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Polémicas que deja el Mundial más politizado de la historia
Racismo, religión y hasta una guerra han formado parte del debate en plena competencia deportiva, a través de los gestos o declaraciones de algunos de sus protagonistas
“De una vez por todas, Francia no tiene color de piel. Cualquier afirmación en sentido contrario es una estupidez, racismo o una combinación de ambas cosas”, declaró el canciller francés Jean-Noël Barrot, para responder a la increíble polémica desatada por el expresidente del Gobierno español Mariano Rajoy, que escribió: “la selección francesa tiene un altísimo nivel, eso sí, sin franceses”. El gobierno francés calificó sus palabras de “absolutamente inaceptables” y Pedro Sánchez, presidente de España, las condenó como “declaraciones xenófobas”. El debate viene de abajo hacia arriba, eso es innegable, pero que Mariano Rajoy sostenga algo así es como mínimo repudiable, además de inexacto: de los 26 futbolistas convocados por el seleccionador Didier Deschamps solo tres nacieron fuera de Francia: Michael Olise, Marcus Thuram y Brice Samba. El resto nació en territorio francés, muchos son hijos o nietos de inmigrantes. Lo curioso de todo esto es que es absolutamente al revés de lo que planteó Rajoy, avalado por un sector de la derecha europea, en los seleccionados africanos es donde juegan más extranjeros. Todo el plantel de Curazao es europeo, precisamente de Países Bajos, lo que convierte el debate en una cuestión de rechazo al “color de piel”, no a las nacionalidades. Esta es una de las polémicas que vienen de la mano del mundial más “politizado” de la historia, que expuso la xenofobia y el racismo que despertó en algunos sectores de las sociedades europeas por el resultado de la inmigración dada en las últimas décadas, el fútbol solo expuso lo que muchos piensan sobre el tema. Si bien es cierto que la polémica ha reavivado en Francia el debate sobre la inmigración, la identidad nacional y el racismo en el deporte, también llegó a Sudamérica por los dichos racistas de una senadora paraguaya sobre la estrella francesa Kylian Mbappé, que en nuestro país fue víctima del odio de los influencers libertarios que, en los últimos días, cargaron las redes sociales con mensajes xenófobos y discriminatorios contra jugadores y seleccionados que compiten en el Mundial de Fútbol. Incluso la vicegobernadora de Mendoza, Hebe Casado, fue declarada por la embajada de Francia en la Argentina, “persona non grata”, tras referirse a la selección francesa de fútbol como “el equipo africano flojo de modales”. Todas las selecciones europeas presentaron jugadores afrodescendientes, pero no es culpa del fútbol, sino que la máxima competencia deportiva del mundo expuso los problemas y la intolerancia social de algunos políticos que buscan identificar con sus posturas a aquellos que rechazan la convivencia con otras etnias culturales y religiosas, en un mundo gobernado por varios líderes que no admiten otra verdad que no sea la que ellos imponen. Donald Trump es uno de ellos. Quizás por ser el más poderoso, no teme demostrarlo. Esta vez, quedó en evidencia ante todas las miradas cuando le pidió personalmente al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, que revisara la tarjeta roja del delantero estadounidense Folarin Balogun durante el Mundial. Tras esta llamada, la FIFA suspendió la sanción, lo que permitió al goleador jugar los octavos de final contra Bélgica. Ningún presidente se hubiese animado a tamaña exposición de poder ante uno de los organismos autónomos más importantes del mundo, pero también es cierto que FIFA no le hubiese aceptado a ningún otro presidente semejante intromisión. Quizás el mayor altercado vinculado a países africanos en el Mundial 2026 fue la denegación masiva de visas por parte de Estados Unidos. Esto dejó a selecciones como Senegal y Costa de Marfil sin el apoyo de sus hinchas en las tribunas, ya que, debido a las políticas migratorias aplicadas por Trump, cuatro países participantes -Irán, Haití, Senegal y Costa de Marfil- no pudieron contar con el apoyo de sus aficionados, que afrontaron prohibiciones de viaje totales o parciales, que la Casa Blanca justificó en la necesidad de garantizar la seguridad. Africa pensó en un momento en un boicot al mundial por el trato recibido por el país anfitrión, pero la idea de que un país de ese continente -Marruecos- será uno de los organizadores del mundial 2030 les hizo tomar todo con más calma. Hay que destacar el destrato que recibió la selección de Irán en el Mundial. El gobierno de Estados Unidos les negó el permiso para quedarse en su territorio entre los partidos debido a las tensiones políticas. Por ello, tuvieron que entrenar en Tijuana, México y solo viajar a Estados Unidos para jugar. De hecho, Donald Trump había pedido públicamente que no participaran en el Mundial y que Italia, eliminada en la etapa clasificatoria, tomara su lugar. La federación iraní calificó esta situación como una “mancha” en la historia del torneo, ya que no pudieron preparar los encuentros con normalidad y sufrieron la baja de varios miembros de su cuerpo técnico a los que no les dieron la visa, sin embargo, no hay que olvidar que el régimen autoritario de los ayatolás decidió apartar de la selección a una de sus estrellas, Sardar Azmoun, por publicar una fotografía junto al primer ministro de los Emiratos Árabes Unidos, país aliado a Estados Unidos, con el que Irán mantiene fuertes tensiones políticas. Luego de la eliminación de Irán y Estados Unidos del mundial, la guerra continuó. La religión también entró en debate, por ejemplo, en Brasil, que sufrió una de las eliminaciones más rápidas de la historia. En medio de esa desilusión, el politólogo Elvin Calcaño planteó una hipótesis que rápidamente se viralizó: el avance del evangelismo en Brasil habría transformado la identidad cultural de su fútbol y, con ello, parte de las características que los convirtieron en una potencia mundial. El reemplazo de expresiones culturales como la samba, los tambores afrobrasileños y las manifestaciones del sincretismo religioso por prácticas propias del evangelismo que varios jugadores manifestaron antes y después de los partidos, generaron esa duda. Brasil convivió durante décadas entre el catolicismo y sus ritos afroamericanos, pero el avance del evangelismo hace creer que en una década será la religión con más creyentes en el país más grande de Sudamérica. Esta teoría, la de la baja competitividad demostrada, está basada en la visión evangélica que convence a sus practicantes, en este caso jugadores de elite, que tanto las victorias como las derrotas están sujetas a la voluntad de Dios, lo que, según esta suposición, cambiaría la forma en que los jugadores asumen la responsabilidad por los resultados. Pero, sobre todo, porque este tipo de iglesias neopentecostales propone, a diferencia del pentecostalismo clásico, la llamada “teología de la prosperidad”, donde el progreso material e individual se impone al trabajo en conjunto. Muchos otros teóricos refutaron esta hipótesis, pero el debate acompañó la tristeza futbolera del pueblo brasileño. El conflicto de palestina tampoco estuvo ausente, el director técnico de la selección de Egipto, Hossam Hassan, aprovechó la visibilidad que le otorgó el Mundial y flameó una bandera palestina antes de declarar a la prensa: “Quien no siente amor por el pueblo palestino no es un ser humano”. El partido de la Argentina con Inglaterra trajo nuevamente al debate la Guerra de Malvinas. A pesar de que Lionel Scaloni dijo que “era un partido de fútbol” e invitó a no confundir una contienda deportiva con una guerra, fue inevitable para el público local volver a rememorar cuentas pendientes. No deberíamos aclarar que el significado de un partido de fútbol, con toda la pasión con que lo vivimos los argentinos, no significa “revancha” de guerra alguna, pero durante un mundial de fútbol el espíritu patriótico está a flor de piel. Así vivimos cada partido y contra Inglaterra tiene ese condimento extra, histórico, doloroso, que 44 años después sigue lastimando la memoria de todos. Pero, sin dudas, nadie lo explicó mejor que los propios veteranos de guerra. En un comunicado publicado antes del partido de ayer, la Federación de Veteranos de Guerra “2 de abril” señaló: “El partido de semifinales es un evento deportivo de alcance mundial, no una revancha armada ni una compensación histórica”. Coinciden con lo que dijo alguna vez Diego Maradona respecto al famoso partido del Mundial de 1986, cuando se refirió a los excombatientes: “Yo jugué un partido de fútbol, ellos se jugaron la vida. El honor y la gloria es toda para ustedes, muchachos. A nosotros nos queda el orgullo”. Así fue y así será, mucho más con la felicidad por la victoria de ayer, porque nadie puede negar que para los argentinos siempre será un partido diferente.