“Fue providencial, llegó cuando más lo necesitaba”: La historia de Malena Caro, la fotógrafa salteña que cría caballos criollos en la altura y encontró en la actividad un nuevo comienzo

A Malena Caro le brillan los ojos cuando habla de la cabaña que fundó hace pocos años. No casualmente, eligió llamarla “La Providencia”, porque, casi como un designio divino, la actividad la encontró en un difícil momento personal y le permitió cumplir con un sueño que había forjado desde chica.
Criados a 1500 metros de altura en la localidad salteña de Rosario de Lerma, sus criollos volvieron a pisar la pista central de Palermo por segundo año consecutivo. Un enorme orgullo para esta fotógrafa devenida cabañera, quien no puede evitar emocionarse cuando describe lo que significa para ella el proyecto.

“Fue providencial, era algo que estaba buscando en un momento bastante complicado desde lo personal. Lo esperé mucho y llegó”, describe Malena, una fiel devota a la Virgen del Cerro y ferviente creyente de que todo en la vida ocurre por algo.
En su caso, fue en 2018 cuando decidió iniciar con cuatro yeguas y un padrillo una cabaña que todavía hoy le enseña mucho a diario. Era un viejo anhelo que había empezado a tomar fuerza nuevamente, y, señala, haberlo hecho realidad no fue más que “volver a la esencia de chica”, recuperar el recuerdo de una niña que se crió entre caballos y vacas en el sur de Salta.
Se trataba de una cuenta pendiente con la que acarreaba desde que su padre falleció y su familia se vio obligada a abandonar su historia en el pequeño pueblo de San José de Metán. En la época, recuerda, en que a los Criollos los bautizaban “Solanet” en honor al veterinario que, por ese entonces, trabajó mucho para impulsar la raza tan extendida en el campo argentino y perfilarla bajo ciertos parámetros.
Nació para el trabajo, pero brilla en las pistas: El caballo criollo lidera el crecimiento del sector ecuestre y, con nuevos rumbos, se prepara para sumar estrellas en su propio Mundial

La separa hoy un abismo de distancia de aquella época, en el que se ha dedicado a la fotografía profesional y ha llegado a publicar tres libros dedicados al campo. Pero hoy, en su cabaña ubicada apenas a unos 20 kilómetros de la capital salteña vuelve el trazo sobre ese recuerdo.
Ubicada a unos 1500 metros de altura, y con paisajes imponentes a sus espaldas, Malena asegura que lo que tiene de desafiante su actividad también lo tiene de beneficioso, ya que esa geografía, pasturas y temperaturas le permiten expresar aún mejor las características distintivas de los criollos
“Es un trabajo mucho más complicado, porque el aire es distinto y hasta el alimento cambia respecto a la Pampa húmeda. Pero permite tener un caballo mucho más fuerte, resistente y manso”, explica la cabañera, quien suele adquirir sangre en el centro del país y luego trabajar para adaptarla a su región.
“Es un trabajo en el que uno también va aprendiendo todo el tiempo, porque esto no es matemático”, destaca.

“En la cancha se ven los pingos” reza el famoso dicho, que aplica particularmente al trabajo que hacen los cabañeros y que luego deben demostrar en las pistas. Y es algo que bien sabe Malena, que acaba de presentarse por segunda vez con “La Misericordia Ireneo” en Palermo.
“Tratamos de participar en todo lo que podemos. No deja de impresionarme estar en estas pistas”, asegura, y por eso se anota en toda prueba que puede. Entre sus predilectas están las de aparte campero, corral de aparte, morfología y, por supuesto, la Felipe Z.
Para llegar al centro porteño, a más de 1600 kilómetros de su casa, tuvo que trabajar mucho en la logística y la preparación. Allí, su jinete participó de la competencia de Tipo y Aptitud, donde se evalúan tanto aspectos funcionales como morfológicos. “Se busca que el caballo no solo sea lindo, sino que también tenga una función. Por eso me gusta prepararlos para esas pruebas”, sostiene.

No se deja apurar por la ambición y dice disfrutar mucho del camino que eligió -o llegó- cuando más lo necesita. “Lo que me mueve es la pasión”, ilustra la cabañera, que agradece una y otra vez haber tenido la chance de reencontrarse con los caballos y con esa historia familiar que alguna vez quedó inconclusa.
No hay otra manera de explicarlo para ella: “Estamos acá por una cuestión divina. Todo tiene que ver con todo”, concluye.

Fuente: Bichos de Campo