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“Yo siempre tuve esperanzas”: la historia del adolescente que desafió a las estadísticas para encontrar un papá
A los 14 años, después de pasar por cuatro hogares, Sebastián fue adoptado por Nicolás, un hombre solo que derribó prejuicios sobre la adopción adolescente
Nicolás Martínez le ceba un mate a su hijo, le cuenta que cocinó una salsa de tomate y le pregunta si quiere almorzar milanesas a la napolitana o pastas. Sebastián, que tiene 17 años, le contesta algo que el hombre de 49, ya sabe: “Pastas”. Y sigue: “Pero si cocinas vos…”. Antes de que termine la frase, el padre completa: “Lavás vos”. El chico le replica que no es justo: “Hasta para hacer un huevo usás una montaña de cacerolas. Lavá vos, yo seco”. Los dos se ríen. Después, sentados a la mesa de su casa en Adrogué, con el sol de otoño que atraviesa el ventanal por el que se ve un patio, comentan que a la tarde hay que ir a entrenar.Sebastián tiene retraso madurativo y trastorno emocional. Le cuesta leer y escribir, pero es muy locuaz. También es pura energía, no se queda quieto. Esa energía la canaliza corriendo. En abril del año pasado comenzó a competir y en mayo lo federaron. Ya tiene medallas de bronce, plata y oro. El mes pasado lo convocaron para la selección nacional paralímpica.Ese ritual entre los dos, el ida y vuelta y la complicidad, parece de toda la vida. Pero Nicolás y Sebastián lo comparten hace solo dos años y cinco meses. Fue el 7 de diciembre de 2023 que comenzaron a vivir en familia, después de que Nicolás lo adoptó como hijo y Sebastián, entonces de 14 años, decidió adoptarlo como padre.“Pensar en adoptar un chico adolescente no es lo que se propone la mayoría”, dice Nicolás, que recibe a LA NACION en su casa. “Existe el prejuicio de que los adolescentes tienen muchos mambos o que van a vivir poco tiempo con vos porque ya son grandes. Pero son chicos que no tuvieron infancia, solo quieren una familia que los quiera para siempre”, dice.En cuanto a la adopción de chicos con alguna discapacidad, dice que el compromiso de atenderlos es muy grande y no muchos quieren asumirlo. “Hay muchos temores y prejuicios. Muchos se preguntan qué va a pasar con el chico si les pasa algo a ellos o creen que será un incomprendido”, dice. Y explica que cuando se toma la decisión, es importante no solo tener un buen equipo de terapistas: “Mi familia es un gran apoyo, eso es fundamental, más en mi caso que soy monoparental. Todos adoptamos a Seba”.Antes de ese diciembre de 2023, Nicolás vivía solo. Hacía 17 años trabajaba como electricista para una empresa que hacía mantenimiento de edificios y tomaba decisiones sin tener que coordinar con nadie. Además, con su madre y sus tres hermanos visitaba hospitales de niños y hogares para regalar juguetes y útiles escolares. No soñaba con tener hijos.“Yo creo en la teoría del caos. Las cosas se van dando sin intencionalidad. Antes, para mí no era una opción ser padre y ahora sé que voy a ser el papá de Seba hasta que me muera”, dice, antes de comenzar a explicar cómo sus destinos se cruzaron. Sebastián, antesSebastián se quiso llamar Sebastián cuando salió su adopción. Antes se llamaba Julio. Ese nombre le había puesto su madre biológica, con quien vivía en Villa Fiorito. En ese hogar también estaban la pareja de la mujer y sus hermanos. Un día, a sus 8 años, se escapó y apareció a 17 kilómetros de allí, en Pompeya. Lo encontró un policía y él le pidió por favor no volver a su casa. “Se activaron los protocolos en la Justicia y al parecer se comprobó que había sufrido violencia en la casa. Por eso fue institucionalizado”, cuenta Nicolás. En los siguientes seis años, el niño pasó por cuatro hogares convivenciales. Por su condición, tenía momentos de gran frustración y se autolesionaba. Aunque no tenía un diagnóstico, los psiquiatras que lo trataban le daban antiepilépticos y ansiolíticos. Pasaba sus días medicado y cada vez que cambiaba de hogar cambiaba de escuela y terapistas. “La Justicia le pide a los hogares que los chicos se escolaricen y cumplan con sus tratamientos. Seba iba al colegio, tenía psicopedagoga, psicóloga y psiquiatra. Pero nadie controla los avances o retrocesos. Por eso nadie se esforzó, por ejemplo, en que aprendiera a leer y a escribir”, dice Nicolás. “Yo solo quería tener una familia, pero nadie quería adoptarme. Es triste estar solo, sin que nadie te escuche. Por eso yo escuchaba a los chicos del hogar”, dice Sebastián, mientras su padre lo mira con una sonrisa, en silencio. “Muchos de ellos tenían mi edad y se terminaron escapando porque solo elegían a los chiquitos, se rendían. Yo no. Yo siempre tuve esperanzas”.Nicolás, antesLa familia de Nicolás, antes de que se sumara Sebastián, eran su mamá, tres hermanos, dos hermanas, cuñadas y cuñados, y muchos sobrinos. “Somos 17 sin contar a mis amigos, que son muchos y también son familia”, dice. Y con una sonrisa, afirma: “Somos raros. No nos abrazamos mucho. No somos un pegote. A mi viejo nunca le dije papá, siempre le dije Pepe. Y mi mamá es Mabel. Pero armamos un protocolo de emergencia en segundos si alguien necesita ayuda. Nos queremos mucho y somos unidos e indestructibles”.Vuelve a decir que nunca necesitó ser padre. Pero algo lo hizo cambiar. Un día, cuando estaba repartiendo útiles escolares en un hogar junto a la que era su pareja, una niña de unos cinco años que aún no tenía la adoptabilidad les preguntó si querían ser sus padres. Recuerda cómo se le estrujó el corazón. Junto a su novia coincidieron en que querían adoptar. Al poco tiempo se dieron cuenta de que querían familias diferentes. Él prefería adoptar a niños de más de cuatro años con o sin alguna enfermedad. Ella no.La estadística expone que la inmensa mayoría de las personas que se postulan para adoptar lo hacen para niños pequeños. En la Argentina, el 81% de las personas inscriptas para adoptar buscan niños menores de tres años y apenas un 2% acepta a chicos mayores de 10. A partir de esa edad, las estadísticas oficiales muestran que las oportunidades de ser adoptados disminuyen drásticamente.Es por eso que Sebastián esperó tanto tiempo para tener su propia familia. Hasta que conoció a Nicolás, que nunca dudó en continuar con su proyecto de paternar.La ansiedad y los miedosAl poco tiempo, desde el juzgado de Lomas de Zamora le dijeron que existía la posibilidad de adopción de un chico de 14 años con una problemática de salud. Era Sebastián, que vivía en un hogar de La Plata. No dudó, en septiembre tuvieron el primer encuentro.—¿Cómo fue esa primera vez?—Le dije a mi hermana que me iba solo a La Plata y me dijo que ni lo piense, que me acompañaba, que la iba a necesitar para contenerme. Ella había adoptado a mi sobrina y sabía lo que decía: durante todo el viaje experimenté ansiedad, euforia y miedo. Miedo a no estar a la altura, a que no me quiera, a no saber qué decirle. Yo había llevado mate y facturas, porque me dijeron que le gustaban. Cuando llegamos estaba tan nervioso que me bajé del auto, se me cayó el termo y se rompió.—¿Qué pasó cuando lo viste a Sebastián?—Antes, los del hogar me dijeron que de la emoción no había dormido en toda la noche. Cuando lo vi, su ansiedad me hizo más fácil todo porque apagué la mía para tranquilizarlo a él. Charlamos mucho, le conté sobre mi trabajo y él me contó sobre un curso de cocina que hacía. Y vi que era un pibe bueno y atento al que todos buscaban para charlar.Sebastián dice que estaba tan feliz, que en realidad estuvo tres días sin dormir: —Antes de entrar en la sala, respiré hondo. Cuando lo vi, lo abracé fuerte y él a mí. Yo estaba tan feliz que no quería que se fuera. Cuando se fue me puse a llorar, pero de la emoción. La segunda vez que se vieron le preguntó si le podía decir papá. “Entré un poco en pánico porque yo nunca usé esa palabra, pero le dije que me dijera como lo sintiera. Seba me dice Nico cuando está enojado conmigo. Me encanta esa desfachatez, es muy de mi familia”, cuenta Nicolás y se ríe.En diciembre de 2023, Sebastián y Nicolás firmaron los papeles de adopción en la oficina del director del hogar. Antes de irse, Seba le dijo al director: “Ahora sí, ¡Acá no vuelvo más!”. Solo necesitaba una oportunidadDicen que les gusta ir juntos a los entrenamientos, ver películas de acción, comer pastas y pizza, hacer salidas con la familia. Todo fluye. Aunque los primeros meses de convivencia pasaron por crisis en las que él se frustraba por algo y se golpeaba. Con el asesoramiento de la psiquiatra, Nicolás decidió cortarle la medicación de a poco. “A los ocho meses acá, ya no se medicaba. Empezó a autocontrolarse. Cuando le da ansiedad cuenta lo qué siente, no se lastima. También se concentra más y está aprendiendo a leer”, dice. Desde abril del año pasado, corre gracias a que la profesora de gimnasia de su colegio le dijo que era muy rápido, que podía ir a entrenar en el polideportivo de Almirante Brown. “Cuando corro no pienso en ganar, solo corro”, dice. Nicolás también cambió, para dedicarle más tiempo, decidió renunciar a su trabajo en relación de dependencia y ahora es electricista independiente. En el poco tiempo que Nicolás y su familia “rara e indestructible” abrazó a Sebas, y viceversa, el chico tuvo muchos logros y encontró su pasión. “Tengo el placer de verlo tener amigos, sentir pertenencia y desarrollarse en algo que él eligió porque alguien vio su potencial. Los chicos grandes institucionalizados se mueren porque alguien los vea y les dé la oportunidad de ser queridos para crecer, valorarse y proyectarse. Creo que adoptar es eso, ver esa necesidad. Eso me hace un padre orgulloso”, dice Nicolás.“Estoy mucho mejor que antes. Tengo mi familia, a mi papá, que es medio chistoso, que me da muchos consejos que no siempre me gustan pero están bien. Si nos enojamos por algo, lo charlamos. Tengo mi habitación, mis cosas. Corro, estoy feliz”, resume Sebasitán mientras ofrece galletitas. Le dice a su padre que está hablando mucho, que va a ser hora de almorzar. Se vuelven a reír. Quiero una FamiliaEsta nota forma parte de Quiero una familia, una iniciativa de Fundación LA NACION que busca garantizar el derecho de cada niño a vivir y crecer en familia.