Brasil le demostró a Japón que la elite todavía le queda lejos, con poco fútbol pero mucha personalidad

La prematura eliminación de Uruguay en este Mundial promovió entre los analistas del país vecino la conclusión de que la tradición y la historia no ganan ni partidos ni títulos. Apenas 72 horas después, Brasil les respondió que no se logran si no se los ayuda con carácter, persistencia y, como mínimo, algunas gotas de buen fútbol.La selección que dirige Carlo Ancelotti está muy lejos de ser una maravilla. Cuesta mucho descubrir en su juego semejanzas con aquellos equipos que deslumbraban a puro toque y creatividad, pero conserva en algunos jugadores la técnica suficiente para salvar los momentos difíciles; y en la camiseta, la fuerza que imprime orgullo en los que la visten y temor en quienes la tienen enfrente. En un mundo donde las distancias futbolísticas se han angostado hasta casi desaparecer, esos argumentos siguen permitiendo remontar resultados adversos, como el que la Canarinha se llevó al vestuario en el descanso, ganarle 2-1 a un rival tan complicado como Japón y continuar avanzando en busca de esa sexta estrella que se le niega desde 2002.Tiene la Verdeamarela que presenta Carletto una estructura predecible. Un volante tapón -Casemiro-, uno mixto -Bruno Guimarães-, uno con más libertad -Lucas Paquetá-, dos extremos -Rayan y Vinicius Jr-, un delantero -Matheus Cunha-, cuya movilidad y retroceso es la única variable respecto a lo que venía haciendo en las eliminatorias sudamericanas, el aporte de Danilo por derecha cuando se suma a la ofensiva y los centros para la cabeza de los centrales o Casemiro. Además, por supuesto, de lo que puedan inventar por su cuenta los que más saben con la pelota.Suena a poco en un fútbol mecanizado, dinámico y que privilegia los movimientos teledirigidos para desordenar defensas adversarias y evitarse problemas en el fondo. Pero por ahora funciona, más allá de que, durante 45 minutos, Japón haya reducido su eficacia a la mínima expresión en ataque y expuesto su fragilidad defensiva en un par de acciones, con la del gol como indicativo más evidente.A los 29 minutos, Kaishu Sano cortó un pase horizontal de Danilo en mitad de campo, aceleró para dejar atrás a Casemiro y no encontró más obstáculos hasta la línea de la medialuna. Retrocedieron los centrales invitándole al remate lejano, no se adelantó lo suficiente Alisson Becker para cortar la posible trayectoria del tiro cruzado, Sano le pegó abajo, el balón se fue abriendo hacia el palo derecho, el manotazo del arquero quedó corto y 1 a 0.Hubo que aguardar a la segunda mitad para que, con personalidad y rabia bien entendida, salgan a la luz esas diferencias que aún subsisten entre países con tradición futbolera y los que no la tienen. Allá por 2005, la Federación Japonesa de Fútbol tomó una decisión: organizar un Mundial para ganarlo. ¿El inmediato, el siguiente? Nada de eso. En el Lejano Oriente la planificación siempre es a muy largo plazo. Pusieron la mirada en 2050 y estudiaron todos los pasos que serían necesarios para cumplir con esa meta.El Japan’s Way, el Modo Japonés, nombre que le pusieron, plantea entre otras cuestiones la creación de una cultura futbolera propia, adaptada a la idiosincrasia local, y una forma de jugar que aproveche las condiciones físicas naturales de la etnia nipona y compense las desventajas de altura, peso o corpulencia de africanos, europeos y sudamericanos.En este último aspecto, las patas de la mesa son la agresividad, la velocidad, la agilidad, la resistencia y el desarrollo muscular. Por esa senda transitan los nipones durante el primer cuarto de siglo, pero esta nueva derrota en un encuentro de playoff de un Mundial demostró que aún les quedan tareas por delante para el segundo cuarto. No tanto en el afinado de la táctica o la técnica individual, sino en la parte psicológica, donde continúan acumulando su mayor déficit, y que en Houston les costó una nueva frustración (cayeron por penales en 2010 y 2022, y con un gol en el descuento en 2018). Brasil salió decidido del vestuario en el segundo tiempo, comenzó a llenar de centros el área de Suzuki, y a ganar de cabeza. Rondaron el gol en los dos primeros, no fallaron en el tercero: Gabriel Magalhães, sin nadie que lo moleste, lanzó el centro pasado y Casemiro estableció el empate a los 9 minutos.Lo ocurrido a partir de ese instante dejó claro que, por debajo de los planteos, pueden subyacer razones ancestrales para decidir un partido. Brasil sintió que la victoria le correspondía y fue hacia adelante. Con pocas ideas y limitado peligro, pero haciendo valer el peso de su historia. A Japón, el exceso de respeto le atenazó las piernas y le restó cualquier atisbo de rebeldía. Se dedicó a aguantar y esperar el alargue. En el descuento, Ao Tanaka perdió una pelota en el vértice derecho del área, robó Rayan y tocó para Guimarães, que prolongó hacia Gabriel Martinelli. Especialista en festejos agónicos en su club, el jugador del Arsenal la paró de zurda y definió cruzado de derecha: palo, gol y octavos de final a la vista.Los analistas uruguayos tienen una dosis de razón. La tradición y la camiseta por sí solas no ganan partidos ni títulos. Pero contra rivales cuyo crecimiento todavía está a mitad de camino pueden brindar momentos de alegría. Es cuestión de agregarle algunas dosis, aunque sea moderadas, de fútbol. Basta con mirar a este Brasil de los tiempos modernos.
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