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Luchó 75 días en terapia intensiva por un aneurisma cerebral, tuvo meningitis y neumonía: “Estoy cansada, dejame dormir”
Laura Vanessche estuvo infartada, con meningitis, neumonía y tres operaciones cerebrales; apoyada por su familia, superó comas y complicaciones: hoy camina, maneja y juega al tenis
“Esa llamada a las 2:30 de la madrugada del sábado 24 de abril de 2024.... ¿quién la hizo? Mi hermana (Laura Vanessche) se había mudado al departamento que yo dejé en el fondo de la casa de mis padres. El teléfono fijo sonó con insistencia, pero ellos no lo atendieron. Los registros después lo confirmaron: era ella. Al día siguiente, Lau seguía dormida. No alertó a mi mamá; era sábado, podía descansar más que en días de semana. Hablamos por teléfono, y mamá me dijo: ´Está roncando como nunca´. Se asomó al cuarto contiguo, la llamó. ´Estoy cansada, dejame dormir´, murmuró Lau, con voz ronca. Mi mamá la dejó en paz. Pero horas después, algo la impulsó a entrar de verdad. Y lo que encontró... fue un desastre que nadie esperaba”.Florencia Vanessche y su mamá, Mirta Caparros, reconstruyen lo ocurrido en esa habitación y los días siguientes, ya que Laura Vanessche (en ese momento tenía 35 años) no recuerda esos primeros momentos que se transformaron en una pesadilla interminable.Grave, intubada y con episodios parecidos a convulsionesLaura había perdido el control de sus esfínteres. Intentaron levantarla para bañarla, pero balbuceaba incoherencias y una pierna no respondía. Llamaron a la ambulancia: primero la llevaron a una clínica en Luján y luego la derivaron al Fleni.“A las 8 de la mañana, el doctor Ángel Ferrario nos explicó: ´Ya embolizamos el aneurisma que sangró, pero encontramos otro que aún no había reventado. La medicación que le estamos dando podría hacerlo sangrar´. Al día siguiente, volvieron a entrar por la ingle y resolvieron esa segunda aneurisma. Nos advirtieron de al menos 15 días en terapia intensiva, pero terminó siendo un mes entero. Lau sufrió muchas complicaciones: el 4 de mayo estuvo grave, intubada, con episodios parecidos a convulsiones, meningitis, síndrome de Takotsubo (es una disfunción ventricular aguda y transitoria que imita un infarto, caracterizada por dolor de pecho y falta de aire tras estrés físico o emocional intenso) y vasoespasmos”, recuerda Mirta.“La situación se complicó rápido: Lau había sufrido un ACV hemorrágico. En sus primeros días en terapia intensiva, e incluso ya en intermedia, parecía estar bien. Charlábamos por videollamada y todo lucía normal. Pero los médicos nos habían advertido: en estos casos, los días más críticos son del quinto al noveno después del accidente, aunque la paciente parezca estable. Justo cuando viajé (desde Salta a Buenos Aires), mi hermana entró en estado crítico, al borde del infarto cerebral. Ese fue el panorama durante dos o tres semanas”, agrega Florencia.¿Cómo fue su evolución?Estando en el hospital, después de los vasoespasmos —esos que amenazan con un infarto cerebral—, le colocaron una vía lumbar para bajar la presión en su cerebro. Pero ocurrió lo que más temían: una infección. “Lau cayó en coma, con sonda nasogástrica, aunque nunca la vi con respirador ni oxígeno. Al principio fue un coma inducido por los tratamientos; después, la meningitis la hundió en uno natural por la propia infección. Mis viejos insistían: ´¿Le dan algo para dormir?´. Los médicos respondían: ´No, este es su estado real", recuerda Florencia.Realizaban tomografías y estudios sin cesar, pero nadie conocía aún el daño definitivo. La familia se preguntaba qué secuelas tendría. Esa incertidumbre los destrozaba, mientras la veían luchar día a día.Lo primero que dijo al despertar del comaLaura pasó 30 días en terapia intensiva hasta que finalmente despertó, a fines de mayo. Había estado gravísima: infartada, con meningitis, neumonía y tres operaciones cerebrales. Al abrir los ojos, desorientada y sin recordar qué le había pasado, su primera pregunta fue por su sobrino. Recuerda a su hermana entrando a terapia bailando, moviendo las manos con alegría.“Mi sobrino Bautista tiene 16 años; soy su tía y madrina, uno de mis grandes amores. Lo adoro, nuestra relación es hermosa. Ahora mi hermana vive en Salta, pero él está acá con nosotros y lo cuidamos entre todos”, se emociona Laura.Mirta cuenta que Laura les preguntaba por las abuelas, ya fallecidas ambas... Hablaba tan bajito que les costaba entenderla. De a poco se enojó por todo: la cama, las sábanas, su movilidad, el pelo. El suyo es muy largo y no pudieron peinarlo; el pegamento de los monitoreos quedó adherido al cuero cabelludo, así que lo cortaron de a poco. Quería bañarse, pararse, caminar, pero no podía... Todo era conflicto. Poco a poco, fue mejorando.“Estamos eternamente agradecidos con todo el personal de Fleni de Belgrano y Escobar, desde los de limpieza hasta los profesionales. Fueron 30 días en Belgrano y 45 más en Escobar; no hay palabras que alcancen para tanto cariño y dedicación. Somos de Luján, pero mi hija nos alquiló un departamento al lado, sobre Olazábal, para estar pegados a ella, aunque en terapia la veíamos poquito. Tengo 69 años y nunca sufrí ni recé tanto en mi vida. Todos nos decían: ´Es joven, va a salir adelante, y está en el mejor lugar´. Pero fue eterno: horas en la capilla, pidiendo verla despierta, con el corazón apretado por miedo a las secuelas. A partir de todo esto, creo en los milagros”, llora Mirta.“Las dos llorábamos al escuchar esa campana que anunciaba la salida”A partir del momento en que Laura hizo el clic, cuenta Mirta, todo cambió. Empezó a relacionarse con los profesionales, se mostró firme con las terapias y siempre puntual. Se encariñó mucho con todos, incluidos los otros pacientes.“Así pasamos casi 45 días: contenta con su evolución y con el corazón lleno de emoción al irnos. Las dos llorábamos al escuchar esa campana que anunciaba la salida, junto a todos los pacientes que vimos irse”.En rehabilitación, Laura se entregó a todo tipo de terapias: lenguaje, kinesiología, ocupacional, psicología y neurocognitiva.En casa, Laura no hace rehabilitación formal, pero pronto volverá a Fleni tras una reevaluación cognitiva. El ACV afectó todo su cuerpo y ambos hemisferios cerebrales, derecho e izquierdo, dejando desafíos que aún enfrenta.“Puedo caminar, manejar y hasta jugar al tenis. Paso a paso, estoy retomando mi vida con más ganas que nunca”.Hoy Laura vive en su casa, trabaja, estudia cursos virtuales de analista y asistente de recursos humanos en la UBA —donde analiza leyes laborales, ausentismo, tardanzas y faltas—, y se anotó en sistemas cerca de casa para ejercitar el cerebro con matemáticas. Lee mucho, entrena y busca ampliar su CV con esta energía renovada.De la experiencia con Laura, Mirta aprendió que la vida puede cambiar en un segundo, pero también enseña paciencia y una fe inmensa. Se creía fuerte, pero nunca imaginó soportar tanto dolor; descubrió el valor de un abrazo para recomponerse cuando se sentía hecha pedazos. Hoy es más agradecida por todo y por todos, consciente de que ni ella ni Laura son las mismas: siguen procesando ese “simbronazo”, pero con una luz nueva que las hace más resilientes.Por su parte, Florencia dice que lo que más admira de su hermana es que siempre hizo todo lo que tuvo ganas de hacer. “Me enseñó a darle valor a lo importante. A estar para la familia. A no hacerme mala sangre por cosas que no valen la pena o que finalmente se pueden solucionar. A ser agradecida, y también a rezar más”.La historia de Laura nos enseña que una detección temprana de aneurismas cerebrales y la atención médica inmediata pueden salvar vidas, transformando una pesadilla en un testimonio de victoria. Con el apoyo incondicional de la familia, terapias constantes y una voluntad férrea, es posible recuperar la movilidad, el trabajo y la pasión por la vida. Su ejemplo inspira: en la fe, la paciencia y el amor, siempre hay esperanza para renacer más fuertes.