La Casa del Dragón deja atrás el fuego y vuelve a encontrar el corazón de Game of Thrones

El final de la segunda temporada de La Casa del Dragón había establecido las instancias preliminares de una inminente batalla. Como legítima heredera de Viserys Targaryen, Rhaenyra (Emma D’Arcy) y su ejército de hombres y dragones se disponía a invadir King’s Landing y tomar el trono que le había sido arrebatado por los Verdes, partidarios de la dinastía Hightower. Para entonces, el rey Aegon II (Tom Glynn-Carney) se encontraba en fuga junto al intrigante Lord Larys (Matthew Needham), el cruel Aemond (Ewan Mitchell), malherido y extraviado en Harrenhal, y Alicent (Olivia Cooke), su antigua madrastra y confidente de infancia, convertida en una inesperada aliada, dispuesta a dejar abiertas y sin guardia las puertas de la Fortaleza Roja para la llegada del ejército invasor. La toma del poder a manos de la Casa Targaryen en los primeros dos episodios de la tercera temporada consagra el verdadero objetivo de la Danza de los Dragones, una de las guerras más cruentas de Westeros. Rhaenyra llega para reclamar lo que considera suyo por derecho y linaje, el poder de los dragones se lo permite.Como era de esperar, todo es fuego y destrucción al comienzo. Las fuerzas de la Triarquía batallan en el mar con la armada de Corlys Velaryon (Steve Toussaint) dejando cenizas y muerte a su paso. También el apoyo de los hijos bastardos Velaryon, nombrados jinetes militares, sella para Rhaenyra compromisos futuros con esos aliados. Así, las amenazas se dispersan: los herederos Hightower desaparecidos; el ejército de Ormund (James Norton), tío de Alicent y custodio de sus propios intereses, camino a la ciudad de Tumbleton; el pueblo de King’s Landing arrasado por la invasión de los Targaryen con sus dragones y su orgullo. Las arcas de la Corona quedan vacías por la codicia de los usurpadores, el rencor de los derrotados se propaga de las tabernas a los espías escondidos en la ciudad, la legitimidad del nuevo régimen exige un tiempo de orden y estabilidad. Pero… ¿es eso posible para la reina Rhaenyra?Esta nueva temporada de La Casa del Dragón cambia el rumbo respecto de las anteriores, asentadas no solo en las disputas entre dos linajes por un mismo trono, sino también en el esplendor de los dragones en vuelo, su fuego y su furia. En la primera temporada, las intrigas palaciegas coquetearon con el melodrama familiar y las disputas intestinas por la sucesión definieron el clima; en la segunda, su dispersión narrativa puso en cuestión si las batallas bajo el sol y sobre el mar honraban la épica imaginada por George R. R. Martin. En definitiva, lo que este spin-off nos debía hasta este año era la recuperación del valor de la estrategia política como uno de los principales atractivos de su antecesora, Game of Thrones. Corrida hacia las veleidades novelescas e incestuosas de los Targaryen, esta sucesora de aquel fenómeno había dejado de lado el pragmatismo de la política y la famosa correlación de fuerzas que dictaminó el precario equilibrio en Westeros ante tantos aspirantes al sillón de mando de los Siete Reinos. Ese era un mérito que urgía recuperar. Finalmente, a partir del tercer episodio de esta nueva entrega parece haberlo conseguido con Rhaenyra sentada en el Trono de Hierro, dispuesta a los desafíos que se avecinan. Las mieles de la batalla, el fragor de la decapitación de enemigos y traidores, y la embriagante celebración del triunfo han quedado atrás. Ahora es tiempo de hacer las cuentas, establecer nuevas alianzas, imaginar estrategias para permanecer, capeando el desgaste lógico y la persistente amenaza que supone ejercer el poder. Durante un instante apenas, después del desembarco en aquella fortaleza que fue su hogar de infancia, la nueva reina se permite la nostalgia. “Nos invaden los fantasmas”, desliza en un susurro, casi como una confesión. No todos los recuerdos son infelices; la memoria de Viserys cuando ella era una niña parece confortarla, cuando todavía él era fuerte y ella vislumbraba un futuro promisorio. Ahora los muertos se apilan a sus espaldas, los cautivos en su presente. Eso le recuerda Daemon (Matt Smith), su tío y esposo, también el que conquista en su nombre. Le ha traído un nuevo prisionero: el último hijo de Alicent y Viserys, el niño escondido bajo el ala de Ormund en Oldtown. ¿Será capaz de extinguir ese linaje de usurpadores?Los desafíos de la sangre derramada oscurecen el ánimo de Rhaenyra, y a medida que avanza el tercer episodio ella debe transitar sus múltiples bautismos. “Debo justificar la fe de mi padre en mí, gobernar como él hubiera querido”, se dice a sí misma. ¿Pero qué significa eso? ¿Responder con misericordia ante la rendición de los enemigos, aunque suponga un gesto de debilidad? ¿Fortalecer la guardia de la corona o dar alimento a un pueblo hambriento tras la guerra? Con las arcas exiguas de riqueza, su legitimidad cuestionada en pintadas que la nombran como “reina de bastardos” y un consejo signado por líneas opositoras -entre el feroz Daemon, más afecto a la batalla que a la negociación, y la sinuosa Mysaria (Sonoya Mizuno), convertida en una incipiente Rasputín de la nueva corona-, la tarea de Rhaenyra no es fácil y su semblante serio y atribulado lo denota. “Estoy abrumada por dilemas”, se la oirá decir cuando los problemas que se acumulan en su agenda no le dan respiro. Como dicen los expertos en la “realpolitik”, no es lo mismo ganar las elecciones que gobernar. Y algo de eso aprende la nueva monarca, aunque nunca se haya sometido a las urnas. Su poder emana de la última voluntad de su padre, pero ese legado fue cuestionado desde su mismo nacimiento por su condición de mujer. Ahora que porta la corona, debe mostrar valía y fortaleza para ejercer el poder en un momento crítico, signado por la guerra, la hambruna y los crecientes rumores sobre la paternidad de sus herederos. ¿Qué atender primero? Al comienzo sueña con una imponente coronación que calle las voces de sus opositores, establezca nuevas alianzas en Westeros y apuntale su cuestionada legitimidad. Sin embargo, la primera respuesta que recibe es que no hay dinero para costearla ya que las cuentas de la corona se encuentran en rojo. Los piratas que colaboraron en su triunfo exigen paga y reconocimiento; el comercio ha quedado suspendido; los graneros están vacíos; las ratas invaden la ciudad. Paradójicamente es a Alicient a quien primero recurre para encontrar una respuesta a sus interrogantes. Entre reclamos por el brutal accionar de sus hijos -el rey y el regente fugados- y por el rencor acumulado en años, Rhaenyra desliza su necesidad de consejo ante un poder que todavía no conoce. Una cosa era estar exiliada en Dragonstone, abocada a planes militares de venganza y a una resistencia astuta ante espías y traidores, y otra es ejercer el poder ante un reino inundado de problemas que ella nunca hubiera imaginado. Ni siquiera el propio Daemon, su brazo militar, parece comprender lo que implica un pueblo furioso y hambriento que reclama respuestas a quien ahora se sienta en el Trono de Hierro. “¿Me vas a culpar a mí por lo que los hombres han hecho?”, exclama Alicent tras recordarle que ella ha cumplido sus promesas, que también ha visto morir a los suyos y que en definitiva ha sido una pieza más de los planes de quienes verdaderamente detentan el poder. Rhaenyra camina por los pasillos del castillo una y otra vez. Toma decisiones apremiada por los pedidos de sus súbditos, las exigencias de sus aliados, las obligaciones de una posición que anheló pero que todavía no termina de comprender. A los problemas de los hombres se suman los de los dioses, cuando el líder espiritual de Westeros se niega a ungirla como reina en tanto los restos de Aegon II no han sido hallados. ¿Es que la fe también le ha dado la espalda? ¿Qué debe hacer entonces? ¿Sustituir al Septon Supremo por uno más favorable a su reclamo? ¿Eso la convierte en una déspota sanguinaria contraria a los designios de su padre? Mientras tanto, los fantasmas deambulan por los corredores de ese castillo medieval, recordándole que quizás la única forma de salir del atolladero sea imponer su voluntad a fuego y sangre. Vengar a sus hijos con la muerte de otros hijos, seguir la guerra como forma de hacer política sin los dilemas del consenso y la negociación. Es claro que los creadores han decidido regresar a los fundamentos de Fuego y Sangre de Martin, al mismo tiempo que equilibrar el esplendor de las batallas con sus devastadoras consecuencias, ofreciendo el accionar de los dragones en CGI en tomas imponentes, pero también las cavilaciones humanas en la intimidad del primer plano. Finalizada la “batalla naval más sangrienta jamás librada en la historia de Westeros” como se la ha nombrado, una de las voces reflexivas de esta temporada resumirá las sensaciones: “Si ésta es la victoria, espero no volver a ver otra”. Entonces, desde el ascenso de Rhaenyra al trono, el corazón de La Casa del Dragón se concentra en retomar las preocupaciones de Martin en sus libros: la ambición y oscuridad que conlleva el poder, la tentación de la destrucción como forma de purificación, las contradicciones del alma humana entre su voracidad y su arrepentimiento. “Vos gobernaste este reino cuando mi padre enfermó, ¿cómo lidiaste con esa carga?”, le pregunta la nueva reina a aquella usurpadora de su título, su amistad, y quizás responsable del dolor más terrible de su tierna infancia. Pero Alicent ya no es aquella adolescente que debió asumir un casamiento y un liderazgo imprevisto, satisfacer las ambiciones de su padre y su casa real, construir un castillo de ambiciones y poderío para verlo luego desmoronarse. Es una sobreviviente, una mujer endurecida, mordaz y cínica aún en su confinamiento. “No podés gobernar y seguir siendo la misma. Hay decisiones que hay que tomar y, en ocasiones, tenés que apartar la mirada ante el dolor y la muerte de los otros”. ¿Es eso lo que representa el ejercicio del poder? Rhaenyra no parece resignarse a esa claudicación, aunque las sombras oscurezcan su mirada. El

Fuente: La Nación