A 1 hora de Capital Federal: el pueblo ligado al tren con hotelería boutique y comida casera

El viaje es corto, pero el salto en el tiempo es inmenso. Para llegar hay que tomar la Autopista Ezeiza – Cañuelas, seguir por la RN 205 y luego empalmar con la RN 3 hasta el acceso a Abbott. Son menos de 100 km los que hay que recorrer para dejar atrás el zumbido de la gran ciudad y sentir la brisa de campo y el canto de los pájaros. Abbott es el típico e idílico pueblo bonaerense que nació a la vera del ferrocarril y que hoy se ha convertido en un refugio perfecto para los amantes del turismo de cercanía e historia rural. Con poco más de 600 habitantes, este rincón del partido de San Miguel del Monte se consagra como el destino para desconectar los fines de semana.Los cambios de nombreSu fundación se remonta al 1° de mayo de 1892, y debe su nombre al ingeniero inglés Samuel Abbott, reconocido gerente de la histórica compañía Ferrocarril del Sud, encargada de la construcción de las vías del tren. Las tierras sobre las que se fundó el pueblo fueron propiedad del señor Pablo Galván. En 1855, uno de sus hijos vendió sus tierras a Don Santiago Craig, dando inicio a la conformación del pueblo.Como solía ocurrir, los pueblos se constituían a partir de la llegada del tren; y para levantar la traza ferroviaria se necesitaba donaciones de tierras. En este caso, el propietario de los campos de la zona –la familia Craig– cedió 5 hectáreas para construir la estación y los galpones, dando el puntapié inicial para el asentamiento de los primeros pobladores (muchos de ellos inmigrantes dedicados a la actividad tambera y agrícola).El 29 de agosto de 1907, la estación Craig pasó a llamarse Abbott, así como el pueblo. Durante la primera mitad del siglo XX, Abbott tenía mucha actividad ya que el tren transportaba la producción local de leche y ganado hacía Buenos Aires. El pueblo creció con sus almacenes de ramos generales, sus clubes sociales y una comunidad muy unida. Como contrapartida, tras el cierre de ramales ferroviarios en las últimas décadas del siglo pasado, el pueblo se despobló, manteniendo apenas alrededor de cien habitantes que resistieron y preservaron intacta la fisonomía original del lugar.Ideal para caminarLa mejor manera de entender Abbott es a pie. Su traza urbana se resume en unas pocas manzanas donde el asfalto cede terreno rápidamente a la tierra, y casi cualquier calle parece tener el mismo destino: una tranquera o en el horizonte pampeano.El corazón del lugar late alrededor de su estación de ferrocarril, un edificio impecablemente conservado que evoca los años dorados del tren y que hoy funciona como centro cultural y biblioteca, además de contar con un parque donde los locales se juntan a tomar mate bajo la sombra de los árboles. El ramal que nace en Plaza Constitución tiene allí una parada clave, justo en el kilómetro 89,6. Hoy en día, sus vías registran el paso tanto de formaciones de pasajeros como de carga, destacándose su playa multimodal equipada para la logística de contenedores.Además, se puede visitar la Capilla Santa Margarita de Cortona, fundada en 1924. Para su construcción se utilizaron fondos recaudados por los vecinos en los terrenos donados por doña Margarita Cunninham de Garrahan. A unos pocos metros, está el Abbott Lawn Tennis Club donde jugó Guillermo Vilas. Fundado en 1920, sigue siendo el punto de encuentro para las familias locales. Cuenta con una cancha de pelota paleta y un quincho estilo inglés.Los centros educativos de Abbott conforman un pilar de la comunidad. La Escuela Primaria N° 6 fue fundada el 18 de mayo de 1894. Tras sus primeros años funcionando en casas de familia, en 1931 la Dirección de Escuelas inauguró el edificio que hoy la cobija. Preserva el estilo de la época y sigue siendo el corazón educativo del pueblo y sus alrededores. A pocos metros, está la Escuela Secundaria N° 3, y en la otra esquina, el Jardín de Infantes N° 902. En el pueblo también hay una delegación municipal, el destacamento policial y una sala de primeros auxilios.Sabores localesJuan Félix del Pozo es autor de “Memoria de Abbott”, un libro que relata la historia y datos curiosos del pueblo. Criado en los trabajos del campo desde su niñez, hoy recupera la histórica La Posta de Galván (1892) junto a su hija Natalia y su familia. Este lugar servía de recambio de bueyes y caballos, además de funcionar como espacio de entretenimiento para los paisanos. Ahora es la Pulpería de Abbot, un hito de la localidad donde se ofrecen empanadas, minutas y picadas. Juan recibe a los visitantes e improvisa una payada; mientras su hija se ocupa de atender a los comensales. Aquí cada rincón está impregnado de nostalgia, con estanterías repletas de objetos de antaño y los pisos de pinotea que crujen, como si todavía custodiaran el eco de los gauchos.Otro de los guardianes de la tradición es La Carpintería de Abbott, que se ha transformado en un clásico. Es el restaurante más particular, donde sirven manjares al horno de barro como el cochinillo y el pulpo. Las pastas son elaboradas artesanalmente en el lugar y sorprende la carta con los rellenos sofisticados y potentes, como los de morcilla, cebolla caramelizada y tomates secos; de pavita y cantimpalo; de osobuco estofado o de cordero y verduras asadas. Entre los más solicitados, el plato Osobuco Carpintero que viene acompañado de polenta o ñoquis. Los abbottenses suelen frecuentar Pluma Negra, un bodegón familiar donde se sirve parrillada y comida casera con algunos hits como el vacío al horno de barro y la milanesa a la napolitana del tamaño de una pizza. A ellos se les sumó recientemente Lo de Tita Pulpería, rescatando esa mística de encuentro tan propia del campo. Aquí se ofrecen picadas, empanadas caseras y sándwiches. Para los amantes de la carne la gran novedad es Fuegos de Abbott, una parrilla que rinde culto al asado criollo y que ya se convirtió en el imán de los viajeros que buscan un buen corte al asador en un ambiente moderno. Quienes buscan el desenchufe real está el nuevo Hotel Abbott, un refugio para hospedarse con todas las comodidades y la cálida atención de Maru Pechín, su dueña. Allí funciona el restaurante La Esquina, abierto al público general y con servicio todo el día. Desde los desayunos y las tardes de té con tortas, hasta los almuerzos y cenas con platos de estación y delicias como el pastel de papas, los ravioles de verdura o el abadejo que viene con papas españolas.

Fuente: La Nación