Leticia Brédice: el desafío de interpretar a Susana, sus llamadas para pedir trabajo, su nueva obra y la razón por la que dijo que no a una carrera en Italia

Contundente, Leticia Brédice. Como mujer y como actriz, toda la expresividad que despliega abraza a su alrededor a quienes no pueden dejar de mirarla. Quizá para algunos sea demasiado, pero otros se rinden a la luz. Hacía tiempo que no se la veía tanto. Como todo lo que hace, aunque su aparición sea breve, tiene mucha repercusión: interpreta a Susana Giménez en la serie Moria que alcanzó, a una semana de su estreno en Netflix, 1,6 millones de visualizaciones. Pero no solo por eso.También participa en el reality Es mi sueño, por eltrece, donde despunta su otra pasión, además de la actuación, que es cantar. Y, pura esencia Brédice, además estrena una obra escrita, actuada y dirigida por ella. Se llama Milagro, la acompaña en el escenario la actriz Ananda Li Brédice, su sobrina, y se presenta a partir del viernes 4 de septiembre en una sala con historia, que ha sido restaurada y reabierta a fines de mayo pasado, el teatro Santa María (Montevideo 842).“Es un lugar hermoso, enorme, divino y con una acústica fantástica. Para mí, tiene un valor afectivo inmenso: creo que una de las primeras obras que vi con mi mamá cuando era chica, fue ahí. Era una puesta con Carlos Carella y otros grandes actores… También recuerdo haber ido a ver Made in Lanús. Me parece maravilloso que vuelva a cobrar vida con este proyecto”, dice Brédice, exultante.Milagro tiene un recorrido previo. Con el título Milagros, con “ese”, inauguró en marzo pasado La cúpula del Palacio Libertad, como unipersonal con dirección de Cristian Morales, rubro que ahora está a cargo de Brédice. También se presentó, en junio, en el teatro Roma, de Avellaneda, y en el Otamendi, de San Fernando. Esta versión pero con algunos cambios -el principal es la participación de Ananda Li- es la que se verá en el Santa María, con producción de Darío Arellano.“Nació de una idea que venía gestando hace tiempo. Me convocó Leo Cifelli [secretario de Cultura de la Nación], un amigo entrañable de muchísimos años que me dio ese empujón inicial para ponerme a escribir. A partir de ahí, empecé a trabajar con gente talentosísima y muy querida como Cristian Morales, Pablo Silva y Valeria Ambrosio [directora del Palacio Libertad]. Me metí de lleno en un universo que para mí fue de puros milagros. Primero apareció el nombre, después la historia íntima y el material empezó a decantar solo. En sus comienzos lo abordamos como una performance, pero fuimos profundizando el texto hasta encarnar la historia completa de una mujer que acude a encontrarse con quien le propone ser su directora. A través de ese vínculo, atraviesa una especie de pseudoconstelación que resulta inimaginable para su estructura mental y su posición social. Es un proceso transformador que le abre un portal inesperado de humildad y ternura, permitiéndole sentirse verdaderamente querida, escuchada y valorizada”, dice la actriz.-¿Por qué elegiste llamar a la protagonista María de los Milagros Figueroa Alcorta, un apellido que connota clase alta?-Buscaba deliberadamente esa contradicción. En el imaginario colectivo, uno tiende a asociar ese tipo de apellidos a familias numerosas, tradicionales y a vidas resueltas o acomodadas. Quería contrastar esa idea preconcebida con una realidad de absoluta soledad. La anécdota del nombre es muy cotidiana: mi marido [el director Martín Russo] trabaja en la TV Pública desde hace treinta años y un día, acompañándolo en el auto por la avenida Figueroa Alcorta, pensé: “¿Y si le pongo así?”. Después me puse a investigar y descubrí que no pertenecían a la oligarquía de origen, sino que eran una familia de poder. Eso me llevó a estudiar el concepto desde la raíz griega, a indagar en qué define a una oligarquía y a observar cómo en esos círculos hay personas profundamente amorosas y otras que han transitado vidas durísimas, solitarias y llenas de castigos. Mi personaje tiene esa tragedia a cuestas: alquila un teatro para exponer su dolor, pero el texto está planteado de tal manera que el público se ríe de situaciones que, en el fondo, son tremendas. Se genera una empatía inmediata porque, más allá de cualquier lejanía o antipatía inicial, lo que aflora es la sencillez humana y la necesidad universal de afecto, de no estar solo y de tener a alguien a quien gritarle tu amor. Leí una vez que apenas el cuatro por ciento de las personas en el mundo llega a conocer a su gran amor en la vida; esta mujer, al menos, tuvo el privilegio de haberlo conocido.-¿Qué papel juega el personaje de Ananda Li en ese recorrido?-Es una guía, acompaña el recorrido de esta mujer, la hace transitar por pasajes muy reales de su vida. También, por el juego teatral, encarna distintos roles, ser actriz, madre, hermana o entregarse a una ensoñación. La obra es el viaje a la historia personal de esta mujer pero, en el fondo, es el espejo de cualquier mujer, de cualquier hombre o de cómo cada uno se perciba. Ambas, a través de la mirada de la otra, empiezan a desnudar sus verdades, sacando a la luz todo aquello que les daba vergüenza o que sostenían como una careta social.-¿Cuánto de tu propia historia volcás a la hora de escribir?-Siento que todo lo que escribo me pertenece porque lo atravieso desde la emoción y la sensibilidad. Pero, en realidad, nada de lo que le ocurre a este personaje tiene que ver con mi vida. De chica fui muy feliz, muy acompañada, y siempre elegí jugar, tener mis amigas y disfrutar. Este personaje, en cambio, no tuvo margen de elección y se fue quedando sola. Mi inspiración como autora surge de otros lugares: de hacer terapia, de escuchar historias ajenas, de leer libros y poesía, y de conversar mucho con mujeres. Soy extremadamente curiosa con las vidas de los demás. Me basta con escuchar un detalle al pasar para construir un universo entero en mi cabeza.-Esa vocación artística tan temprana, ¿cómo apareció en tu infancia?-De chiquita no soñaba con ser una actriz dramática tradicional. ¡Quería ser vedette! Íbamos todos los veranos con mi familia a Carlos Paz y a Mar del Plata, y en esa época el teatro de revista era el centro de todo. Tengo grabada la imagen de cruzar el puente en Carlos Paz de la mano de mi padrino, mi tío Nico -a quien llevo siempre en el corazón-, y ver una marquesina gigante con una foto de Libertad Leblanc con estrellitas en los pezones. Le dije con total convicción que “cuando sea grande quiero ser así”. Me fascinaba ese mundo. De vacaciones, en la casa de Carlos Paz, me ponía unas mallas con voladitos que les sacaba a mis primas e imitaba a Sandra Mihanovich cantando “Soy lo que soy” como si fuera (Luciano) Pavarotti. Jugaba incansablemente a las actrices; algunas primas me miraban como si fuera una extraterrestre pero mi primo gay me seguía el juego fascinado. Después se iban sumando las demás primas, pero si no, yo jugaba sola, no tenía ningún problema. Nunca hay que dejar el sueño de ser actor. Nunca hay que abandonar los sueños, sean cuales sean: el deseo de actuar, de escribir, de estudiar abogacía o arquitectura, de tener un hijo, de tener tu casita, lograr alquilar, conseguir un trabajo. Nunca hay que dejar de luchar.-¿Sentís que pudiste cumplir esos deseos que proyectabas de chica?-Siento que cumplí muchísimos, pero me faltan miles de sueños por cumplir, miles. Todo el tiempo tengo sueños, todo el tiempo lucho por ser honesta con lo que decidí poner el foco: ser actriz, contagiar luz, transmitir alegría, conectar con la gente y ofrecerles un paréntesis de magia frente a algo feo que estén viviendo. Siempre quise eso. Y como sueños, imaginate: tengo el sueño de filmar con [Alejandro] Agresti, tengo el sueño de filmar con directores europeos, con actrices europeas, con actrices argentinas, hacer series, hacer teatro… Un millón de sueños. -¿Qué significa para vos en este momento hacer teatro?-El teatro me fascina. En este momento de mi vida involucro todo mi cuerpo, mi alma, mi corazón, mi espíritu en el teatro al 100 por ciento. Ahora haría lo que antes dije que no. Es una salvación en la vida. Me formé con Norman Briski y aprendí que la autogestión es lo que nos salva a los actores. El teatro que uno escribe, produce y lleva a cualquier sala, por más pequeña que sea, tiene un valor incalculable. Subirte a un escenario a decir lo que necesitás expresar, explorando distintas versiones de vos misma o viéndote reflejada en otros cuerpos, es una bendición. Me apasionan autores como Tennessee Williams, Copi o Ibsen, y los argentinos, hice La malasangre de Griselda Gambaro… Es muy importante decirlo en los medios, en este diario muy leído, que es vital hacer teatro.PersonajesDesde muy joven, Brédice fue protagonista en cine. Por su primera película, Años rebeldes -coproducción italoargentina dirigida por Rosalía Polizzi que empezó a filmarse en 1993 y se estrenó en 1996- recibió el premio Cóndor de Plata como actriz de reparto. Y por su consagratoria Ana Muro de Cenizas del paraíso, de Marcelo Piñeyro, ganó un año después el Cóndor a la revelación femenina. En 2000, estrenó tres películas: Plata quemada, también de Piñeyro, Nueve reinas, de Fabián Bielinsky, y Almejas y mejillones, coproducción con España que dirigió Marcos Carnevale. Y, entre otras producciones, en 2009 fue una de las actrices argentinas que participó en Tetro, de Francis Ford Coppola. En televisión, otro de sus hogares desde antes de cumplir veinte años (por ejemplo, fue parte de Sin condena, serie de Rodolfo Ledo, de 1994), todavía se recuerda el personaje de Verónica San Martín en El elegido, con Pablo Echarri, por el que ganó un Martín Fierro en 2011.-¿Qué aprendiste de los directores con los que trabajaste?-Guardo un agradecimiento absoluto hacia cada uno de los directores con los que me tocó trabajar. Mi primer largometraje lo hice a los 16 años con Rosalía Polizzi en Años rebeldes. Ella estaba narrando su propia historia de vida, un proceso sumamente íntimo y complejo. A pesar de mi juventud, me escuchaba con un respeto inmenso cuando le hacía propuestas sobre cómo encarar una escena. A través de esa pe

Fuente: La Nación