabajar en pocas horas. Ofreció acompañarlas a su posada, pero como las chicas se hospedaban en el mismo lugar donde estaba el boliche, las invitó a López Méndez, la playa más linda de la isla. “Esto no me lo pueden rechazar, mañana voy a López, vengan que las invito, las llevo en el barco en el que trabajo”, propuso. López Méndez, la isla que las conquistó más que RíoLas chicas durmieron un poco, se bañaron, desayunaron. Sharon había ido a Brasil y no había llevado bikini, así que le escribió a Moisés para avisar que no podría ir a la playa famosa porque tenía que ir de shopping, refiriéndose a irse de compras. Pero Moisés, que sabía que en la isla no había un shopping propiamente dicho, lo entendió como un rechazo. A la tarde Sharon le escribió un mensaje para que él no pensara que ellas no tenían intención de no ir a la playa y, además, recordaron que Moisés no hacía fila para entrar al bar. Moisés las buscó, entraron al bar, pudieron conocerlo, la pasaron bien y luego volvieron a ir al boliche de al lado. Moisés las invitó al día siguiente a un paseo en barco: dar la vuelta entera a la isla por el mar abierto. Terminaron el día con cena en un restaurante y acceso al bar deseado. Al día siguiente las chicas tenían que ir a Río, pero decidieron extender dos días más su estadía en la isla aunque aquello significara perder traslado y hotel en Río. Fueron días de paseos por la playa, y el último, Moisés les llevó su equipaje, una tarea nada fácil llevar dos valijas grandes llenas de ropa por la arena. Moisés les dijo: “Hasta la vista baby”, y ellas se despidieron llorando, “no nos queríamos ir, la isla es muy hermosa, te enamora todo Brasil”, asegura Sharon. Al volver a Buenos Aires Moisés le siguió hablando a Sharon por Instagram, ella respondía y no hubo un solo día en el que no hablaran.Los mensajes derivaron en video llamadas. Moisés, en su trabajo como marinero, aprovechaba cada momento de señal para llamar y a la noche, al volver del trabajo también. Llegó un momento en el que Sharon pensó: “Estoy en el horno acá, ¿qué pasa?“. Su amiga, enamorada de la isla, decidió posponer su viaje a Australia para fin de año y volvieron las dos juntas tres veces más en ese mismo año. “¿Qué hago acá? Sufriendo lejos, ya está, me voy yo también”En cada visita se quedaban un mes y medio o dos. Y Sharon pasaba el tiempo con Moisés. “Sin querer empezamos a tener una relación a distancia. Nos quedábamos en una casa que alquilábamos juntos”, explica. Ellas tenían su propio emprendimiento y podían trabajar online, lo que les daba libertad para ir y volver cuando quisieran. Llegó fin de año, la fecha del viaje a Australia se acercaba, el mundial estaba por comenzar y Sharon quería vivirlo con su familia. Se despidieron sin saber qué pasaría después porque, había una realidad, Sharon nunca había viajado sola, no se imaginaba fuera de Argentina y siempre había tenido una relación muy cercana a su familia. El verano pasó y Sharon se encontró sola en Buenos Aires, su amiga con la que hasta trabajaban juntas estaba en Australia, lo que creyó que era un amor de verano estaba en Brasil. “¿Qué hago acá? Sufriendo lejos, ya está, me voy yo también", dijo con determinación. Armó su valija sabiendo en su interior que era posible que se quedaría más tiempo más allá del carnaval, pero esta información no se la dijo a sus papás. Al llegar a Isla Grande no se quiso volver y se quedó. En un momento se aburrió y consiguió trabajo vendiendo paseos en una agencia de un amigo de Moisés, ella había paseado tanto con él que ya se conocía toda la isla. Una video llamada, su padre y una pregunta: “¿Quéres venir?”Un día hizo una videollamada con sus papás y lo vio a su papá muy flaco y triste. Se dio cuenta de que se había ido diciendo que volvería pero se había quedado a vivir en la isla sin siquiera despedirse. Le dijo a Moisés que ella debía volver a Argentina para ver a su papá. Él le preguntó: “¿Te vas a ir sola?“, ella retrucó: ”No sé, ¿querés venir?“, él aceptó. Sharon pensó: ”Uy, ahora cómo hago para llevarlo a mi casa, mi papá y mi mamá son lo más pero mi papá es coreano y mi mamá es Argentina. La familia del lado de mi papá es bastante cerrada, nunca nadie había estado con un brasilero y la tradición es estar con un coreano. Mi papá rompió la tradición familiar al estar con mi mamá argentina", explica Sharon. Les advirtió a sus padres que volvería, su mamá sospechando le preguntó si iría sola y Sharon dijo que no sabía. A los cinco minutos su madre la llamó de nuevo y le dijo: “Ya le dije a tu papá que venís acompañada”. Moisés nunca había salido de Brasil y llegó al invierno de nuestro país. La mamá de Sharon lo recibió en el aeropuerto con unas pantuflas y una campera para que se abrigara. “Cuando llegamos nos fueron a recibir y fue hermoso. Lo r
Fuente: La Nación