Los nogales fracasaron, pero no el sueño: Así nació un emprendimiento que hoy agrega valor a la almendra patagónica

Cuando la familia de Jong llegó al sur apostó por los nogales. La crisis que atravesaban la pera y la manzana entre 2001 y 2002 los llevó a buscar una alternativa que les permitiera escapar de la urgencia de vender la producción apenas cosechada. “Mi viejo quería un fruto que pudiera comercializar durante todo el año, sin depender de un galpón de empaque”, recuerda Virginia. 
Pero la apuesta no prosperó. Los nogales nunca lograron adaptarse a las condiciones del lugar dado que las napas, demasiado superficiales, terminaron por condenarlos. Es que el nogal desarrolla un sistema de raíces profundas y no tolera los suelos con exceso de agua.

“Tras el fracaso de los nogales y estando ‘recontrafundidos’, dejé de trabajar como profe, saqué un crédito y comenzamos a plantar almendros, cuyas raíces son más superficiales y se adaptan mejor”, relata.
Los siguientes 15 años transcurrieron con tareas repartidas entre el sector privado de salud y “un piecito en la chacra”, hasta que en 2014 Virginia y su marido plantaron sus propios almendros, independientemente de los de su familia de origen. 
“Es una actividad sacrificada y metódica, especialmente en extensiones pequeñas donde la pérdida de pocos árboles es significativa”, asegura. 

Virginia de Jong nació en Entre Ríos y se crió en el campo. Asistió a una escuela rural donde apenas eran 14 alumnos y pasó la infancia entre caballos, al punto de que, cuando llovía, ese era el único medio para llegar a clases. Aunque con los años estudió, se recibió de profesora de Educación Física y vivió en otros lugares, asegura que su lugar en el mundo siempre fue el campo.
Fue esa convicción la que la llevó a acompañar a sus padres cuando decidieron dejar Entre Ríos para empezar de nuevo en Neuquén. Mientras ella vivía en Buenos Aires, no dudó en sumarse al proyecto familiar y ayudar a construir desde cero el emprendimiento que, con el tiempo, daría origen a “Nogallia”.
Junto a su familia administra hoy cinco hectáreas propias en Cipoletti-Río Negro y otras diez en Vista Alegre-Neuquén, pero Virginia tiene claro que, para un pequeño productor, la rentabilidad ya no pasa únicamente por cosechar. “Solo con la producción primaria es muy difícil vivir”, resume. Por eso decidieron apostar al valor agregado: invirtieron en una máquina para pelar la fruta, montaron su propia sala de elaboración y comenzaron a desarrollar nuevos productos. 
Ya producen harinas con certificación libre de gluten y trabajan en el lanzamiento de barritas saludables. Su sello distintivo, sin embargo, está en un detalle que el consumidor suele valorar: no pelan toda la producción de una vez, sino semana a semana, de acuerdo con los pedidos, para que el producto llegue siempre con la mayor frescura posible.





La evolución de la empresa también quedó plasmada en su marca. Virginia explica que la visión actual es una síntesis entre el legado de sus padres y su propia impronta. Fue su padre quien comenzó elaborando mixes de frutos secos y almendras saladas; ella tomó esa base, profesionalizó el emprendimiento, obtuvo las habilitaciones correspondientes, el Registro Nacional de Establecimientos (RNE) y montó un espacio específico para la elaboración. 
El nombre “Nogallia” también nació en familia. Al principio, porque el proyecto giraba alrededor de los nogales; después, porque su madre soñaba con que la chacra fuera “un mundo aparte, como Disneylandia”. Así apareció ese particular “-galia”, que terminó representando a toda la familia de origen. Más tarde, junto a su marido, Virginia creó una nueva marca: “Disfruto”, con la que continúan ampliando la oferta de productos.

Si hay un socio que nunca deja de opinar en este negocio es el clima. El almendro necesita acumular horas de frío para producir bien, aunque al mismo tiempo florece muy temprano y queda expuesto tanto a las heladas como al exceso de agua. Por eso, entre septiembre y noviembre, la rutina familiar cambia por completo. 
“No nos podemos mover de la chacra. Vivimos pendientes del pronóstico las 24 horas porque una sola noche de helada puede tirar abajo todo el trabajo del año”, cuenta Virginia. Para defender la producción utilizan riego por aspersión contra las heladas, una herramienta indispensable para resguardar un cultivo que el año pasado entregó entre 15.000 y 17.000 kilos de almendra con cáscara, equivalentes a unos 4.000 o 5.000 kilos de pepita.

Su desarrollo también se apoya en un equipo que fue mucho más allá de una relación laboral. Desde hace ocho años trabajan junto a una familia venezolana a la que consideran “sobrinos de la vida”. Hoy son unas diez personas las que sostienen el proyecto y cada uno aporta lo suyo: mientras la hija de esa familia, estudiante de Administración, lidera la expansión comercial a través de Mercado Libre, el marido de Virginia y uno de sus compañeros diseñan y fabrican herramientas propias, como las mesas de selección, adaptadas a las necesidades de la chacra.

Con la misma lógica de aprovechar cada recurso, también buscan que nada se desperdicie. Acaban de incorporar una peletera para transformar la cáscara de almendra en pellets para calefacción, aprovechando su alto poder calórico, un proyecto que funcionará con energía generada por paneles solares. Las ramas de la poda vuelven al suelo como materia orgánica y, puertas adentro de la sala de elaboración, siguen sumando innovación. 

Recientemente obtuvieron el RNPA para producir harinas proteicas elaboradas con la almendra entera, un desarrollo que exigió resolver el desafío técnico de moler el fruto sin que el aceite lo transforme en una pasta. En Nogalia, al fin y al cabo, la historia comenzó con un cultivo que nunca prosperó, pero terminó convirtiéndose en una empresa donde la innovación, el valor agregado y el trabajo familiar encontraron raíces mucho más profundas que las de aquellos primeros nogales.
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