Después no se quejen

No estoy en condiciones de afirmar si es una costumbre vernácula o si se trata de una conducta que se extiende más allá de nuestras fronteras: el vapuleo de los tiempos del prójimo está tan arraigado entre nosotros que ya hemos llegado a naturalizarlo. Si uno tiene turno con un médico, ya sabe que las probabilidades de prolongadas demoras en la atención forman parte del folclore. Y a no chistar. Se trata de un profesional de la salud, ergo, si se retrasa hay que tolerarlo, tener paciencia, y calcular entre media o una hora más de lo previsto. Esto mismo aplica a otros rubros: plomeros, gasistas, cerrajeros y demás. Jamás tienen en cuenta los malabares que uno tiene que hacer para poder esperarlos a un día y hora convenidos que las más de las veces no se cumplen. Algunos, más bien pocos, tienen la deferencia de avisar de la cancelación o la postergación. Pero a la mayoría hay que perseguirlos para que respondan y confirmen por sí o por no su asistencia o el horario al que piensan aparecer. Y a no chistar tampoco, porque si uno se pone exigente o se queja, corre el riesgo de que se ofendan y lo dejen plantado para siempre con el caño perdiendo agua a borbotones, el calefón sin funcionar en pleno invierno o la llave atascada dentro de la cerradura. Mientras tanto, uno se queda rumiando bronca, impotencia y cosechando altos niveles de estrés por todos los trastornos que implica que le manejen la agenda y la existencia.Existen otras circunstancias que no son acuciantes, pero que igualmente someten a las mismas sensaciones de vapuleo, con la diferencia de que la ausencia de una necesidad imperiosa confiere la libertad de desistir cuando uno se satura. Convengamos que para nadie es esencial la compra de un vestido: cuando lo vi por internet de inmediato se produjo el flechazo, luego pensé “quiero que seas mío”, después me apabullé con las seis abultadas cifras que costaba y, acto seguido, empecé a evocar todas las excusas a las que recurro para justificar una compra culposa. Me lo merezco, para eso trabajo los 365 días del año, lo pago en 12 cuotas, este mes cobro el aguinaldo, etcétera, etcétera, etcétera. Y allá fui en su busca. No había mi talle en ese local. Displicente, poco entusiasmada, la vendedora me tomó los datos y prometió llamarme cuando lo consiguiera. Nunca sucedió. Porfiada yo, días después, regresé. Una vendedora un poco más dispuesta me juró que para el viernes lo tendría. Desconfiada yo, le pregunté si me iban a avisar cuando lo recibieran. Soberbia ella, me aseguró que el viernes iba a estar desde las 13. Por las dudas, concurrí a las 14 y por supuesto no había llegado. A pesar de las disculpas por la demora y de las promesas de una pronta entrega, me di media vuelta y me fui sin decir palabra.Como no había lanzado sapos y culebras por la boca, me quedaron atascados, mientras avanzaba por la calle furibunda a paso redoblado. No cambiamos más. La falta de respeto hacia el otro ya deberíamos asumirla como una parte de nuestro fallido ADN. Por eso nos va como nos va. Cómo se entiende que una de las industrias que más se queja por las escasas ventas se dé el lujo de semejantes desatenciones. Pareciera que no les interesa vender, que les sobra la plata. Por algo la gente prefiere comprar la ropa en China. Que se dejen de llorar por los rincones y se hagan cargo de una buena vez de que son poco serios y confiables, además de extremadamente caros.A las pocas cuadras, fui desacelerando el paso y calmando la mente. Empecé a sonreír y a darme cuenta de que, más allá de todas mis justificadas disquisiciones sesudas, todo tenía un alto tufillo a tilinguería digna de “Problemas de millonarios”, segmento del programa de radio Vuelta y media, de Sebastián Wainraich. A esa altura, ya caminaba apaciblemente y riéndome sola a carcajadas.
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