El dato más preocupante: los niños y los jóvenes no quieren ir a la escuela

Los analistas de la educación han comenzado a registrar un dato que da cuenta de la profundidad de la crisis que está atravesando la red de instituciones escolares.No solo la rutina del trabajo pedagógico se ve alterada por la alta rotación de docentes y directivos, la suspensión de clases por huelgas, irrupciones de la naturaleza como lluvias o tormentas, los problemas de infraestructura o interpretaciones del calendario que disminuyen el tiempo de actividades, sino que además los alumnos no van, faltan con una frecuencia incompatible con el aprendizaje.Es un dato que atraviesa todos los niveles de la educación y se hace presente en las instituciones que atienden a alumnos provenientes de los diferentes estratos de la estructura social.Los niños y jóvenes no quieren ir a la escuela y sus padres no impiden que ejerzan su voluntad. Hay muchas explicaciones en el aire. La más frecuente es que los chicos hacen lo que quieren y a los padres no les importa o están sometidos a los deseos de sus hijos. Cuando el fenómeno afecta a los sectores más vulnerables, se recuerda la condición de desintegración que atraviesa este estrato social, y en el caso del ausentismo de los alumnos provenientes del resto de la estructura social, se señala el abandono del rol de adultos de los padres.A raíz de esta situación, las autoridades han comenzado a restringir los permisos de inasistencia para tratar, de ese modo, de sostener la población escolar dentro de la institución. Esto está acompañado por la prohibición de los celulares, la condena de las redes y del uso de las pantallas. Las nuevas tecnologías se han convertido en los verdugos de las nuevas generaciones. Son responsables de los suicidios, de los problemas de sociabilidad, de los malos resultados escolares, de la violencia entre pares y, en definitiva, de todos los fenómenos que irrumpen en la cotidianeidad y no sabemos cómo explicar.Entre ese conjunto de “cosas raras” que irrumpe en una sociedad en la que creíamos que existía un acuerdo generalizado sobre el valor de la escuela y que el problema, en realidad, era garantizar el acceso de todos a ella, sucede que hay niños y jóvenes que, teniendo a disposición una escuela, optan por no ir y hay familias que aceptan, e incluso provocan, estas ausencias. Además de buscar culpables: ¿qué otra hipótesis se nos ocurre? Podríamos arriesgar una muy general, que podría especificarse de acuerdo con el nivel educativo y el sector social donde se produce el fenómeno.La hipótesis es que la escuela ya no es valorada por la sociedad. Que ha dejado de ser, en la estima general de padres y alumnos, un espacio capaz de proveer los instrumentos que se requieren para desempeñarse en la vida. O tal vez lo que pasa es que se piensa que en la rutina diaria escolar no pasa nada de interés, nada significativo, nada que no se pueda aprender por otros medios o en otro momento, y que por esta razón se dé la paradoja de que todos los niños y jóvenes estén matriculados y que, sin embargo, van salteado a la escuela.Cabe preguntarse por qué. Hay varios elementos que pueden estar jugando un papel: la existencia de otros agentes tanto o más eficientes que la escuela para enseñar; el hecho de que la escuela enseña en una clave cultural pasada, muy lejana a la del mundo contemporáneo; la posibilidad de que sea aburrida para los chicos; la constatación de que ya no estamos en la era de la imposición, sino de la satisfacción, y los resultados hoy se obtienen a través de la captura del interés y no por la imposición externa.Todas las instituciones creadas en la era moderna están hoy sometidas a la presión de navegar en un mundo muy diferente al que les dio origen y juegan su supervivencia buscando una transformación que les permita recuperar su utilidad social. No hay ninguna posibilidad de sostener una institución anclada en un mundo que agoniza.Así como la modernidad creó la escuela y la constituyó en su tecnología de transmisión cultural, la era digital ya ha generado la propia, que es internet y la inteligencia artificial, que se articulan funcionalmente a la transmisión intergeneracional.A diferencia de la escuela, la tecnología actual no porta el propósito de generar una distribución equitativa de saberes y habilidades, de modo que sigue siendo la escuela la que mantiene el monopolio de esa posibilidad. Si logramos una transformación escolar que haga del aula un espacio de interés para los alumnos, tal vez podamos recuperar aquello a lo que no podemos renunciar y que es que todos los chicos tengan la oportunidad de apropiarse de los saberes, habilidades y conocimientos de la cultura contemporánea que son necesarios para construir el futuro.No se necesitan más datos para evidenciar la distancia existente entre la cultura contemporánea y la que está ofreciendo la escuela. El mundo pedagógico en general se resiste a reconocer que las generaciones a las que les debe transferir el legado de la cultura acumulada por quienes los anteceden son sujetos ya conformados por una impronta cultural que es ajena a la de la escuela. La incompatibilidad abarca tanto los modos de transmisión del conocimiento (a través de una clase expositiva vs. una aventura exploratoria de internet o el atrapante relato de un youtuber) como las condiciones subjetivas para que ese conocimiento pueda ser incorporado (obligación vs. interés).Por supuesto, sabemos desde ya que las condiciones culturales en las que navegan las escuelas no se revertirán, no volveremos a la hegemonía de la cultura ilustrada y no hay retorno a la valoración de la sola obediencia sin que se construya un sentido que convoque el interés de los alumnos. No se trata de disciplinar prohibiendo o castigando. Los alumnos son ya sujetos moldeados por los incentivos de la seducción y el gusto. No caben las condenas morales; nadie quiere hoy ser el más obediente y sacrificado. Los jóvenes ni siquiera están enterados de que alguna vez fue así. La glorificación de los sufrientes no convoca a nadie. Es la era de la fascinación y de su búsqueda continua. Lo que tenemos que lograr es que la escuela se constituya con éxito en un polo de atracción. Miembro de la Coalición por la Educación y socia del Club Político Argentino
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