AgroExportados: Seis argentinos cuentan cómo gozan y sufren con el Mundial en Estados Unidos, en medio de la apatía que el fútbol despierta entre los “yankis”
Te puede gustar más o menos el fútbol, pero cuando juega la selección argentina las emociones confluyen. En esta Copa Mundial 2026, con Lionel Messi en modo “satanás” y como bandera, la temperatura (digamos pasión) va en incremento. Y Argentina tiene una particular forma de vivirlo: en la oficina, l...
Pero, ¿qué pasa cuando estás afuera del país? ¿Cómo se vive un mundial afuera? Para aquellos que están lejos del terruño cada partido es un buen motivo para juntarse, compartir una picada, un mate, un asado, y que, por dos o tres horas, cualquier lugar se convierta en un pedacito celeste y blanco que te acerque al calor de hogar.
En esta nota nos metemos en la piel de algunos de nuestros “AgroExportados” que les toca vivir el mundial en Estados Unidos. ¿Cómo y con quién ven los partidos? ¿Qué extrañan de no poder mirar un mundial en Argentina? ¿Salen a festejar? ¿Fueron o irán a ver algún partido? Algunas de estas y otras preguntas vamos a surfear en las próximas líneas. Pasen y lean…
Joaquín Oliverio, en Little Rock, Arkansas. Este es el cuarto mundial de Joaquín “Chala” Oliverio en Estados Unidos. Está allí con su familia desde enero de 2014. Hoy en Little Rock, Arkansas (sureste de Estados Unidos), medianamente cerca de las dos sedes donde juega Argentina la primera fase.
“Pasé de todo, final perdida -Brasil 2014-, decepción -Rusia 2018-, gloria -Qatar 2022- y ahora este, lo que sí te digo es que los últimos dos, los vivo con otra intensidad y emoción porque mi hijo varón, que es fanático, está más grande”, compartió Oliverio, quien hoy está vinculado a un fondo de inversión responsable de analizar y comprar tierras para la producción agrícola en todo el territorio de Estados Unidos. “Saqué mi licencia de tasador y en 2026 arranqué también con mi propia consultora”, compartió, entusiasmado.
“Hasta hace unos días se hablaba mucho más de las finales de la NBA (N de la R: New York Knicks vs. San Antonio Spurs) que del mundial, de hecho, no hay gringo ni padre de los amigos de mis hijos en el colegio que estén hablando del mundial, tampoco hay decoración en las calles ni nada”, lamenta “Chala”, que sí tiene unos amigos centroamericanos y mexicanos que viven “todo más apasionado, como nosotros”.
“Una anécdota divertida del mundial pasado fue que dos días antes de la semifinal mi jefe me puso una reunión urgente justo a la hora del partido de Argentina, ¡no podía creerlo! Sufrí como loco hasta que faltando 40 minutos me dijo que era un chiste”, contó Oliverio.
El mundial de Qatar lo vieron con un amigo argentino y después salieron a festejar por las calles “litlerroquenses”. “Tocábamos bocina, cantábamos, nos miraban como si fuéramos locos”, reconoce Oliverio. También hay un restaurant argentino en el corazón de Little Rock, al que fuimos cuando salimos campeones, comimos milanesas, tomamos fernet, un festejo bien argentino, un poco más cerca de casa”.
Para los Oliverio, este mundial tendrá otro sabor, no por disputarse en Estados Unidos, sino porque Chala y su hijo varón, junto a unos amigos, irán a ver el partido contra Jordania. “Es una sorpresa para mi hijo”, dice, él mismo entusiasmado.
Guada, desde Lafayette, Louisiana. Unos 500 kilómetros al sur de Little Rock, está Guadalupe Montiel. Sí, Montiel. “En Argentina me dicen del apellido, acá no porque nadie sabe de fútbol”, se ríe Guadalupe, que es fitomejoradora de arroz, y se instaló en Estados Unidos en 2021. “Ya pasé el mundial pasado acá, cuando fuimos campeones y fue espectacular”.
“Acá, los argentinos, vivimos el mundial a pleno, somos varios, tenemos un grupo, algunos han ido a partidos amistosos antes del mundial y ahora viajaron a ver los primeros partidos, la pasión no se nos fue”, contó Montiel, que tuvo que descargarse una aplicación para ver el mundial, porque “no es como allá que lo pasa la televisión pública o cualquier emisora”.
Para el primer partido se juntaron en un bar, llevaron banderas, camisetas, y festejaron mucho. “Esto nos permite no extrañar tanto, pero sí extraño el antes y después, que todos están hablando de eso, acá, no, ni en el trabajo, ni en la calle, los lugares, nadie”, lamentó.
Santiago Fleming, Minneápolis, Minnesota. “Un amigo siempre dice, ‘la vida es eso que pasa entre mundial y mundial’, yo no soy tan extremo, pero lo espero con ganas”, dice Santiago Fleming, en GDM en Estados Unidos hace diez años, por ende, este es su tercer mundial fuera de Argentina.
“Vivo en un pueblo que se llama Mound, mi amigo Mav, de 11 años, se volvió muy futbolero después de Qatar y, aunque su papá juega -y bastante mejor que yo-, me gusta atribuirme esas camisetas de Messi que se pone para ir al colegio”, cuenta con orgullo esa “batalla” ganada.
También comparte las perdidas: “Tengo otra vecinita, Olivia, que se compró todo el equipo de Portugal con la 7, y cuando dejo a mis hijas en la parada del colectivo me dice: ´Ronaldo es mejor que Messi´… claramente, con ella no me fue tan bien como con Mav, pero me tengo fe para remontar ese partido”. Entonces reflexiona: “Es cierto que acá no hay tanto fanatismo por el fútbol o el Mundial, pero está creciendo y a la gente le interesa”.
“Me gusta ver el Mundial con mis hijos, pintarles alguna bandera en la cara, ponerles la camiseta y que disfruten de gritar los goles, este mundial voy a traer a mis vecinos chiquitos a casa para gritar los goles de Argentina o de USA, lo que toque. ¡Y espero que no se crucen!”, reza Santiago.
Más allá de todo esto, reflexiona: “Extraño salir a festejar después del partido o pasar horas comentando las jugadas, escuchando a todos los expertos y armadores de equipos en cada esquina”.
Fernando Oreja, en Clemson, Carolina del Sur. En septiembre se cumplirán seis años desde que, en medio de la pandemia, Fernando llegó a Estados Unidos. Asique el mundial de Qatar ya lo vivió en tierras “yankis”. Hoy en Clemson, “una ciudad universitaria pequeña del noroeste de Carolina del Sur, cerca de las montañas Apalaches”.
“Es una ciudad que gira en torno a la universidad y a su equipo de fútbol americano, que es bastante fuerte, el mundial lo registran, aunque diferencio, los adultos no le dan mucha bola, para los chicos es diferente, hay mucho más interés y desde que llegó Messi explotó”, cuenta Oreja. Y agrega: “Se ven chicos con la camiseta de Messi, de Argentina, del Barsa o del Inter de Miami en cualquier lado, hasta en el pueblito más perdido de Oregon”.
“En los recreos de las escuelas los chicos juegan fútbol, no béisbol ni básquet, en los bares donde típicamente se ven partidos de fútbol americano pasan fútbol, por eso siento que, al menos por estos lares, es el tercer deporte más elegido, detrás del fútbol americano y el básquet”, dice Oreja.
Los partidos prefiere verlos en la casa, con la familia, picada o mate.
“Estamos a dos horas de Atlanta donde se jugarán 8 partidos mundialistas -incluyendo, un par de España de primera ronda y una semifinal- pero las entradas están muy caras y en casa somos 5, prefiero usar esa plata para ir a Argentina”, dice Oreja quien sí fue a ver el partido amistoso premundial contra Islandia, en Alabama.
Sobre si extraña algo de vivir un mundial desde Argentina, Oreja apunta al ambiente: “Esa ansiedad previa el día del partido, toda la gente ya está con eso en la cabeza, y hablar de las otras selecciones cuando vas a la verdulería, la panadería, en el banco, en el trabajo”.
Nicolás Reinoso, Raleigh, Carolina del Norte. “Mal, acá no le importa a nadie”, responde “Nico” Reinoso. Suspira y tira una máxima: “Yo creo que no debería organizarse un mundial en donde a casi nadie le importa el fútbol, y si así fuera, deberían aglutinarse sedes para que se mantenga la pasión contenida en un radio más cercano, no como este año que, para colmo son tres países enormes, ciudades aisladas, tremendo”, dice, desahuciado.
El relato y los apuntes se dan post partido con Austria. Nicolás Reinoso está aún con la vos un poco tomada del par de goles de Messi gritados a “gola llena”. Hace cuatro años que vive en Norteamérica, primero en Saint Louis, Missouri, hace tres en Raleigh, Carolina del Norte. “Me fui buscando mejor calidad de vida, hoy soy un startupero, trabajo en una aceleradora y un venture capital para invertir en startups latinoamericanas que quieran instalarse en Estados Unidos y viceversa”, contó. Además, es un especialista en biológicos.
Reinoso tuvo la posibilidad de ir a ver el amistoso Argentina Islandia, días antes del comienzo mundialista. “No entienden mucho de fútbol, y te diría que el 90% de los que había con camiseta argentina eran de otro país”, compartió. De hecho, días antes del mundial se publicó un relevamiento de Emerson College, que contabilizaba que el 58% de los votantes norteamericanos decía que no iba a seguir mucho el mundial o que, directamente, no lo seguirá en absoluto”.
Para ver los partidos, al igual que muchos argentinos en el exterior, Reinoso opta ir a bares o restaurantes de dueños argentinos. “Ahí se pone a full, pero termina el partido y cada uno a su casa”, dijo. Por eso, reconoce que extraña mucho “ver los partidos con sus hijos –N de la R: que viven en Argentina-, la previa, el ambiente, el silencio en las calles durante el partido, la charla en todos lados, ¡el folclore que armamos por once loquitos superdotados que juegan contra otros once!, eso me moviliza mucho”.
Como cierre, una gran anécdota. “Mis hijos todavía me reprochan que cuando fue la final de 2022, justo habían venido a Estados Unidos a visitarme y se perdieron todo lo que se vivía allá: calles explotadas, el Obelisco a pleno… mientras tanto, acá, fuimos a un restaurant a cenar para festejar y nadie había visto siquiera el partido, una decepción”, recordó Reinoso.
Alejandro Battro, Estados Unidos (itinerante). Alejandro Battro es un agrónomo que trabaja en la puesta a punto del césped de las canchas de polo por todo el mundo en la em