El terror de sentirnos huérfanos sin Scaloni: un espíritu que no habrá que perder

La selección argentina construyó algo tan importante que, quizá por primera vez en el fútbol de nuestro país, nada sustancial cambió con una derrota en una final del mundo. Sí, es para agarrarse la cabeza, pero de alegría. Cuánto valor tiene esa virtud en medio de un país sin medias tintas, que suele batirse entre los extremos en absolutamente todos los aspectos. Que muchas veces castiga al equilibrado con el injusto mote de la tibieza.El equipo dirigido por Lionel Scaloni bien puede jactarse de algo: deja un manual de estilo escrito con hechos que trascendieron el vestuario, la cancha y la tribuna. Los logros fueron fundamentales, por supuesto, sin ellos en algún momento u otro la continuidad del proceso hubiese entrado en un tembladeral. A partir de ellos llegó todo lo demás, un espíritu que no habrá que perder. Mensajes, dirán algunos. Gestos, modelos, otros. Conducta, al fin de cuentas. Atributo indispensable para un país que vive a los saltos.El debate es eterno: un deportista, un ídolo, ¿es un modelo a seguir? ¿Tiene que ser perfecto porque tiene todas las miradas encima? Porque los chicos tratan de imitarlos y los grandes soñaron de chicos ser como ellos. Cada uno tendrá la propia respuesta. Pero algo habrá seguro: este seleccionado tiene un ítem satisfactorio en casi todos esos puntos. Por no decir que en todos.Habrá que empezar por una cabeza, Scaloni, de aires cotidianos. Al verlo da la impresión de que podríamos encontrarlo en la panadería comprando medialunas. Saluda, dice buenos días y hasta luego. Créalo, estimado lector, eso en el fútbol es todo un hallazgo, hablando en general, por supuesto. No hace ostentación ni se cree más que nadie.Bien lo definió el sábado el expresidente Mauricio Macri en una entrevista con LA NACION. “Un cuerpo técnico con un liderazgo muy sano y que transmite todo el tiempo sus actitudes. Y acá no se aceptan egos descontrolados”, dijo. Macri también dio en el clavo en con una palabra clave: egos. Pero ya nos detendremos en ella.Otra buena referencia será la de Andrés Hatum, PhD de la Universidad de Warwick y profesor de la Escuela de Negocios de la Universidad Torcuato Di Tella. También con este medio, el especialista dejó un par de definiciones que encajan con perfección suiza para describir el caso: “El líder no desaparece; pone su ego en el lugar correcto. Diseña, elige, corrige y carga con el costo de las decisiones, pero no se apropia del esfuerzo ajeno”. Hubo más: “Que ese líder sea capaz de escuchar al otro y tener la paciencia para que el equipo aprenda también”; o que “el individualismo desaparezca para potenciar el talento organizacional”. Aunque ninguna tan sublime como “construir equipo antes que estrellas”. Qué fácil de comprender, de asimilar, y qué tan complejo de ejecutar. ¿Por qué? Por los egos.Hay quienes sostienen que el ego es provechoso como un motor de máxima potencia. Que el ego es el impulsor hacia la superación, hacia la excelencia. A propósito, ¿qué es la excelencia? Algo bastante similar a lo que consigue este seleccionado argentino. Sin ególatras, claro.Salvo por algún arrebato en el final producto de la impotencia, en el que el mismo DT intervino para separar, la selección argentina perdió con gallardía. Scaloni y Lionel Messi felicitaron a España. En medio de las lágrimas, el equipo vio la premiación, aunque la imagen de la copa en otras manos le estrujó el pecho, mirando a los hinchas argentinos.Cuánto orgullo debe haber tragado Lautaro Martínez, por ejemplo, que no jugó ni un minuto en la final. Un jugador de su categoría que apenas dijo que le hubiera “gustado ayudar”. Sin escándalos, entendiendo a la perfección el sentido colectivo de un equipo, por más que debe haber implosionado de la bronca. Qué claro deben estar los postulados para Leandro Paredes y Rodrigo De Paul, que, según los momentos, entraron y salieron sin chistar de la formación.“Hasta diciembre voy a seguir y después, seguramente, corte”, dijo el entrenador, en caliente, poco tiempo después de la derrota con España por 1-0 e hizo temblar el suelo. A ellos se suma la incertidumbre alrededor de Messi, que, a los 39 años, tendrá que tomar una de las decisiones más difíciles de su carrera. Sin ellos nada resultará igual, sería uno de los pensamientos más lógicos. Pero, al contrario, nada debería cambiar en cuanto a un modelo de conducción que consiguió unirnos. La Argentina comprendió que puede ser poderosa alrededor de un puñado de palabras: respeto, prudencia, colaboración, esfuerzo, talento y ubicación. Ubicación, sobre todo, para no creerse más que nadie. Con Scaloni o, mucho más, sin Scaloni, el preámbulo de lo que vendrá tendrá que incluir obligatoriamente esos requisitos. El terror no debería cundir si él se va. La selección demostró que pueden convivir y unirse los de River y los de Boca, los libertarios y los kirchneristas, los ateos y los creyentes. Dicen los artistas que su mejor legado son sus obras. Este manual quedará para siempre. Y la mejor manera de honrarlo será no demoler nada y construir sobre lo hecho.

Fuente: La Nación Deportes