A la hora de estudiar fenómenos de aprendizaje y memoria en seres invertebrados, la ciencia ha encontrado en las abejas melíferas los modelos más completos de estudio. La forma en que se comunican e intercambian información sobre el entorno, así como toda la estructura de su comportamiento social, despertó muchas preguntas a lo largo de la historia, cuyas respuestas abrieron incluso nuevas líneas de investigación.
Eso es precisamente lo que experimentó un grupo de investigadores del Instituto de Fisiología, Biología Molecular y Neurociencias (IFIBYNE), dependiente de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y del Conicet, que dos décadas atrás comenzó a indagar en la transferencia de información entre las abejas de la miel y llegó a un descubrimiento innovador: estas desarrollan memoria y, por lo tanto, pueden entrenarse.
“Lo que nosotros veíamos es que las abejas melíferas pueden aprender un olor floral, no solo cuando visitan una flor sino también cuando reciben una gota del néctar que recogió una abeja recolectora que viene desde afuera. Eso no es solo alimento: tiene información de cuán dulce es, tiene un olor particular. Y en esa interacción social se arma una memoria de tipo olfativa, que es muy estable y de larga duración”, explicó a Bichos de Campo Walter Farina, biólogo y profesor titular plenario de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, que conduce aquel grupo.
La interacción que el investigador menciona se da por contactos boca a boca y ocurre de forma tan rápida que miles de individuos pueden entrar en contacto con ese néctar y generar memoria de ese tipo de flor sin siquiera haberla visitado aún. Ese hallazgo fue el puntapié inicial para el proyecto de polinización de precisión que estos científicos llevan adelante.
“Un tercio de la producción agrícola mundial depende de los polinizadores. Muchas de las cosas que comemos no las podríamos tener sin ellos: frutos, algunas semillas, algunos aceites no se pueden lograr sin la intermediación de polinizadores”, indicó Farina.
“Lo que nos planteamos fue que si las abejas también pueden aprender dentro de la colmena un tipo de olor floral determinado, ¿por qué no meter un olor que nosotros sinteticemos, que se parezca al olor de la flor del cultivo, y direccionarlas? De esa forma irían con mayor frecuencia y la polinización sería mucho más eficiente”, marcó a continuación.
Para comprobar esa teoría, que a simple vista conduciría a un mayor rinde de los cultivos, los investigadores comenzaron a desarrollar perfumes sintéticos en el laboratorio, que luego probaron en el apiario ubicado en el campo experimental de la Universidad.
“Lo que hicimos fue tratar de conocer cómo son esas fragancias naturales, por ejemplo, de la inflorescencia del girasol. Tratamos de identificar los picos de los compuestos que conforman esa fragancia y, a partir de ahí, hacer un formulado sintético que tenga muy pocos componentes. Una vez listo, probamos si la abeja podía o no discriminarlo, ofreciéndoselo junto con un jarabe azucarado”, detalló el biólogo.
Al igual que con los perros de Pavlov, que salivaban al escuchar el ruido de la campana, los investigadores comprobaron que las abejas extendían su probóscide —su tubo de alimentación— al estar en contacto con el preparado, lo que daba cuenta de que lo reconocían.
El éxito de las pruebas los llevó a formular distintas fragancias, las cuales hoy se encuentran patentadas. Entre ellas se encuentran las de kiwi, arándano, girasol, pera, manzana y almendro, a las que pronto se sumarán las de palta, frutilla, café y cerezo.
Actualmente, la UBA y el Conicet cedieron esa tecnología a la empresa Beeflow Corporation, que ya la emplea en Argentina, Estados Unidos, México, Chile, Perú y Brasil.
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-¿Cada cuánto hay que reforzar este entrenamiento en las abejas? -le preguntamos a Farina.
-Todo depende del tiempo de floración del cultivo. En el caso del kiwi, por ejemplo, donde la polinización es muy importante, la floración dura unas dos semanas. Nosotros sabemos que la memoria que se forma por transferencia boca a boca puede durar unos diez días, que es muchísimo para una abeja recolectora. Hay que pensar que una abeja vive en verano unos 40 días y su vida como recolectora, que es el final de su vida adulta, son unos 20 días.
La foto cambia con cultivos como el arándano, cuya floración se va alternando a lo largo de varias semanas, pudiendo extenderse hasta un mes y medio. En ese caso, las abejas requieren de una estimulación adicional durante el tiempo en que la colmena esté instalada en el cultivar. Cabe mencionar que, en invierno, las abejas pueden vivir hasta 4 meses.
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-¿Este hallazgo es ciento por ciento argentino?
-Absolutamente. Un antecedente que estudiamos fue que hace unos 80 años más o menos, antes de la Segunda Guerra Mundial, se utilizaba una técnica de machacado de flores mezclado con jarabe azucarado, para demostrar que la producción de miel podía aumentar. Pero eso dependía de variables naturales, de contar con flores. Nosotros queríamos generar un producto que fuera simple pero fuerte en lo tecnológico, y logramos estas soluciones que con una mínima gota ya logra lo suficiente. En ese sentido esta tecnología es única.
-¿Qué le gustaría que suceda con esto a futuro?
-Me gustaría que este tipo de procedimiento sirva para tratar mejor a la abeja. El hombre está muy acostumbrado a usarla para su provecho, para obtener un producto como la miel o para ofrecer un servicio de polinización. Pero tenemos que tener mucha claridad que cuando se la usa como polinizadora se le está poniendo en un paisaje totalmente disturbado, totalmente artificial, que lo podemos llamar antropizado, y eso no es lo más saludable para la abeja. Estos cultivos usan gran cantidad de pesticidas, son paisajes muy fragmentados. Con esta tecnología estamos seguros de que la abeja acelera su trabajo en el cultivo, pero si hay un buen manejo de las colmenas, ellas podrían retirarse mucho antes. Sería lo más saludable.
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-¿Se puede aplicar esta tecnología en abejorros?
-Totalmente. De hecho, estamos trabajando con abejorros hace 8 o 9 años, evaluando todos sus procesos de aprendizaje y memoria. El abejorro es una abeja social, pero no tiene el grado de sociabilidad que la abeja de la miel. La abeja de la miel tiene sociedades de 60.000 individuos, mientras que los abejorros que se usan comercialmente para polinización tienen aproximadamente 100 a 150 individuos. Pero ya tenemos convenios con la empresa Beeflow y Brometan, que nos proveen de nidos para estudiar esos procesos de aprendizaje.
Agro & Campo
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Fuente: Bichos de Campo